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El mundo nos observa: el conflicto catalán visto desde el exterior

22/09/2017 22:07 CEST | Actualizado 22/09/2017 22:07 CEST
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Hace unos días el gobierno español llamaba a sus embajadores a intensificar su labor de comunicación, explicando a los medios de los países en los que se hallan destinados su posición y actuaciones en el conflicto catalán. Es un reconocimiento implícito de que se ha descuidado la imagen del Estado español en el exterior, dando por hecho hasta ahora que el apoyo internacional a la posición del gobierno es automático e inequívoco.

Se suele hacer referencia al fracaso del sector independentista en su búsqueda de apoyo internacional a pesar de haber destinado grandes esfuerzos y recursos a ello, pero es legítimo preguntarse en este momento si el gobierno español cuenta con este mismo apoyo. Un repaso a los titulares e imágenes de algunas cabeceras internacionales que abordan el tema catalán en las últimas semanas y, especialmente los últimos días, refleja o bien una posición neutral, aportando datos y ofreciendo voces distintas; o bien cierta inclinación a favor del lado independentista o, más precisamente, del derecho a decidir. Ello lleva a concluir que el gobierno español no ha sido capaz de comunicar su posición de manera convincente a la comunidad internacional.

"A medida que se acerca el referéndum de Catalunya, Madrid hace escalar las tensiones", escribía The New York Times el pasado día 20 de septiembre, responsabilizando, a primera vista, al gobierno español de la crítica situación que vive nuestro país. El francés Le Monde ilustraba uno de sus artículos sobre la tensa situación entre Barcelona y Madrid con una foto de una bota negra de un miembro de las fuerzas de seguridad pisando una rosa roja. El conservador Le Figaro informaba de las manifestaciones con motivo de la detención de varios altos cargos de la Generalitat con un vídeo en el que se escuchan íntegras las declaraciones del presidente Puigdemont en respuesta a las detenciones, pero ninguna voz del gobierno español.

De la misma manera, The Guardian optaba por dar voz a Puigdemont en su titular, "El líder catalán acusa a España de violar derechos en la bronca sobre el referéndum"; y The Independent titulaba uno de sus análisis "La escala de la represión con relación a Catalunya expone la crisis en la que está sumida el Estado español".

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El rotativo progresista sueco Dagens Nyheter (por utilizar un ejemplo menos habitual) lanzaba el titular "El estado de excepción rige en Catalunya" en referencia a las detenciones y pesquisas de la Guardia Civil; y el conservador Svenska Dagbladet hablaba, ya antes de las detenciones, de "un ambiente cada vez más deteriorado en España".

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Las imágenes de miles de catalanes tomando las calles para reivindicar el derecho a decidir y, más recientemente, para protestar contra las detenciones de altos cargos de la Generalitat generan automáticamente mayor simpatía en una ciudadanía global acostumbrada en las últimas décadas a ver movimientos sociales levantándose contra las instituciones del Estado por considerarlas injustas y corruptas – desde las primaveras árabes hasta los indignados europeos. Tienen más atractivo que las de la Guardia Civil llevándose papeletas y material electoral de locales y oficinas; imágenes que, inevitablemente, evocan en muchos observadores extranjeros el tópico de la dictadura y la represión franquista.

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Por parte de los líderes mundiales, las expresiones de apoyo explícito a Madrid han sido cuando menos tibias. Suelen escudarse en el argumento de que se trata de un asunto interno de España sobre el que prefieren no pronunciarse. Algunos, cuando lo han hecho más recientemente, como el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, lo han hecho de forma un tanto ambigua (descuidada, dirán algunos), viéndose obligados a 'rectificar' posteriormente ante la airada reacción del gobierno español.

A diferencia del gobierno central, los separatistas, a pesar de las críticas que reciben al escaso fruto de sus esfuerzos diplomáticos, entendieron desde un principio la importancia de patrocinar su causa en el exterior. Han sabido aprovechar cada oportunidad que se les ha brindado para exponer su ideario en foros internacionales y exhibir en la calle una imaginería sencilla y potente, con eslóganes y consignas traducidos al inglés, fácilmente entendibles por los lectores y telespectadores que les observan desde todo el mundo. Más allá de la causa independentista, las autoridades catalanas llevan décadas promoviendo internacionalmente y con éxito su región y especialmente su capital. Muchas personas fuera de nuestro país han viajado a Barcelona y, cuando no, la identifican con una ciudad global, moderna y cosmopolita.

Del otro lado, Madrid, el gobierno central, llega tarde a la batalla mediática global y, de momento, no ha logrado granjearse la simpatía de la opinión pública internacional. Desde luego, es mucho más difícil explicar en el exterior por qué, en el seno de un Estado democrático, no es posible encontrar una vía negociada y legal a la voluntad de decidir de un sector considerable de la población. Y más difícil aún explicar por qué es necesaria la fuerza para impedir un acto a priori pacífico – o simbólico, como definen el referéndum numerosos corresponsales extranjeros. Para los observadores internacionales parece no ser suficiente con apelar a la Ley y la Constitución vigente.

Algunos pensamos que para revertir esta situación el gobierno debe demostrar al mundo su altura política, dialogando con todas las consecuencias y en las condiciones más adversas para dar salida a lo que ya se percibe fuera, no sólo como la crisis más grave de la democracia española, sino como una crisis inédita en Europa. Ojalá el gobierno sepa aprovechar esta oportunidad. El mundo nos observa. De momento, discursos diplomáticos recientes, como el del Ministro de Asuntos Exteriores en la sede de Naciones Unidas el pasado día 21, en los que se alude a las prácticas represoras contra la disidencia en otros países, pero no se aprovecha para explicar el problema interno que vive España, no invitan al optimismo.