Se perciben ganas de buenas noticias, un deseo de ilusión que nada tiene que ver con una sociedad abatida o resignada. Con todas sus paradojas, la calle nos ha lanzado estos días un mensaje, casi una súplica, que no podemos ignorar.
No tengo miedo a equivocarme cuando digo que España ya es socia del club de los buenos, de Argentina, de Brasil, de Alemania, de Italia.
Sus rivales van a tener que esforzarse. Primero, averiguando cuál es el artilugio que el equipo de ingenieros aeronáuticos y aerodinámicos han ideado para el Red Bull RB8. Después, si es que aun no lo saben, intentar contrarrestarlo.
No es la victoria de la furia, sino de la inteligencia, del esfuerzo, del talento individual puesto al servicio de un equipo.
Se suponía que nada estaría terminado a tiempo, que las carreteras serían un absoluto caos, que los trenes no saldrían de las estaciones.
A muchos Italia nos parece un conjunto temible pero no admirable, efectivo pero no envidiable, como resultan los verdaderos villanos.
Los apostantes creen que España es "mejor", ya que tendría una probabilidad de ser campeona del 61,3% frente a tan solo un 38,7% para Italia.
Parece que el veterano australiano Cadel Evans (35 años) tendrá que defender su título de 2011 ante el británico Bradley Wiggins, ese Rhys Ifans de la bicicleta, o el ruso y también veterano Denis Menchov.
Arbeloa desata en el espectador un tierno cariño, ganas de abrazarle, de hacerle unos buenos macarrones. Es aquel de nosotros que para colgar un cuadro se trepana una falange.
En palabras de Eduardo Galeano, «el gol es el orgasmo del fútbol». No hay duda. Es el momento más esperado del espectáculo.
Tras la eliminación inglesa, a buen seguro la técnica parapenaltis de Joe Hart le acarreó una sonora bronca por parte de su madre.
El miércoles viviremos un duelo entre la tradición y la modernidad, entre la sobriedad y el glamour.
Como si de una broma cruel del destino se tratase, la selección española se enfrenta a la última que ha podido echarnos de un gran torneo internacional: Francia.