Solo con observar cómo se está dosificando la información, es fácil ver cómo se desarrolla la partida. Los dos periódicos de mayor tirada son el vehículo elegido para ir relevando datos que comprometen a los máximos responsables del PP durante años.
Los detalles mezquinos de cómo el tesorero del PP logró desviar a Suiza un importe ni más ni menos que 440 veces superior al del fraude literario de Amy Martin son completamente desconocidos por el momento, pero lo que la repercusión en la prensa de uno y otro asunto ha sido parecida.
La tranquilidad que se respira en los mercados financieros es ficticia y peligrosa. Las famosas diez palabras de Draghi - "haré todo lo que sea necesario para proteger el Euro" -han servido para calmar a los mercados por el momento pero nada ha hecho para borrar la terrible herencia económica de nuestra burbuja cuyas ramificaciones se extenderán por muchos años. La burbuja nos dejó un país arruinado, pero además contribuyó a atrofiar nuestras instituciones y a destruir nuestro capital humano, lo que nos deja en una posición muy difícil. Dudo que hayamos tocado fondo todavía. Por mucho que quieran esconderla, sigue aquí.
Rajoy ha dejado claras las líneas de su colección: agita la bandera anti corrupción y se cuelga la medalla de los buenos resultados de la reforma laboral.
Ni Cameron ni Mas son, a mi juicio, hombres de Estado. En lugar de hacer un ejercicio pedagógico y responsable, se sitúan al frente de movimientos y tendencias populares que, no por mayoritarias, tienen por qué ser las mas convenientes para sus países. La hoja de ruta que han presentado no es nada realista y es además poco honesta
"Son las cosas precisas las que se traducen en nuevas realidades y estamos muy necesitados de ellas", escribía Soledad Gallego-Díaz en El País. El texto que ha propuesto el PP se aleja mucho se esa precisión que reclama la sociedad para que no exista un resquicio que sirva de coladero para quienes pretendan seguir aferrándose al oscurantismo.
Nunca creí que estaría tan cerca de una historia tan extraña. Pasé unos seis meses trabajando en la Fundación IDEAS en 2011. Gestionaba los medios internacionales y un día, mi jefe me pasó la información de una escritora estadounidense. Aparte de que era una escritora que supuestamente alguien conoció en un viaje, mi jefe no fue capaz de articular nada más sobre quién era.
Despedido por desafección, reza el escrito remitido a trabajadores de la cadena autonómica. Después de veinticinco años de dedicación profesional al ente. Tras superar dos oposiciones, asumir distintas responsabilidades y un esfuerzo en formación por estar al día, resulta que lo importante era el afecto al régimen.
La evidencia empírica en España pone de manifiesto con claridad que buena parte del electorado de la derecha no castiga la corrupción, mientras buena parte del electorado de la izquierda no la perdona.
Se terminan sus falacias y mentiras, se desmoronan sus argumentos. Se queda desnuda su tiranía. Tenemos la libertad y el derecho de elegir el destino de nuestra vida aunque no lo aprueben sus señorías. Cuando nos vean con las manos al sol sepan que no tenemos miedo, que estamos empezando una Revolución.
Debió ser a principio de los años noventa que The Economist Intelligence Unit dedicó a España uno de sus informes. Lo que fascinaba era la capacidad de análisis sobre el futuro y los riesgos de España. Han pasado los años y gran parte de ese informe podría escribirse hoy.
Sabemos perfectamente quiénes son los chupópteros, quiénes los que nos chupan la carne desde dentro, los que trabajan para los chupópteros, y los que nos enferman. Lo que pasa es que el sistema ha desarrollado tolerancia, y los protege. Esto dificulta bastante la curación, pero cuando el huésped es la democracia, hay que hacer todo lo necesario por salvarlo.
Como un juguete roto, nuestro sistema no funciona. Nuestras instituciones democráticas no son un juguete, pero se han utilizado como si lo fueran. Se han manoseado para enriquecerse una minoría, pero han gozado del amparo de inquietantes mayorías. No sé qué más tiene que suceder para que haya una reacción rotunda y colectiva.