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La La La Trump Land

18/01/2017 07:18 CET | Actualizado 18/01/2017 07:18 CET

2017-01-17-1484665496-1339906-baile.jpgEn estos tiempos de inseguridades, miedos y desigualdades crecientes, no debería extrañarnos que los espectadores busquen en las pantallas relatos capaces de ofrecerles bien una ilusión de comodidad y resguardo o, en su caso, una ensoñación que les permita escapar por un par de horas de su cruda realidad. Ante las dificultades de imaginar un futuro en el que las promesas de felicidad y bienestar superen las evidencias frustrantes del presente (el mito del progreso ha muerto), parece lógico que triunfen las miradas hacia el pasado, las relecturas de lo que un día nos dio placer, la memoria de un tiempo en el que pareciera que todos éramos inocentes y que nos quedaba el universo por descubrir.

Por todo ello, no me ha sorprendido que una película como La la la Land se haya convertido en todo un fenómeno. Porque justamente lo que nos vende es esa ilusión, por otro lado tan propia de ese sentido ultimo de barraca de feria que también tiene el cine, de arrastrarnos por un cuento de música y colores en el que todo parece amortiguado para que apenas notemos el dolor que supone siempre decidir y lo duro que es asumir que la vida no siempre se pone del lado de nuestros deseos. Es por tanto la mejor película para traducir el estado de ánimo colectivo de la era Trump, en la que el neoliberalismo parece estar perdiendo parte de sus estrategias seductoras y está derivando en formas fascistoides y autoritarias, esas que durante un tiempo al menos ha procurado esconder bajo el antifaz de la libertad. Mientras tanto, las izquierdas andan desnortadas, incapaces de mirar el sur y sin encontrar voces y narrativas ilusionantes, bailando y cantando alrededor de sus ombligos.

La la la Land, a la que poco se le puede reprochar desde el punto de vista formal (salvo quizás un exceso de metraje que hace que su ritmo decaiga en la última media hora) , tiene la dulzura benevolente de un sucedáneo, el azúcar perdonable del chocolate con leche, las buenas intenciones del alumno o alumna aplicada que ha ensayado mil veces para que su número brille en la fiesta fin de curso. Eso sí, carece del aliento propio de aquellas obras cinematográficas que se instalan en la retina para siempre, como le falta a Emma Stone la gracia etérea de una Cyd Charisee o al insulso Ryan Gosling el dinamismo de Gene Kelly en sus mejores tiempos.

Es curioso cómo en una de las escenas presuntamente más emocionantes de la película, Mia (Emma Stone) canta a los insensatos, a los intrépidos, a los valientes a los que se arriesgan, es decir, justo a todo aquello de lo que no pueden presumir los artífices de esta película que parece haber convencido tanto a público como a crítica. De hecho, es sorprendente ver estos días por las redes sociales cómo uno y otra usan un mismo lenguaje para describir el impacto que les ha provocado la cinta, todas y todos embriagados por el lirismo y sintiéndose parte de "the fools who dream". A mí, sin embargo, que ya tengo bien asumido que siempre he sido un bicho raro, la propuesta del director de la sugerente Whiplash me ha parecido más cercana a un anuncio alargado de champán que a un clásico del musical norteamericano. De hecho, pienso que no estaría mal reciclarlo la próxima Navidad como anuncio de esa lotería que siempre nos recuerda la suerte que tenemos con estar sanos y salvos. Aunque sigamos siendo parte de esa inmensa mayoría que no es millonaria y aún cuando arrastremos el peso de las decisiones equivocadas que un día tomamos. El mercado, en todo caso, nos habrá dicho que somos libres para soñar lo que debemos soñar.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor

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