La libertad de expresión no garantiza por sí sola la calidad del debate, como bien sabemos en España. En estos meses turbulentos cada acontecimiento, cada declaración, cada frase discordante -da igual con quién- son respondidos por un coro vociferante y agrio que ahoga cualquier atisbo de idea en un ruido ensordecedor y estéril.
Para defender su fraude electoral (Rajoy está gobernando con un programa no legitimado por el voto) el presidente lleva empleando, desde que ocupó el poder, la falacia del falso dilema. Lo dijo bien claro, hace pocos días y lo ha reiterado en el debate del estado de la nación: "O cumplía con el programa electoral o cumplía con mi deber".
Es una constante en la historia reciente. La derecha odió a los titiriteros y ahora repudia a los actores. No le perdonó, aquella derecha extrema, a García Lorca su lucidez y su compromiso. Ni que fuera homosexual. Ellos, en el escenario o en celuloide, reflejan muchas veces lo que los ciudadanos piensan.
Más que debatir sobre el estado de la nación, me gustaría proponer un debate sobre el futuro de la nación. Sobre qué sociedad nos gustaría ser y sobre cómo conseguirla.
Todo hace pensar que las imágenes del 23-F no se pudieron ver en televisión hasta el 24-F y que sólo fue la radio quien retransmitió en directo uno de los acontecimientos más impactantes de la reciente historia de España. Sin embargo, un buen número de personas -algunas de ilustre memoria- sostienen que lo siguieron en directo, durante unos minutos, por el UHF.
Seguiremos alzando la voz, diciendo que están equivocados, que abrir vías de agua bajo la línea de flotación no ayudará al barco sanitario. Depongan las hachas, depongan la estulticia. Escuchen. Quizá les llegue el clamor popular de la gente que dicen ustedes representar.
Este debate se presentó bajo el aura de grandes expectativas y no pasó de ser, al fin, una escenificación basada en imágenes proyectadas por espejos convexos, es decir, cada cual dijo lo de siempre y hoy las cosas siguen igual de mal. La impresión quizás más extendida es que el presidente del Gobierno salió "vivo" del debate a pesar de las dificultades que configuran la coyuntura.
Lo que el debate ha dejado en evidencia es que con una huida hacia adelante no se puede romper esa sensación de lejanía entre la política y la gente. Y Mariano Rajoy está en esa huida: escondiéndose tras las reformas económicas que presenta como "inevitables" y zafándose así de todo el malestar de la calle.
Envuelto en la tesis "o yo o el caos", y arropado por la mayoría absoluta de la que goza el PP en la Cámara, Rajoy demostró que no tiene intención alguna de mirar la tozuda realidad con otra perspectiva, y que por tanto confía en que sea una dudosa recuperación económica la que justifique su política. Pero llegar a acuerdos con los demás grupos, a pesar de esa mayoría, sí sería una buena dosis de democracia.
Éste no es un debate del estado de la nación más. Porque el estado de la nación es crítico, y porque a los que estamos aquí muchos españoles nos miran con desconfianza. Seis millones de trabajadores, sin trabajo. Sí, pero hay más: la quinta parte de los españoles, en riesgo de pobreza; 33.000 empresas cerradas en 2012.
Cinco millones novecientos sesenta y cinco mil cuatrocientos. Esta cifra, por sí sola, refleja el aspecto más duro y dramático de la situación social y económica por la que atraviesa España. Más del 26% de nuestra población activa no encuentra empleo y a más del 50% de nuestros jóvenes, les ocurre lo mismo.
En un intento por fomentar la autocrítica y que florezca el espíritu conciliador hemos tratado de acercar los unos a los otros. Preguntamos a la oposición qué ha sido lo más interesante del discurso de Rajoy y al PP qué ha sido lo más flojo del discurso de su líder.
Hay voces que nos acompañan casi a diario a través de los medios audiovisuales. Unas nos atrapan y otras nos perturban antes de que pronuncien una sola sílaba. Voces que, embargadas por la pobreza, se han quedado sin vida. Voces que, avergonzadas por el qué dirán, se han escondido para no ser vistas.
La existencia de un posible conflicto de intereses entre el PP y el sector de la construcción quedó patente en el informe Amnistía a la Destrucción que hizo público Greenpeace el pasado mes de diciembre. Posteriormente los papeles de Bárcenas confirmarían los vínculos del PP y las constructoras.