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Mujeres en campaña

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Foto: EFE

Anoche, cuatro hombres, cuatro, debatieron en El Objetivo de Ana Pastor, en La Sexta, de economía: el eje de la política que acaba condicionando nuestras vidas, las de todas y las de todos, y que en los últimos años ha demostrado que tiene la virtualidad, cuando está en manos de los señores neoliberales, de hacer más vulnerables a las mujeres. Al parecer, ni una sola mujer hay en los partidos mayoritarios capaz de estar a la altura de quienes continúan usurpando la universalidad. Nada parece que pueda aportar de interesante, por ejemplo, todo lo mucho y bueno que desde hace años se está trabajando desde las teorías ecofeministas.

Esta noche, de nuevo asistiremos, entre aburridos e indignados -no sé si queda alguno que ilusionado- a un debate en el que de nuevo ellos serán los protagonistas. Los varones que pretenden liderar nuestro futuro volverán a demostrarnos que lo público es cosa de echarle huevos (ay, Bigas Luna qué estás en los cielos). Todo ello en una tarde en la que se unirán los dos espacios que todavía son privilegiados refugios de la virilidad dominante, y en los que las mujeres solo parecen tener cabida como personajes secundarios. Jornada de testosterona en lo cultural y en lo político. 12 hombres contra 12 en el terreno de juego: el fútbol como espacio socializador de las fratrías masculinas. Y más tarde, para que a nadie le quepa alguna duda, 4 hombres 4, batiéndose a duelo. La vieja política disfrazada con piel de cordero. Axilas sudadas, corbatas impuestas, y tú más.

Ellas, las chicas, quedarán, como es habitual, en las afueras. Las hemos visto debatir en un espacio creado para ellas, como si la política también pudiera declinarse en femenino al estilo de las revistas en las que esplendorosas suelen ser portada. Como en la educación segregada por sexos, esa que legitimó el Gobierno de Rajoy: los chicos con los chicos, las chicas con las chicas. Para que nadie piense que el terreno de los primeros, el de los pactos juramentados que diría Celia Amorós, debe ser compartido con las que siguen ejerciendo una ciudadanía devaluada. La que las hace formalmente iguales pero que sigue excluyéndolas del poder o que, en el mejor de los casos, cuando acceden a él, las priva de autoridad.

Todas y todos quienes tenemos convicciones feministas, y además entendemos que el feminismo no es solo un proyecto ético sino también una forma de vida, lo tenemos ciertamente complicado ante el 26J.

No obstante, el debate de chicas del pasado jueves fue también decepcionante. Y no solo porque en gran medida se limitaron a reproducir los métodos y las palabras de los líderes masculinos, sino porque el feminismo estuvo ausente y fue lamentable, por ejemplo, cómo se liquidaron en apenas un minuto la respuesta al drama de la violencia de género. Es decir, cómo plantearon -o, para ser más preciso, silenciaron- las propuestas políticas de cada partido ante la desigualdad que genera múltiples violencias contra las mujeres. Empezando por la estructural y simbólica a la que tanto contribuye, por ejemplo, a seguir manteniendo que las mujeres solo pueden hablar entre ellas y de sus asuntos. Como si continuaran siendo una de esas "identidades facciosas" que Rousseau consideraba incapaces de elevarse al interés general.

Las mujeres llevan siglos siendo las grandes traicionadas por las revoluciones a las que ellas aportaron también su tesón, su inteligencia y su energía cívica. Por lo tanto, no nos debería extrañar, aunque sí indignar, que vuelvan a serlo en lo que se nos vende como una supuesta revolución por algunas fuerzas que parecen empeñadas en demostrarnos que, en cuestión de género, la nueva política continúa siendo vieja. En este sentido, no es un consuelo argumentar que los EEUU, una de las democracias más longevas y consolidadas del mundo, ha tardado siglos en contar con una mujer candidata a la Presidencia. Si lo dejáramos todo en manos de los ritmos que marca el paso del tiempo, es bien evidente que, en cuestión de igualdad y derechos humanos, la evolución no es siempre progresiva y los números demuestran que, sin acciones políticas auténticamente transformadoras, pasarían siglos hasta que llegáramos a un modelo de democracia paritaria.

A todos nuestros políticos, y por supuesto, también a buena parte de las políticas que acaban en muchos casos siendo más deudoras de las hipotecas partidistas que de las convicciones feministas, deberíamos recordarles que hace ya años, en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos y, con más precisión aún, en el Derecho Comunitario, se consolidó una herramienta mediante la que se pretendía que la igualdad de género fuera siempre y en todo caso una corriente principal en todas las políticas públicas.

El denominado mainstreaming de género, y que aquí hemos mal traducido como transversalidad, podría haber sido un instrumento ciertamente revolucionario si en la mayoría de los casos no se hubiese limitado a ser una estrategia meramente formal o retórica. Tal y como parece ser en los proyectos que concurren a las elecciones, en las políticas económicas que sesudos líderes debaten como si fueran gladiadores. O en la misma escenificación, tan importante en una sociedad mediática como la nuestra, mediante la que se deja bien claro quiénes tienen la última palabra y quiénes son finalmente apenas un coro. Un relleno en la foto, un pretexto para un programa que no será líder de audiencia o, incluso, la portada perfecta para un semanario en el que se habla de las nuevas políticas como si fueran candidatas al concurso de Miss Universo.

Todas y todos quienes tenemos convicciones feministas, y además entendemos que el feminismo no es solo un proyecto ético sino también una forma de vida, lo tenemos ciertamente complicado ante un 26J en el que las mujeres parecen seguir siendo parte de eso que Virginia Woolf llamó "sociedad de las de afuera". Un contexto en el que no parece ser evidente para la mayoría que mientras que las habitaciones públicas continúen siendo casi monopolio exclusivo de la mitad masculina, la lucha emancipadora que representa el feminismo debería ser el eje central de todos aquellos partidos que dicen creer en la igualdad de derechos y la justicia social. Un horizonte que continúa siendo prácticamente invisible incluso en los partidos que usan el violeta como marca y el masculino universal como lenguaje excluyente.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor

 

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