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Mi camino hacia ti

09/05/2017 07:29 CEST | Actualizado 11/05/2017 12:37 CEST

NOF

La primera vez que sentí la llamada biológica de la maternidad yo debía de tener unos 30 años. Hacía un par de años que había acabado mi formación universitaria. Tenía un trabajo con contrato indefinido pero el mal ambiente de la empresa hacía pensar que mejor no depender demasiado de ese contrato. Tenía pareja pero no vivíamos juntos, de hecho, ni siquiera en la misma ciudad. En nueve años había cambiado de piso unas 8 veces y había vivido en 3 ciudades distintas. Sentía la llamada en mi cuerpo, pero mi cabeza me decía que en una situación tan inestable no era responsable traer un hijo al mundo.

Con 35 años sentí una segunda llamada. Esta vez sí estaba en condiciones de intentar ser madre. Recurrí a una clínica de reproducción asistida, ya que entonces no tenía pareja. Me sometí a varios ciclos de inseminación artificial. Ninguno tuvo éxito y empecé a sentir el dolor de los test de embarazo negativos. Y entonces conocí a tu padre, un hombre maravilloso, como ya sabes. Decidí dejar de intentar ser madre soltera para explorar la vida con él, aunque eso retrasara tu llegada.

Disfrutamos dos años conociéndonos hasta que nos decidimos a intentar ser padres. Pasaban los meses y no llegabas. Crecía en mí el enfado contra el mundo. Toda la vida me habían hecho creer que para una chica quedarse embarazada era tan fácil como coser y cantar. No es verdad. Y, sobre todo, no es verdad a partir de cierta edad. Al final, resignados, fuimos al médico. Nos hicieron todas las pruebas que hacen y nos pusieron en la lista de espera de reproducción asistida. Osakidetza, la sanidad pública vasca, sólo cubre tres intentos y sólo los cubre mientras la mujer sea menor de 40 años. Yo ya estaba cerca de los 38 y nos dijeron que, dado que la espera media era de un año, no nos iba a dar tiempo a realizar los tres intentos en la sanidad pública.

Por lo tanto, no teníamos nada que perder por intentarlo en la sanidad privada mientras esperábamos a que nos llamaran de la pública. Concertamos una cita en un hospital y nos planificaron alguna prueba más. Se acercaban las Navidades y la cita nos la dieron para finales de enero. Para nuestra gran sorpresa, dos días antes de la cita supimos que me había quedado embarazada. ¡Ya estabas en camino!

Fueron dos meses maravillosos. Al principio me costó creer que al final lo habíamos conseguido. Lo creí de verdad en la semana 6 cuando vi tu latido en una ecografía por primera vez. No te sentía, pero te imaginaba dentro de mí. Era increíble pensar que dentro de mí estaba teniendo lugar semejante milagro. Por aquel entonces, investigadoras del Hospital Donostia estaban llevando a cabo el proyecto AngeLab (acrónimo de A New GEnetic LABoratory for non-invasive prenatal diagnosis) y yo acepté tomar parte cuando me lo ofreció la matrona. A cambio me regalaron una ecografía en la semana 9.

Fue una experiencia muy dura ya que la doctora se pasó un rato largo, que a mí se me hizo una eternidad, mirando al monitor sin decir nada. No es nunca buena señal que un médico se ponga serio y le cueste hablar. Cuando lo hizo, fue para decir que no lo veía claro y que necesitaba una segunda opinión. Entonces vino otra doctora. Yo les oía hablar entre ellas, estaban a unos centímetros de mí. "¿Tú ves la membrana?". "No. Igual es eso de ahí". Finalmente, me miraron y llegó la segunda gran sorpresa. ¡Erais dos! Me dijeron que estuviera tranquila, que era un embarazo de alto riesgo pero que era una buena noticia. Entre el alto riesgo y que se habían pasado minutos interminables mirando al monitor, ni las sonrisas ni las buenas palabras me quitaban el susto de encima.

Fue duro, pero después de pasar el duelo y aceptar que mi hijo no iba a ser genéticamente mío, decidimos que nuestro hijo sería nuestro llevara los genes que llevara.

