Recién entregados los Goya (qué soplo de aire fresco escuchar, en TVE, las críticas del mundo del cine a lo que está pasando) y a pocas semanas de los Oscar, flota la sensación de que la mejor ficción no es la que vemos en las salas, sino la que se asoma cada día a los diarios, las radios y las televisiones. Les propongo un juego: convertir la realidad en ficción, y premiar a los mejores.
Aunque el sueldo del presidente del Gobierno sea pequeño comparado con el de otros profesionales, y ridículo en comparación con los ingresos medios de un registrador de la propiedad, los políticos gozan de numerosas mamandurrias que diría Espe: coches oficiales, jugosas dietas libres de impuestos, pensiones vitalicias, etc.
El uso de inhibidores de frecuencia convirtió el Congreso en un bunker que impidió las comunicaciones, dejando aislados a diputados, periodistas y funcionarios. Un hecho inédito desde el golpe de estado del 23-F y por el que tendrá que responder Posadas y ofrecer explicaciones que sean creíbles.
A la luz de los datos que arroja el barómetro del CIS en enero, aún es pronto para vislumbrar un cambio de tendencia electoral, más allá del desgaste de quien ostenta la responsabilidad del Gobierno. Tal vez falte aún tiempo -sólo es un año de decisiones, por duras que hayan sido- y ahondar en los microdatos.
La situación es gravísima, de una intensidad terminal que amenaza como nunca con la berlusconización de la imagen del Gobierno de España ante los ojos de Europa. La buena noticia es, en cambio, que la ciudadanía, la gente, informándose por fuentes propias, no está dispuesta a dejarse engañar más.
Urge analizar los últimos acontecimientos de corrupción que afectan al corazón del Gobierno de España con las lecciones aprendidas de una crisis que ha cambiado demasiadas cosas. Nada es ni será como antes.
Mariano Rajoy nos debe una explicación. Si no la tiene, y si no es capaz de ceñirse a su propio compromiso -"no me temblará la mano si tengo conocimiento de irregularidades o conductas impropias que afectan a nuestro partido"- difícilmente podrá evitar la caída en picado de su gobierno, porque el escándalo Bárcenas ha sembrado el desconcierto y la indignación entre multitud de votantes y dirigentes populares. A estas alturas, su honradez personal ya no es suficiente para avalar a todo el partido.
Como un juguete roto, nuestro sistema no funciona. Nuestras instituciones democráticas no son un juguete, pero se han utilizado como si lo fueran. Se han manoseado para enriquecerse una minoría, pero han gozado del amparo de inquietantes mayorías. No sé qué más tiene que suceder para que haya una reacción rotunda y colectiva.
Rajoy y Cospedal se encuentran ante la disyuntiva de intentar circunscribir a Bárcenas las prácticas irregulares, algo complicado ante quien ha controlado durante 20 años los dineros del aparato, o levantar las alfombras y mostrar lo que hay debajo: años de gestión opaca e ilegal en el mismo corazón del partido. Pero no tienen elección. Ni la ironía -"¡Sí, hombre!"- ni las palabras grandilocuentes -"No me temblará la mano"- son suficientes para aplacar la indignación.
Lo único que se me ocurre con el concepto de "empeño" son las familias que llevan sus únicos bienes a empeñarlos para poder comer o, lo peor, que debido a los recortes en sanidad hemos llegado al punto en el que estás obligando a muchos ciudadanos a "empeñar" su propia salud para que tú salves a los de arriba.
El Gobierno transita en sentido contrario a su promesa de que nuestro país debe basar su progreso en el conocimiento. ¿Cómo pretende el Partido Popular y el Gobierno cumplir su promesa si cercena el futuro de la educación superior y la I+D+i con recortes que hacen inviable su funcionamiento?
¿Cómo imaginar que en un mismo año veríamos al rey pidiendo perdón, a Rajoy huyendo por el garage, a Esperanza Aguirre dimitiendo, a Merkel en Atenas, a Obama llorando y a Berlusconi regresando a la política?
La UE no se hace sólo en el manejo del euro o de la Unión Bancaria: habrá de hacerse sobre todo con una defensa activa de los derechos y libertades de los 500 millones de ciudadanos europeos.
Podemos desgañitarnos contra nuestra clase política, pero no lo tienen fácil para gestionar una situación endiablada. Las crisis económicas con las que lidiaron Felipe González y José María Aznar no son comparables en magnitud y complejidad a la que estamos viviendo, así que sacudámonos la tendencia a la melancolía si aspiramos a hallar nuevas respuestas para nuevos desafíos. El futuro se muestra incierto, pero la nostalgia por el pasado no nos ayudará a encontrar el camino para afrontarlo.
El resultado de CIU en las elecciones catalanas del 25N es un batacazo monumental de Artur Mas y de su órdago por convertir estos comicios en el primer acto del camino por la independencia de Cataluña, bajo su liderazgo. Mariano Rajoy puede saborear el fracaso de Mas, pero convendría que no alargue el momento: más que firmeza, es el momento de que muestre cintura ante un Parlament que apoya mayoritariamente la convocatoria de un referéndum para decidir si quiere o no un estado propio.
Quinto año de la agonía desde la "crisis de 2008" y aun no hay señales de vida al otro lado del túnel.