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El coraje y la ternura de Grande-Marlaska

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No es muy habitual, al menos en nuestro país, que los hombres hagamos pública confesión de nuestras debilidades, de nuestras luchas internas y de esos procesos que nos llevan finalmente a algunos a perder el miedo a mirarnos en el espejo. Sí son frecuentes, por el contrario, los relatos de nuestras empresas públicas, de nuestros éxitos, de los coqueteos con el poder y de las aventuras que nos dan legitimidad fundamentalmente entre nuestra fratría de iguales.

Por eso me ha sorprendido tanto el libro que acaba de publicar Fernando Grande-Marlaska y que he terminado casi con lágrimas en los ojos. Algo que ya me advirtió su querida amiga Rosa Montero, después de mostrarme cómo también ella lleva tatuado el verso de Raúl Zurita que el juez ha elegido como título.

Desde que fuera Rosa Montero la que hizo posible que Grande-Marlaska se desnudara en las páginas de El País Semanal, hace ya diez años, he seguido el rastro de un hombre con el que en tantas cosas me he sentido identificado. Y no lo he hecho siguiendo la estela del juez estrella, de la que él tanto reniega, sino más bien tratando de entender lo que realmente querían decirme tanto sus palabras como sus silencios. En un país tan dado a clasificar al personal en función de sellos políticos o con etiquetas en las que no caben los matices, el magistrado de la Audiencia Nacional siempre me ha parecido que representa justo lo contrario.

Es decir, un hombre libre y, por tanto, complejo, lleno de aristas, que escapa a los prejuicios, y con esa mezcla, tan inusual en los varones, que deriva de sumar coraje y ternura. Todo ello no quiere decir que estemos ante un individuo sin convicciones. Tal y como deja bien claro en Ni pena ni miedo, estamos ante un ciudadano lúcido y comprometido, la antítesis de los idiotas en el sentido griego del término, y que no tiene reparos en hacer bandera de todo aquello en lo que cree. Incluidas sus inseguridades, sus contradicciones y sus asignaturas pendientes.

Yo espero que mi admirado Fernando continué recorriendo el camino que le haga salir del más pesado de los armarios, ese que solemos cerrar con las llaves de las expectativas de género.

Con un "lema de resistencia" como título, Grande-Marlaska nos regala una singular mezcla de confesiones, ensayo y hasta relato de lo que para él significa estar en el mundo. Algunos de los capítulos, como en el que por ejemplo hace una defensa ilustrada de la laicidad o como en el que se nos muestra como feminista aunque no se atreva a definirse como tal, no dudaría en usarlos como material de reflexión para mi alumnado de Derecho. Todos, sin excepción, comenzando por el que describe su militancia contra la fobia a la diversidad y terminando por aquellos en los que analiza la corrupción o la Administración de Justicia en España, podrían formar parte de un manual de Educación para la Ciudadanía.

Yo, sin embargo, me quedo con aquellos en los que, traicionando los mandatos de la virilidad heroica, nos pone en la piel del homosexual con miedo a nombrarse, en la del hijo que sufre cuando no es entendido, en la del enamorado que encuentra un refugio cálido en una piel de hombre de la que carecen sus amados libros, en la del padre que sin serlo cuida de sus perros adoptados. En esas páginas reside lo mejor de un libro al que, en general, le sobra contención y quizás le falte más desgarro, más carne y más hondura. Todo lo que sí aparece en la parte final cuando relata la pérdida de su madre y así parece cerrar el círculo que nos explica buena parte de sus miradas tristes.

Hubiera preferido un libro con menos prosa y más lírica, menos estructurado como si fuera un pliego personal de descargos y más hilvanado con el desorden y el vértigo propios de las emociones. Quizá, y aunque pueda parecer paradójico en un tipo como él, el juez ha obedecido en exceso, supongo que sin ser consciente, a las máscaras viriles y no ha llegado a creerse del todo que la razón unilateral masculina produce monstruos.

Grande-Marlaska escribe al final del libro que espera vivir todo aquello a lo que por determinadas circunstancias llegó tarde. Yo espero que, sin pena y sin más miedo que el insalvable en cualquier ser frágil, como puede serlo él o como sin duda lo soy yo, continué recorriendo el camino que le haga salir del más pesado de los armarios, ese que solemos cerrar con las llaves de las expectativas de género. Solo así será posible, admirado Fernando, estrujar la vida y dejarse estrujar por ella.

Este post se publicó originalmente en el blog del autor.