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Pasaron de mí tres veces el año pasado, pero he aprendido estas seis cosas

17/02/2017 07:21 CET | Actualizado 17/02/2017 07:21 CET
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Si las páginas web decepcionantes, las enfermedades de transmisión sexual resistentes a los fármacos y la alarmantemente reducida capacidad para prestar atención que demuestra la gente no son suficientes para hacernos perder la cabeza (y la libido), ahora nos enfrentamos a otro fenómeno moderno: el ghosting (un término que viene de la palabra inglesa ghost, que significa "fantasma").

Según el periódico The New York Times, el ghosting consiste en "terminar con una relación sentimental cortando de raíz la comunicación con una persona e ignorando sus intentos de retomar el contacto". Esto me pasó tres veces el año pasado.

Por supuesto, no creo que tenga que haber necesariamente una "relación" tradicional para que una de las dos partes le haga el vacío a la otra. Puede (o debería) darse en una situación con ataduras de algún tipo, que implique haber quedado para salir o para acostarte con alguien dos o más veces antes de que esa persona desaparezca sin dejar rastro. Llevo casi cuatro años sin tener una relación seria, pero con cierta frecuencia me topo con chicos a los que me parece que vale la pena conocer más (tanto con ropa como sin ella) y los intercambios que resultan de esas interacciones me parecen relevantes de una forma u otra; al menos lo suficientemente relevantes como para querer dejarlas bien zanjadas si se acaban.

Después de invertir tiempo, energía y probablemente saliva y otros fluidos corporales en otra persona, resulta desconcertante que desaparezca de repente. Evidentemente, si solo has tenido una o dos citas (o como quieras llamarlo) con alguien y después de eso ninguno intenta retomar el contacto, no se considera ghosting. Es que la vida es así. Y entiendo que es difícil salir con gente y que es casi imposible encontrar a alguien que cumpla todos nuestros requisitos, pero (ingenua de mí) sigo teniendo la idea (que quizá ahora parezca radical o totalmente desfasada) de que es una muestra de madurez comunicarle a alguien que vas a dejar de hablar con él, de verlo o de follártelo.

Después de las experiencias que viví el año pasado, estas son mis humildes y completamente subjetivas opiniones sobre el ghosting.

1. No lo hagas. Sé maduro y manda un mensaje que diga: "Hola. Me alegro de haber quedado contigo, pero no siento que conectemos. Cuídate" o cualquier otro mensaje genérico, probablemente dañino, condescendiente o incómodo (pero, por lo menos, claro) que te apetezca. Te resperaré por ello, aunque me hierva la sangre, porque de esa manera ninguno de los dos tendrá que ir al supermercado -o al pub que tiene máquinas de pinball antiguas y que te enseñé porque pensaba que eras guay- con miedo a encontrarse con el otro (o, por lo menos, no experimentaremos más que el nivel básico de miedo que va ligado a ese tipo de interacciones sociales por sorpresa).

2. Si lo haces, no vuelvas a escribirme cuando pasen tres o cuatro semanas -como me hicieron dos de los tres chicos que pasaron de mí- ni finjas que no ha pasado nada, como si acabaras de salir de un coma o te hubieras ido a dar la vuelta al mundo en globo, no hubieras tenido acceso al teléfono y se te hubiera olvidado decírmelo. Solo hay una cosa peor que desaparecer como un fantasma: resucitar un mes después; y cuando digo que es peor me refiero a que es peor para los dos, porque, llegados a ese punto, he tenido tiempo para pensar en el mal gusto musical que tienes y para cuestionarme un millón de cosas cuestionables que me dijiste en el poco tiempo que pasamos juntos; por eso, ahora que lo he pensado, no quiero volver a verte.

3. Me he dado cuenta de que probablemente yo también le haya hecho el vacío a alguien (y ahora que estoy escribiendo este post supongo que vendrán uno o dos o 74 tíos a decírmelo). Si he pasado de ti, lo siento. Soy una imbécil. Fui una inmadura. Y seguramente me daba miedo hacerte daño o no sabía cómo verbalizar por qué no quería volver a verte. Es posible que tuviera un motivo inofensivo y que no tuviera nada que ver con tu carácter. Estoy segura de que si preguntara a los chicos que pasaron de mí me darían exactamente las mismas razones. Pero eso no justifica este comportamiento y de ahora en adelante juro que voy a seguir mi propio consejo, por muy incómodo que me parezca.

4. Los seres humanos somos criaturas quisquillosas y, es más, a medida que nuestras ideas culturales con respecto a la comprensión de lo que son las citas, las relaciones, las parejas y las familias sigue cambiando y desestabilizándose, comenzar a salir con alguien y luego romper va a ser cada vez más difícil. Hoy en día la mayoría de la gente no busca casarse ni tener hijos (o, por lo menos, no de la misma manera que nuestros padres y nuestros abuelos en su época) y por eso está mutando (y no siempre para bien) nuestra concepción sobre cómo se empieza y cómo se termina con una relación, lo que significa que tenemos que ser más considerados con lo que hacemos (y con lo que no).

5. Comunicarse es -cada vez más- difícil. Aunque pienso que los tíos que han pasado de mí son lo peor, les entiendo. Y, en muchos sentidos, además de que me han recordado que tengo que tratar a los demás como me gustaría que me trataran, la actitud que han tenido me ha hecho replantearme qué es lo que busco en una pareja, en un follamigo o en alguien con quien tomarme un café. Es más, me ha hecho replantearme la manera de comunicarme con otras personas en general y reevaluar cuál es la mejor forma de expresarme y de hacer saber mis necesidades y mis deseos a mis amigos, familiares y compañeros de trabajo. Los correos electrónicos y los mensajes de texto hacen que sea más fácil dar una noticia, pero tenemos que pararnos a pensar en la calidad de esos mensajes y en si esas vías de comunicación son adecuadas para la información que tenemos que transmitir. ¿Qué valor tiene el contacto cara a cara y el hecho de experimentar el mundo sin estar detrás de una pantalla? ¿Cuáles son las mejores formas de construir una relación y con cuánta frecuencia dependo de la tecnología para lidiar -o terminar- con determinadas situaciones? Todas estas cuestiones me han estado rondando por la cabeza últimamente y me parece que es bueno (o, por lo menos, productivo) pensar en ellas.

6. Con 38 años sé lo que quiero mejor que cuando tenía 25 o 32 años y aguanto muchas menos tonterías. Y si al final resulta que alguien no me contesta a los mensajes, la verdad es que no tengo ningún problema en pasarme la tarde del viernes viendo programas de repostería (en realidad, si soy sincera, quizá soy incluso más feliz así).

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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