No tuvimos otra ecografía hasta la semana 12. Fue el jueves 13 de marzo. Hay fechas que no se olvidan. Esas semanas las pasamos intentando superar el susto y haciéndonos a la idea de que erais dos. ¿Qué iba a hacer yo si os daba por correr en direcciones opuestas? Al final, nos acostumbramos a la idea y, para el día de la ecografía, estábamos entusiasmados con nuestra suerte doble. Al principio, fue todo normal. Pero en cuanto la doctora dejó el aparato de la ecografía externa para utilizar el de la ecografía intravaginal supe, sin lugar a dudas, que algo iba muy mal.

Después de pedir una segunda opinión, nos comunicó que no había latido. En ninguno de los dos. Devastados, nos fuimos a Urgencias de la Maternidad para que nos programaran el legrado. Fue un golpe muy duro. Y fue peor porque no lo vi venir. Nadie me había dicho que es tan habitual tener un aborto espontáneo. Tampoco nadie me había dicho que es posible tener un aborto sin ni siquiera darte cuenta. En las películas siempre muestran a una mujer sangrando. Y la gente normal no habla de estas cosas. Otra vez me enfadé con el universo. Fueron los peores cinco días de mi vida. Todavía lloro si me paro a recordarlo.

Después del legrado, yo estaba convencida de que, si lo habíamos conseguido una vez, la siguiente llegaría seguro. La gente reforzaba esta convicción con el típico "Mujer legrada, mujer embarazada". Lo hacían con buena intención, y yo lo agradezco. Pero la realidad es que, cuando al par de meses del legrado nos llamaron de Osakidetza para empezar con la reproducción asistida, me costó más que la primera vez aceptar que necesitábamos ayuda por toda la esperanza y las expectativas que se habían generado dentro de mí.

En Osakidetza solo nos dio tiempo a hacer dos ciclos de fecundación in-vitro (FIV) antes de que yo cumpliera 40 años. Ninguno de los dos tuvo éxito a pesar de que mi reserva ovárica no era mala, para mi edad, y mi cuerpo reaccionaba a la medicación. La única explicación que nos podían ofrecer es que mis óvulos eran viejos. Por eso nos recomendaban utilizar óvulos donados si persistíamos con la FIV en la sanidad privada. Fue duro, pero después de pasar el duelo y aceptar que mi hijo no iba a ser genéticamente mío, decidimos que nuestro hijo sería nuestro llevara los genes que llevara, porque éramos nosotros los que íbamos a estar ahí todos los días de su vida para darle todo lo que teníamos y apoyarle en todo lo que necesitara.

Acudimos a la sanidad privada pero tuvimos la mala suerte de toparnos con un médico que se empeñó en hacerme cambiar de idea. Al final sucumbimos y probamos con mis propios óvulos otra vez. Una vez más, el ciclo no tuvo éxito. Pero, desgraciadamente, esta vez ésa no fue la peor noticia. La medicación me sentó fatal. Yo sufro migrañas crónicas y en los ciclos anteriores había sufrido con la medicación. Cada vez las migrañas iban a peor. Algunos días no pude ir ni a trabajar. Me acuerdo de una noche de migraña infernal en la que entendí de dónde viene el dicho "retorcerse de dolor". Los dolores de cabeza durante este último ciclo fueron todavía peores. Hubo un par de días que no me pude levantar de la cama más que para ir al baño a vomitar. Me dejaban totalmente incapacitada. El día que fui al laboratorio a hacerme el test de embarazo me temblaban las piernas del miedo que me daba que diera positivo. Mi cuerpo me decía alto y claro que no podía seguir con esa medicación. Por primera vez en años me alivió que el test de embarazo diera negativo.

La liberación que sentí al librarme de esa medicación dio paso al dolor de pensar que teníamos que renunciar a nuestro sueño de ser padres. Fueron un par de semanas de un duelo muy duro, de replantearnos toda la vida. Fue mi madre la que me habló de gestación subrogada durante esas Navidades. Había visto un documental en el que una gestante hablaba de lo feliz y orgullosa que estaba de haber podido ayudar a formar otra familia. Y así empezamos el último camino hacia ti.

Desde estas líneas quiero agradecerle a Samanta Villar haber reconocido públicamente cómo ha conseguido ser madre y, particularmente, sacar el tema de la donación de óvulos.

Puedes leer más historias reales de mujeres que han tenido que recurrir a la gestación subrogada en el blog Mujeres SNH:

Maite: "Un día sin poder ser feliz es un día perdido"

Andrea: "Nunca podrás ser madre"

Maria Àntonia: "Mujer y madre gracias a una maravillosa mujer"

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