Hace unos días el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, salió con vehemencia en defensa del bipartidismo y el orden establecido. Y lo hizo para anunciar que si se hundía, España se convertiría en el paraíso de "partidos estrafalarios". Personalmente a mí lo que me parece estrafalario es un partido que paga a sus líderes en sobres; que lleva una contabilidad en B; que mantiene como ministros a personas sospechosas de estar en tramas corruptas. Yo creo que la ciudadanía lo que está reclamando a los partidos son: honradez, transparencia y democracia. Algo que en este momento está mucho más del lado de pequeños.
El uso de inhibidores de frecuencia convirtió el Congreso en un bunker que impidió las comunicaciones, dejando aislados a diputados, periodistas y funcionarios. Un hecho inédito desde el golpe de estado del 23-F y por el que tendrá que responder Posadas y ofrecer explicaciones que sean creíbles.
La situación es gravísima, de una intensidad terminal que amenaza como nunca con la berlusconización de la imagen del Gobierno de España ante los ojos de Europa. La buena noticia es, en cambio, que la ciudadanía, la gente, informándose por fuentes propias, no está dispuesta a dejarse engañar más.
Urge analizar los últimos acontecimientos de corrupción que afectan al corazón del Gobierno de España con las lecciones aprendidas de una crisis que ha cambiado demasiadas cosas. Nada es ni será como antes.
Deseamos que caiga la cúpula, pero tememos que nos caiga encima. Derrocar al Gobierno corrupto (presuntamente, claro) de Rajoy está muy bien, pero y después, ¿qué? ¿El PSOE? ¿Otra vez el PP (no lo descartemos)? ¿Los eurotecnócratas? ¿Un dictador? ¿Anarquía?
Mariano Rajoy nos debe una explicación. Si no la tiene, y si no es capaz de ceñirse a su propio compromiso -"no me temblará la mano si tengo conocimiento de irregularidades o conductas impropias que afectan a nuestro partido"- difícilmente podrá evitar la caída en picado de su gobierno, porque el escándalo Bárcenas ha sembrado el desconcierto y la indignación entre multitud de votantes y dirigentes populares. A estas alturas, su honradez personal ya no es suficiente para avalar a todo el partido.
Rajoy ha dejado claras las líneas de su colección: agita la bandera anti corrupción y se cuelga la medalla de los buenos resultados de la reforma laboral.
La evidencia empírica en España pone de manifiesto con claridad que buena parte del electorado de la derecha no castiga la corrupción, mientras buena parte del electorado de la izquierda no la perdona.
Sabemos perfectamente quiénes son los chupópteros, quiénes los que nos chupan la carne desde dentro, los que trabajan para los chupópteros, y los que nos enferman. Lo que pasa es que el sistema ha desarrollado tolerancia, y los protege. Esto dificulta bastante la curación, pero cuando el huésped es la democracia, hay que hacer todo lo necesario por salvarlo.
Como un juguete roto, nuestro sistema no funciona. Nuestras instituciones democráticas no son un juguete, pero se han utilizado como si lo fueran. Se han manoseado para enriquecerse una minoría, pero han gozado del amparo de inquietantes mayorías. No sé qué más tiene que suceder para que haya una reacción rotunda y colectiva.
Rajoy y Cospedal se encuentran ante la disyuntiva de intentar circunscribir a Bárcenas las prácticas irregulares, algo complicado ante quien ha controlado durante 20 años los dineros del aparato, o levantar las alfombras y mostrar lo que hay debajo: años de gestión opaca e ilegal en el mismo corazón del partido. Pero no tienen elección. Ni la ironía -"¡Sí, hombre!"- ni las palabras grandilocuentes -"No me temblará la mano"- son suficientes para aplacar la indignación.
La corrupción política desplaza la crisis económica a un segundo plano aumentando la inquina hacia quienes supuestamente trabajan por el bien común. ¿Se puede hacer alguna campaña para rescatar la imagen de la clase política?
Como un piso vacío sin sus ocupantes que un día soñaron con vivir en él, España se está quedando sin alma. ¿Por dónde entra la luz? La revolución empieza en casa, en el bar, en la escuela, en el hospital. No saldremos adelante si, además de remar juntos, no cambiamos muchas cosas.
La UE no se hace sólo en el manejo del euro o de la Unión Bancaria: habrá de hacerse sobre todo con una defensa activa de los derechos y libertades de los 500 millones de ciudadanos europeos.