En la sociedad de mercado, el arma más poderosa que tenemos los ciudadanos es el consumo. Más que nuestra fuerza de trabajo. Más incluso que nuestro voto. Si no compramos, no contratamos y no consumimos, el sistema deja de funcionar.
Los ciudadanos no pueden quedarse de brazos cruzados ante una medida que resulta no ya injusta, insolidaria y peligrosa para la economía y el empleo, sino un auténtico fraude electoral.