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La esposa más bonita del mundo

23/07/2015 07:06 CEST | Actualizado 22/07/2016 11:12 CEST

Por la mañana, todas las mañanas, cuando mi marido Michael se despierta, se gira en la cama y coloca su largo y esbelto brazo alrededor de mi cuerpo. Apoya su barbilla detrás de mi hombro; presiona sus labios, secos por la mañana, contra mi oído. Y con una voz ronca y grave, intermitente por el sueño, me canta.

En realidad es más como una cadencia. No es el mejor cantante del mundo.

Pero la letra nunca cambia.

Me gustaría poder mostraros la música en esta página. Pero va a tener que ser suficiente con las palabras.

Imaginadme medio dormida. Imaginadle, con su cadencia musical, con su medio canción.

"You are the prettiest wife in the world", eres la esposa más bonita del mundo, me canta, y los todos los pelillos de mi cuello y de mi oído se levantan para escuchar.

Llevo pantalones pirata de yoga con un agujero enorme detrás en forma de diente de perro y una camiseta blanca de tirantes, sin sujetador.

Me duché hará dos noches. Creo.

Mi pelo descansa en una maraña sobre la almohada y cubre la babilla que me ha ido cayendo por la(s) (dos) mejilla(s) mientras dormía.

Ni que decir tiene que no soy la esposa más bonita del mundo.

Es probable que ni siquiera esté en el Top 100. De hecho, si hubiera una competición, un concurso sobre Quién es la Esposa Más Bonita del Mundo, seguramente me descalificarían, para empezar, por la longitud del pelo de mis piernas.

Pero aquí está el meollo de la cuestión. Él de verdad cree que yo soy esa esposa. De verdad cree que soy la más guapa.

Yo.

¿Yo?

Tuve cuatro bebés antes de conocerle. Tengo marcas de estrías en lugares que ni siquiera sabía que podían estriarse, detrás de las rodillas y por encima de las costillas. Mi torso es demasiado largo y mis piernas tan cortas que no tocan el suelo cuando me siento en mi escritorio. Simplemente se quedan ahí colgando, como si fuera el bizarro muñeco a medio crecer de un ventrílocuo. Tengo una talla 44 de pantalón. Soy propietaria de montones de prendas de spandex. Cuando corro (algo que sólo sucede si me están persiguiendo o si tengo que llegar a tiempo al día de todo a 1 dólar en el Ejército de Salvación), mi imprecisa intento de pechos se balancea peligrosamente, como naranjas dentro de unos calcetines largos, saltando peligrosamente en dirección a mi cara a cada paso. Es la locura en escena, te lo aseguro. Y él ha visto todo el esperpento. En persona.

Lo ha visto y CREE QUE SOY LA MUJER MÁS BELLA DEL MUNDO.

Había un par de explicaciones lógicas que necesitaba explorar. Primero, después de someterle a varias pruebas de visión caseras usando cada app que pude encontrar desde mi iPhone, puedo decir con seguridad que no debéis pensar que mi marido tenga dificultades para ver. Así que la explicación sobre si "me ve realmente" está descartada.

Segundo, puedo desechar la posibilidad de que "nunca antes había visto una mujer desnuda", puesto que A) estuvo casado antes y B) ha sido propietario --habitual, temporal o accidental-- de una revista de Playboy. Adquirida y leída, por supuesto, por la "calidad e informatividad de los textos".

Así que, ¿cómo es que me ve como un ser tan extraordinariamente hermoso y cuando yo me veo a mí misma, todo me parece... destrucción?

Eso, es culpa tuya.

Vale, no te culpo a ti exactamente, sino al tipo sentado en el cubículo a tu derecha.

Y a tu profesor de sexto.

Y a la dependienta de Victoria's Secret que me dijo, hace tiempo, que no vendían sujetadores de mi talla en la tienda.

A ellos sí hay que culparles. Son culpables porque representan a esa gran parte de la sociedad que no puede ver otra cosa que no sea talla cero, o veinte años o más joven o eternas pre-mamás o hermosura perfectamente perfecta.

No puedo discutir que esas cosas no sean hermosas.

Yo sólo sostengo que embarazada, talla 44, bajita, talla 38, talla 48, alta, delgada, vieja, joven, madurita... bueno, todo eso es hermoso también.

Igual que esto:

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Esto también es hermoso.

Tu marido lo cree así. Y te lo dice.

Pero tú no le escuchas, ¿verdad?

Reflexiona bien sobre esto. A medida que te encaramas desnuda dentro de la ducha, deseando tener una barriga más lisa, tu marido se dedica a intentar echar un vistazo a tu par de melones. ¿Que no? Sabes que sí.

Si te dieras la vuelta en ese momento y dijeras, "Vamos al lío, chaval, aquí y ahora mismo", ¿crees que respondería diciendo "Claro, pero primero vamos a apagar las luces para que no tenga que ver tus estrías"? ¿De verdad lo piensas?

El asunto es el siguiente: mientras que las esposas piensan que serían más lindas, sensuales y cachondas si se hicieran cirugía plástica en la tripa o perdieran cinco kilos, los maridos piensan que sus mujeres están tela de buenas justo como son.

He estado preguntando por ahí. Es bastante unánime.

Pero en realidad, toda la investigación que necesito es acurrucarme bajo mi edredón cada mañana. Y esto es suficiente para mí.

Únicamente pregúntate esto:

¿Quién te dice que tu cuerpo no es el ideal?

Únicamente las personas que no tienen importancia. Sólo las personas que no conoces. Es sólo esa misma voz que te dice al oído que no eres una madre lo suficientemente buena o que no te mereces un aumento de sueldo o que no podrías volver a estudiar otra vez o ponerte ese vestido. ¿Te aportan algo esos comentarios? ¿Son de fiar?

¿Y quién es el que nos dice, a ti y mí, que nuestro cuerpo es perfecto como es?

Sólo el hombre que se va a dormir contigo cada noche. Sólo esa persona que es la que te ve desnuda todos los días y que dejaría de hacer inmediatamente cualquier cosa que esté haciendo para verte DONDE SEA y CUANDO SEA por echar un polvete rápido.

Sólo esa voz por la mañana, que me dice que mi cuerpo es hermoso.

La voz que me susurra al oído, eres la mujer más bonita del mundo mientras yo cierro bien los ojos y le dejo intentar que me ayude a creérmelo.

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Sin maquillaje ni filtro. Sólo yo. ¿Soy la mujer más bonita del mundo? Mi marido piensa que sí. Y eso, para mí, es suficiente.

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Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Diego Jurado Moruno

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