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Cómo ser mujer y no morir en el intento (en el cine español)

03/02/2017 07:20 CET | Actualizado 03/02/2017 07:20 CET

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Foto: EFE

En la rueda de prensa concedida hace una semana con motivo del Goya de Honor que recibirá el próximo sábado, Ana Belén reclamaba conseguir en la pantalla papeles tan complejos y llenos de aristas como los que suelen darle a sus compañeros varones. Algo de lo que no suelen disfrutar las actrices en general y no digamos las que sobrepasan la edad que marca el mercado como frontera. Un lastre que, como comprobamos cada año, no sufren los actores, siempre con oportunidad de interpretar tipos duros, sujetos enrevesados y hasta galanes sin que importen las arrugas, el pelo cano o incluso la falta de pelo. De hecho, son numerosos los actores que justo despliegan sus mayores talentos cuando llegan una cierta madurez en la que para ellos no cuenta, o al menos no es tan determinante, el poderío físico.

De esta manera, la Fortunata televisiva y la Desideria que nunca hubiera imaginado Antonio Gala, volvía a poner el dedo en una de las llagas que siguen haciendo del cine, y muy especialmente del español, un constructor de relatos androcéntricos en los que el protagonismo corresponde al sujeto hegemónico masculino. En este sentido, cuando colectivos como CIMA (Asociación de Mujeres cineastas y de medios audiovisuales) o AMMA (Asociación Andaluz de mujeres de los medios audiovisuales) reivindican una mayor presencia de las mujeres en nuestro cine, no están planteando una cuestión meramente cuantitativa, que también, sino sobre todo están llamando la atención sobre la necesidad de contar con las miradas de la mitad femenina y de, por tanto, ofrecer otros relatos mediante los cuales podamos explicar la realidad en la que vivimos.

No es necesario volver a reiterar aquí los datos que año tras año nos siguen demostrando la discriminación, tanto horizontal como vertical, que sufren las mujeres en los medios audiovisuales. El repaso de las candidaturas a los Goya de este año vuelve a confirmarnos la evidencia. Pese a que nos llevamos la sorpresa de que las cinco cintas candidatas al galardón tienen una mujer en la producción, y de que tres mujeres y un hombre compiten por el Goya a la mejor dirección de producción, la presencia femenina continúa siendo escasa en las categorías más importantes. Solo destacan dos nombres: Nely Reguera, candidata a la mejor dirección novel por María (y los demás), e Isabel Peña, que compite por el guión original de Que dios nos perdone. Por supuesto, hay muchos nombres femeninos en diseño de vestuario, maquillaje y peluquería, frente a la omnipresencia masculina en dirección, fotografía, montaje, dirección artística, sonido o efectos especiales. Además, tanto las películas de habla hispana como las europeas nominadas en los apartados correspondientes han sido todas dirigidas por hombres.

Me inquieta la poca atención que han merecido, salvo en los apartados interpretativos, propuestas tan radicalmente distintas como El olivo, de Iciar Bollaín, o la emocionante La puerta abierta, de Marina Seresesky.

Pero, insisto, no se trata solo de una cuestión de porcentajes, que ya por sí solos nos deberían hacer sospechar -el feminismo como "filosofía de la sospecha", Amelia Valcárcel dixit- de un ámbito creativo en el que una mitad aparece tan subrepresentada con respecto a la otra. Se trata de una cuestión ligada a qué tipo de imaginario estamos creando como sociedad, a qué patrones ofrecemos como referente en las pantallas y, por tanto, de qué manera desde un ámbito cultural tan potente cómo el cine estamos consolidando estructuras de poder o bien revolucionándolas. En este ámbito, como en cualquier otro espacio público o profesional, es muy importante que podamos ver mujeres y hombres ocupando responsabilidades en condiciones de igualdad, entre otras cosas para que las chicas y los chicos de este país vayan construyendo en su cabeza la imagen de una mujer directora, o autora de una banda sonora o responsable de la fotografía o montaje de una película. No se puede ser ni desear ser aquello que no se ve, por lo que es educativamente muy importante que veamos mujeres ocupando posiciones que históricamente solo hemos ocupado nosotros.

Pero es que, además, necesitamos que se nos cuenten otras historias, que pongan el foco en otros ángulos, que nos ofrezcan otros protagonismos, que superen, entre otras cosas, el dominio casi absoluto de un relato cinematográfico dominado por el heroísmo masculino y la accesoriedad femenina. Un superficial repaso a las historias que nos cuentan las películas que compiten a la mejor producción de este año en los Goya bastaría para confirmar cómo el cine español continúa dominado por una muy delimitada construcción de las subjetividades masculina y femenina y de las relaciones entre ambas. Como ya expliqué hace unos meses al conocer las nominaciones, "dirigidas lógicamente por hombres, las cinco finalistas nos servirían para montar una clase perfecta sobre el modelo dominante de virilidad y, en paralelo, sobre la subordinación femenina.

En cuatro de ellas, los protagonistas absolutos son hombres y las mujeres apenas son personajes mínimos que poco o casi nada añaden al relato principal. No olvidemos que en la que ellas son protagonistas absolutas, Almodóvar vuelve a ofrecernos un retrato de mujeres dominadas por las pasiones y que viven en función o como consecuencia de lo que para ellas marcan los hombres, aunque como sucede en Julieta, su aparición en pantalla sean tan limitada. La ausencia masculina es en el cine del manchego expresión de la supremacía privilegiada de ellos como factor determinante de la presencia subordinada de ellas. Es evidente que el director de Hable con ella no ha leído a Marcela Lagarde.

Frente al éxito de la ira, de los hombres de mil caras, de los monstruos que redimen niños a los que se les mueren las madres o de los chicos salvajes que finalmente son perdonados por Dios, me inquieta la poca atención que han merecido, salvo en los apartados interpretativos, propuestas tan radicalmente distintas como El olivo, de Iciar Bollaín, o la emocionante La puerta abierta, de Marina Seresesky. Basta mirar con atención estas dos obras para entender a qué me refiero cuando hablo de otra mirada o de qué habla Ana Belén cuando reclama personajes tan ricos como los que suelen darles a los varones. Espero, pues, que la que siempre fue valiente mujer de la calle del Oso, y que va a recibir una distinción que desde 1986 solo han recibido cinco mujeres, reivindique el próximo sábado un cine español con miradas más plurales y con historias que muestren que, efectivamente, ellas no son solo La mitad de cielo, como nos recordó Manuel Gutiérrez Aragón, sino que también lo son de la Tierra. Y que por tanto la Humanidad no será inteligible mientras que ellas no sean sujetas activas de los relatos y protagonistas autónomas de sus vidas. Es decir, mientras que continúen condenadas a acabar como "vacas sin cencerro" por culpa de los hombres o tengan que morir en el intento de ser mujeres.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor