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Esto es lo que aprendí cuando compartí un meme sin pensar

Tuve que responsabilizarme de mis actos.

23/08/2017 07:14 CEST | Actualizado 23/08/2017 07:20 CEST
Pixabay

Antes del viernes 31 de marzo, no tenía ni idea de la existencia del síndrome de Pfeiffer. El día anterior, jueves 30, estaba en Facebook y alguien me pasó una foto. No era una foto a secas, sino una foto con un mensaje sobrescrito, lo que conocemos como un meme. Era una broma políticamente incorrecta que me hizo soltar unas risas y poner una mueca.

Se trataba de una foto de un niño de ojos saltones más separados de lo normal. Al primer vistazo (ni siquiera hubo un segundo) parecía que lo habían retocado con Photoshop; era obvio que habían trucado la imagen.

Como estadounidense que soy, hice lo que la mayoría de estadounidenses hacen: actuar sin pensar. Le di al botón de Compartir que acompaña a todas las fotos de Facebook y eso fue todo. Lo compartieron conmigo y yo lo compartí con otros. En eso consiste Facebook, ¿no?

Hay veces que escribo y subo algo original y no hago otra cosa que cruzar los dedos y rezar para que la gente lo comparta.

La foto provocó reacciones inmediatas. No tuvo que pasar mucho tiempo para que llegara a las 20.000 visitas y la hubieran compartido 50 veces. ¡Menudo éxito! La gente se reía y dejaba comentarios, porque de eso trata Facebook: popularidad virtual. Hay veces que escribo y subo algo original, algo que ha surgido de mi imaginación, y no hago otra cosa que cruzar los dedos y rezar para que la gente lo comparta.

Al despertar el viernes por la mañana, un amigo había dejado un comentario en la foto: un artículo de prensa. Y resulta que la foto no había sido trucada. Era un niño, Jameson, nacido con síndrome de Pfeiffer. Habían cogido la foto a una familia y la habían convertido en una cruel burla. Llevaban un año soportando el meme. Cada vez que parecía que caía en el olvido, alguien como yo lo compartía de nuevo y resucitaba el dolor de ver a miles de desconocidos riéndose de su hijo.

Borré la foto de inmediato, pero el daño ya estaba hecho. Ya había llegado a los padres del pequeño. Una vez más, se habían conectado a Facebook con la intención de visitar las páginas de sus familiares y amigos y, en lugar de eso, se encontraban con otra ronda de burlas y humillaciones hacia su hijo.

No tenía ni idea de esto, claro. Vivía felizmente ignorante en mi propia burbuja. No tuve ni idea hasta que una persona que no conocía de nada, Karyn, compartió un enlace conmigo: el blog de la madre de Jameson. La historia de su vida y su lucha.

Se me cayó la cara de vergüenza.

Al parecer, que alguien pidiera perdón era algo muy extraño para ella.

Sí, había borrado la foto, pero no por ello me sentí mejor ni desapareció mi culpa. Tuve que responsabilizarme de mis actos. Había una dirección de correo electrónico en el blog, así que contacté con ella. Le expliqué que esta vez había sido yo la persona que inconscientemente les había vuelto a hacer sufrir y que lamentaba mis actos. No esperaba respuesta. Cuando alguien te hace daño, a veces decir "lo siento" no es suficiente, pero no tardé en recibir contestación. La madre de Jameson fue más comprensiva e indulgente de lo que nadie en su posición tenía por qué ser. Su bondad y su gentileza fueron un baño de humildad para mí.

Pero dijo una cosa preocupante. Al parecer, que alguien pidiera perdón era algo muy extraño para ella. Casi nadie se disculpaba por difundir la imagen y, lo que es peor, muchas veces hasta echaban más leña al fuego. Después de reírse del pequeño por ser diferente, muchos se tomaban a mal que la familia no tuviera sentido del humor para "asumir la broma". No has leído mal: después de burlarse de un niño discapacitado, acosan aún más a la familia.

Cuando leí eso pensé que la humanidad estaba perdida. Y justo cuando has perdido la fe en la gente, sucede algo maravilloso: Karyn no fue la única persona que contactó conmigo; recibí media docena de mensajes de madres que tenían hijos con afecciones similares. Querían expresar su consternación por el meme que había compartido. Muchas de ellas fueron más amables de lo que te puedes imaginar, especialmente una mujer llamada Patty, que me mandó una foto de su preciosa hija, me comentó abierta y compasivamente su situación y finalizó: "Mi hija solo tiene ocho años, pero algún día se hará cargo de un país. Está buscando uno ahora mismo mientras hablamos".

Hice lo único que podía hacer y respondí: "Avísame cuando lo encuentre. Estaré encantado de vivir bajo su mando".

Aquí puedes leer más artículos de nathan timmel (en inglés).

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.