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El gusto es nuestro

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2016-06-20-1466440611-3130503-Capturadepantalla20160620alas18.36.16.jpgEn este país, en el que con tanta frecuencia tenemos una corta memoria y en el que somos incapaces de reconocer con generosidad el triunfo ajeno, se producen a veces milagros que demuestran que las cosas, cuando se hacen de verdad, traspasan tiempos y corazones. Los tres caballeros y la dama que el sábado volvieron a llenar el antiguo Palacio de Deportes de Madrid son el mejor ejemplo de cómo esos milagros existen y de cómo la música es el arte con más capacidad para hilvanar la memoria individual con la colectiva. Ana Belén, Víctor Manuel, Serrat y Miguel Ríos llevan décadas, para regocijo de muchos y envidia de unos cuantos, poniéndole voz a las emociones, a los pesares, a lo sueños y a los amores de quienes los consideramos parte de nuestras vidas. Con un esfuerzo más que demostrado y con una honestidad que solo se atreven a discutir los envidiosos, han ido tejiendo en varias generaciones un relato para la libertad. De ahí que no debiera sorprendernos que a estas alturas, cuando ya sobrepasan la edad de la jubilación, sean capaces de levantar los ánimos de miles de personas y de crear una magia que solo está al alcance de los más grandes.

En estos días, 20 años después, se han vuelto a reunir como lo hacen los colegas de siempre, para disfrute de ellos pero, sobre todo, de los que tengan la suerte de participar en la fiesta. En unos momentos de tantos miedos e inseguridades, de crisis varias, la celebración de estos cuatro es como una medicina que nos invita a traspasar el zaguán de sus estribillos y a volver a hacernos cómplices de los versos que nunca nos han abandonado.

El pasado sábado en Madrid, mi corazón tricolor y mis ojos de niño inquieto volvieron a latir a velocidades inauditas.

Todos los que tuvimos la suerte de sorprender una vez más que la piel se nos ponía de gallina con el Asturias del republicano/egabrense Pedro Garfias, con los locos bajitos de Serrat, con el compromiso político-rockero de Mike Ríos o con la sensualidad que solo puede permitirse una señora de rojo como Ana Belén, nos sentimos parte privilegiada de este país que es capaz de lo peor pero también de lo mejor. Que, pese a todo, continúa alimentando arte y belleza, compromiso y sensibilidad, buen hacer y alegría. Hartos como estamos de políticos que ya no nos seducen, y agobiados en un mundo de fronteras y náufragos, escuchar a estos tres mosqueteros y a la reina republicana de España es como hallar un pasadizo secreto hacia la utopía. Liados todos por un nudo de dos lazos que es capaz de transmitirnos, sin ahogar, el calor necesario para que sintamos que hoy, también hoy, puede ser un gran día.

El pasado sábado en Madrid, mi corazón tricolor y mis ojos de niño inquieto volvieron a latir a velocidades inauditas. Mi vida, una vida entera, que es también la de mi compañero, o la de mis tíos que nos acompañaban, estaba en el escenario. Contaminada por poetas exiliados y puertas que se abren a los aires de libertad, derroche de palabras de amor y blues de carretera. Como si el hombre del piano hubiera tocado y llorado solo para mí y así hubiera recuperado al fin las agallas perdidas del pez de ciudad que fui.

El pasado sábado el gusto fue de ellos pero sobre todo mío y nuestro. Porque la fiesta fue como un ritual cívico para la libertad. Y para la alegría. Una manera festiva de lanzarnos una vez más a la insurrección. Desobedeciendo el mandato de Sabina, volvimos al lugar donde siempre fuimos felices, a un Macondo de corazones tendidos al sol. Y allí volvimos a certificar que solo se vive de verdad cuando somos capaces de dejar escapar el corazón del pecho para que te aterrice en el del vecino. En ese vuelo, yo, adolescente de más de 40, volví a soñar que Ana me susurraba al oído "dime que me quieres", mientras que juntos seguíamos tejiendo la camisa blanca de mi niñez.