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'Carol': el precio de los cuerpos vividos

16/02/2016 07:01 CET | Actualizado 15/02/2017 11:12 CET

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Basada en la semiautobiográfica novela The price of the salt, que Patricia Highsmith publicó con el pseudónimo de Claire Morgan en 1952, Carol es sin duda una de las más bellas películas de 2015. Todd Haynes la ha rodado con la atmósfera y la narrativa propias de un melodrama de los años 50, al igual que ya hizo en su inolvidable Lejos del cielo (2002) y en la teleserie Mildred Pierce (2011). En estas dos producciones ya dio muestras de cómo sacar lo mejor del talento de grandes actrices como Julianne Moore y Kate Winslet, un milagro que vuelve a lograr con las dos que protagonizan esta película. En una evidente continuidad con la historia de "amores prohibidos" que contaba Lejos del cielo, Carol recrea la historia de amor de dos mujeres que, con distintos matices, se hallan prisioneras en un lugar que la sociedad ha creado para ellas. En este sentido, la historia con tintes autobiográficos que alumbró la Highsmith nos enfrenta a un contexto en el que buena parte de las mujeres viven encerradas en el mundo que los hombres diseñaron para ellas -el personaje de Carol bien podría ser también una de esas mujeres que sufrían "el mal que no tiene nombre" que tan bien explicó Betty Friedan-, mientras que otras -como le sucede a Therese- empiezan a saltarse las barreras que la sociedad patriarcal había marcado durante siglos.

Desde el primer encuentro de las dos protagonistas en los almacenes en los que trabaja Therese, la película consigue transmitirnos el hilo mágico del deseo que surge entre ellas, la pasión que las arrastra desde sus miradas, la necesidad que una y otra tienen de juntas romper de alguna manera con todo lo que les rodea. Ese salto, sobre todo para una mujer esposa y madre como es Carol, tiene su precio. Un coste elevado, insisto, en un mundo cuyas leyes están hechas a imagen y semejanza del varón. De ahí que tenga que luchar contra los instrumentos, por ejemplo jurídicos -fundamentalmente un Derecho de Familia que negaba a las mujeres la mayoría de edad- que el patriarca posee y domina para mantener el dominio sobre la mitad subordinada.

Carol no podría ser la joya que es sin las dos actrices con las que Haynes consigue que la partitura suene con intensidad pero sin estridencias, contundente pero sin excesos dramáticos.

Haynes consigue, gracias a todos los elementos que con precisión hacen de su película una obra de arte, transmitirnos el deseo, el dolor, la furia y la libertad que sienten Carol y Therese cuando deciden escuchar lo que dicen sus pieles y sus corazones. Todo ello en una sociedad, la norteamericana de los años 50, en el que las reglas morales continuaban siendo estrictas y en la que heteronormatividad y patriarcado formaban una alianza casi inexpugnable. De ahí la rotundidad de la discriminación interseccional que en esos momentos podían sufrir las mujeres por el hecho de serlo y por saltarse las barreras del pacto. Algo que por supuesto la autora de la novela conocía bien.

Carol no podría ser la joya que es sin las dos actrices con las que Haynes consigue que la partitura suene con intensidad pero sin estridencias, contundente pero sin excesos dramáticos, en la justa medida para mostrar al espectador como somos seres que deseamos y como las normas sociales no son otra cosa que límites que nos encierran en nombre del orden y del poder. Cate Blanchett, con su presencia más que elegante (a mitad de camino entre una Katherine Hepburn y una heroína rubia de Hitchcock), dota de carne y luz a una Carol que que alumbra el horizonte de Therese. La perfecta casada, madre y esposa, que no aguanta el corsé y que no puede seguir viviendo en la mentira que ella misma, tal vez por cobardía, ha alimentado. A su lado, una Rooney Mara que bien podría haber sido Audrey Hepburn, consigue hacernos más que creíble un personaje complejo, tremendamente contemporáneo, el de una mujer que lucha por llevar las riendas de su vida y por protagonizar un proyecto pensado por ella misma y para ella misma. Su aparente fragilidad es solo eso, apariencia. Ella es el tronco de la historia. Solo sus miradas merecen todos los premios del año.

Carol no es solo una bellísima historia sobre la fuerza del amor, sobre el precio de la valentía o sobre el coste que casi irremediablemente tiene saltarse las reglas. Es también una mirada sobre mujeres que se liberan del corsé que las ha convertido en objetos y en seres concebidos para vivir por y para los otros. Carol y Therese, amándose, se convierten en sujetos. Dueñas de su sexualidad y de sus deseos. Libres, como diría Marcela Lagarde, en sus "cuerpos vividos". Rebeldes frente a un heteropatriarcado que ha sido y es un régimen político. Todo lo contrario por tanto al amor romántico que en estas fechas el mercado nos vuelve a vender como paradigma de la felicidad.

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