Se acabó el debate del estado de la nación. Con tanta réplica y contrarréplica es difícil sacar tiempo para contrastar las afirmaciones vertidas. Si uno las examina con detenimiento no resisten la comparación con la realidad. Pasada la vorágine, practicamos el viejo juego de: ¿Realidad o ficción?
Envuelto en la tesis "o yo o el caos", y arropado por la mayoría absoluta de la que goza el PP en la Cámara, Rajoy demostró que no tiene intención alguna de mirar la tozuda realidad con otra perspectiva, y que por tanto confía en que sea una dudosa recuperación económica la que justifique su política. Pero llegar a acuerdos con los demás grupos, a pesar de esa mayoría, sí sería una buena dosis de democracia.
Éste no es un debate del estado de la nación más. Porque el estado de la nación es crítico, y porque a los que estamos aquí muchos españoles nos miran con desconfianza. Seis millones de trabajadores, sin trabajo. Sí, pero hay más: la quinta parte de los españoles, en riesgo de pobreza; 33.000 empresas cerradas en 2012.
Recién entregados los Goya (qué soplo de aire fresco escuchar, en TVE, las críticas del mundo del cine a lo que está pasando) y a pocas semanas de los Oscar, flota la sensación de que la mejor ficción no es la que vemos en las salas, sino la que se asoma cada día a los diarios, las radios y las televisiones. Les propongo un juego: convertir la realidad en ficción, y premiar a los mejores.
Una de las enseñanzas más evidentes que nos deja 2012 es que las recetas de la derecha para afrontar la crisis, cuya mejor expresión es un drástico calendario de reducción del déficit, se han saldado con un rotundo fracaso. Para los países en dificultades, la ansiada recuperación económica no ha llegado y, después de tres años de recortes sociales y aumentos de impuestos, la inversión sigue sin aparecer.
Es como si la Comisión no tuviera nada más que dieta en su recetario, y aunque sospecha que debería suministrar vitaminas a sus enfermos, no quiere admitir que ha sido un mal médico y que debería probar otro tratamiento. Los ciudadanos y los políticos debemos exigirle a Europa que haga un ejercicio de realismo.
La primera lectura el éxito de Alberto Nuñez Feijóo y su mayoría absoluta apuntalada con tres escaños más, es nítida: Mariano Rajoy sale reforzado del 21-O. Pero si gana tiempo es, sobre todo, porque la alternativa socialista se derrumba. Los socialistas que se preguntan si aún están pagando la herencia de Zapatero, o si es ya la labor en la oposición de Rubalcaba la que está ahuyentando a los votantes.
Parecería que en el complejo clima político que vive Cataluña apenas hay puntos de acuerdo entre los diferentes partidos, especialmente entre la derecha catalana y la derecha española, entre CiU y el PP. Pero hay algo más en lo que coinciden Mas y Rajoy: en su afán por atraer a los votantes del PSC.
Hace bien el PSOE en hablar con claridad acerca de su apuesta federal. Y en sostener que si hay que reformar la Constitución, ello no debería producir ningún trauma. Porque las Constituciones no son sacrosantas. En Alemania se ha reformado casi sesenta veces en poco más de sesenta años.
Si el Gobierno no aprueba la prórroga de la prestación de 400 euros para los parados sin cobertura, la situación de esos miles de trabajadores y trabajadoras que perdieron su empleo pasará de ser dificilísima a completamente angustiosa.
Se perciben ganas de buenas noticias, un deseo de ilusión que nada tiene que ver con una sociedad abatida o resignada. Con todas sus paradojas, la calle nos ha lanzado estos días un mensaje, casi una súplica, que no podemos ignorar.
Uno de los rasgos que definen la actual situación en España es el de una generalizada pérdida de confianza. ¿Ha contribuido Mariano Rajoy a esa pérdida? Son muchas las evidencias de que, en efecto, así ha sido.