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Belén Gopegui y el origen de todos los poemas

26/10/2017 07:30 CEST | Actualizado 26/10/2017 07:30 CEST

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Quédate este día y esta noche conmigo

Y conocerás el origen de todos los poemas.

Walt Whitman

A diferencia de lo que le sucede a escritores como Pérez Reverte, que hace unos días declaraba que huye del presente porque le parece vulgar, Belén Gopegui insiste en hablarnos siempre del aquí y del ahora, de un tiempo reconocible en el que ubica a sus personajes y desde el que nos suele interpelar a los lectores a los que, y es muy de agradecer, nos trata como seres maduros y pensantes. Desde esa posición de resistencia, Gopegui vuelve a inquietarnos con su última novela.

Quédate este día y esta noche conmigo es una conversación moral entre dos personas de generaciones distintas: Olga, matemática y empresaria retirada, y el joven Mateo, 40 años más joven. Ambos, de distinta manera, viven en una situación de precariedad y, por tanto, de extrema vulnerabilidad. Esa conversación va a llenar de contenido una atípica solicitud de trabajo que tiene a Google por destinatario y con la cual pretenden de alguna manera colapsar la "maquinaria". Así, Google - y con él ese mundo de "poderes invisibles" – se convierte en otro de los personajes de la novela. Es una especie de villano que, como buen sujeto neoliberal, solo actúa dominado por el criterio de la máxima rentabilidad.

A través de ese diálogo, que en este caso no es solo una apuesta formal sino también ética, la autora de Lo real va tejiendo una especie de malla a la que se va adhiriendo buena parte de los dilemas que como individuos y como sociedad estamos viviendo en el presente. Un momento histórico en el que, pese a todas las conquistas formales, nos sentimos tremendamente vulnerables ante unos poderes que carecen de legitimidad democrática y que controlan nuestras vidas. La conversación entre ese dos "seres anodinos, diferentes e iguales" y que "tienen poco futuro" nos sirve de espejo en el que vemos reflejadas nuestras propias miserias morales y las inercias de un sistema en el que para que unos ganen otros muchos tienen que quedar afuera. De esta manera, se van generando extraños, extranjeros, otros, los múltiples y diversos habitantes de la periferia que quedan en los márgenes y cuya debilidad es necesaria para sostener la omnipotencia de los que están en el centro. Una gramática en la que parece normalizado no conjugar los pronombres de la segunda y tercera persona.

Aunque pudiera dar la sensación de lo contrario, no es una novela pesimista. Al contrario, es una apuesta ética y política por otros métodos y otras palabras, que diría Virginia Woolf.

Belén Gopegui, para la que la literatura es una forma de acción política, nos llama la atención sobre las maneras injustas que tenemos de medir el mérito, de cómo todas y todos formamos parte de una espiral competitiva y absurda y de cómo, en consecuencia, la perseverancia o el talento apenas cotizan en el mercado de las oportunidades. Quédate este día y esta noche conmigo nos ofrece, también, una mirada comprometida sobre la ficción de igualdad en la que vivimos, sobre los perversos discursos que pretenden disfrazar la desigualdad de siempre, sobre la inmovilidad de unas estructuras que siguen al servicio de los poderosos.

Un terreno en el que, por ejemplo, el patriarcado sigue encontrando abono más que suficiente para mantener a las mujeres como subordiscriminadas, negando su trabajo, invisibilizando su presencia, callando su voz. Algo contra lo que Gopegui siempre lucha mostrándonos no a las víctimas sino a mujeres empoderadas, dueñas de su propio destino, no dependientes de protagonistas masculinos. Como la Olga de esta novela, una matemática que parece desafiar en todos los sentidos la estrechez del binomio masculino/femenino, y que justamente encuentra en la ciencia de los números "un lugar sin decepciones ni tormentos, un ámbito inteligible y purificado donde hombres y mujeres se comportarían también con la elegancia de las fórmulas exactas y bellas".

Quédate este día y esta noche conmigo es también una novela sobre el dolor, el que provoca la injusticia pero también el que genera el azar, y que bien podría ser el eje que acabe distinguiéndonos de las máquinas. El miedo y el placer como los dos extremos que nos van definiendo. Y entre medias el miedo, la domesticación, la libertad, ¿qué libertad?

La última novela de Belén Gopegui, aunque pudiera dar la sensación de lo contrario, no es una novela pesimista. Al contrario, es una apuesta ética y política por otros métodos y otras palabras, que diría Virginia Woolf. Es un libro que nos pregunta hacia dónde vamos y en el que también es posible hallar respuestas que escapan a las lecciones que otros nos dictan y que con demasiada frecuencia reproducimos en los formularios. Para Belén no hay duda de que "los seres humanos tienen esa capacidad de convertir casi cualquier modo de vida en un diamante único, faroles apagados que en el parque, al encenderse, modifican el estado de ánimo de un sueño". Y desde ese soroptimismo nos recuerda que "no hay otra fantasía más sagrada que vivir". El origen de todos los poemas, la trinchera desde la que resistirnos a la furia, la raíz última de la emancipación que o será de todas y de todos o no será.

Este post fue publicado originariamente en el blog del autor.

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