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La cara B del turismo

08/05/2017 07:26 CEST | Actualizado 08/05/2017 07:26 CEST
EFE

2017 será el año en el que se batirán todos los récords de turistas en España. Un crecimiento del 10% en lo que llevamos de año hace prever al Gobierno que cerraremos el año con 83 millones de visitantes. Unas cifras espectaculares que, sin embargo, tienen su cara B.

Según la última encuesta de servicios municipales del Ajuntament de Barcelona, el turismo es ya la segunda preocupación para los barceloneses, solo superada por el paro. En Palma, el Ayuntamiento ha tratado de prohibir las viviendas turísticas. En las ciudades españolas que más turistas reciben, surgen movimientos sociales preocupados por el turismo.

Para saber cuáles son las causas de este nueva preocupación deberíamos intentar contestar las preguntas de cuánta riqueza genera el turismo, y sobre todo, a quién llega. Pese a las apariencias, cuando alguien vende un producto por debajo de su coste, no sólo está lejos de generar riqueza, sino que más bien se está arruinando. Al menos es lo que defiende el economista Miquel Puig cuando afirma que el precio del monocultivo turístico en Baleares ha sido pasar de ser la comunidad autónoma en primera posición en PIB per cápita al séptimo lugar.

Gran parte del dinero generado por el turismo no se reinvierte en las zonas turísticas. Los grandes grupos hoteleros españoles han financiado su expansión internacional con los beneficios de su actividad en España. El empleo en los hoteles ha sufrido una gran precarización, especialmente desde las reformas laborales de 2010 y 2012. Se han degradado las condiciones contractuales y se ha producido una pérdida de salario en el sector. Trabajar en el turismo no garantiza salarios por encima del umbral de pobreza.

Al mismo tiempo, Ernest Cañada, en sus trabajos, ha señalado con suma precisión cómo se ha producido una intensificación desmesurada de las cargas de trabajo, un mayor deterioro en la salud de las trabajadoras, la desprofesionalización del sector y la pérdida de derechos laborales fundamentales, como el de la sindicación. La situación provocada por la externalización a empresas multiservicios de trabajos que son fundamentales en la actividad hotelera es tan grave, que incluso el presidente de AC Hoteles Antonio Catalán tildó la condición de las camareras de piso como "explotación laboral".

La cara B del turismo es la cara A de las nuevas élites emergentes que pretenden redirigir y reconstruir nuestras ciudades para ponerlas a su único y exclusivo servicio.

Más allá del empleo, en las ciudades se observa una competencia entre residentes y turistas por el espacio urbano. En esta competencia, los vecinos y vecinas tienen las de perder frente a modelos que valoran la ciudad por su capacidad de ofrecer rentabilidades a sus inversiones. La turistificación de la ciudad provoca la expulsión de los vecinos de los barrios tradicionales para crear espacios de negocio turístico similares a los parques temáticos. El modelo de comercio tradicional –productos frescos, ropa, menaje de hogar, etc.- es sustituido por otro tipo de comercio orientado a la población flotante turística –comida elaborada, alcohol, ropa de diseño, souvenirs, etc-.

Más grave aún son los efectos de esta competencia entre residentes y turistas en un mismo mercado inmobiliario del alquiler. El alquiler ha subido en porcentajes no vistos desde la última burbuja inmobiliaria. Empresas del ámbito digital, como Airbnb, que actúan al margen de la legalidad autonómica y municipal, propician que cada vez más viviendas salgan del alquiler ordinario para ir al alquiler turístico hasta 4 veces más rentable.

La suma de la economía colaborativa y un marco desregulado por directivas de la UE, como la conocida Directiva Bolkenstein, y tratados comerciales como CETA o el TTIP han restado a los poderes públicos la capacidad de gobernar democráticamente los espacios urbanos. Además, la existencia de paraísos fiscales dentro y fuera de la UE permite que, gracias a la ingeniería fiscal, estas empresas apenas paguen impuestos por las comisiones que cobran.

Nuestras ciudades en manos de inversores y nuestras costas en la de grandes grupos hoteleros hacen del turismo un negocio básicamente extractivo, donde la mayoría sufre los costes y muy pocos sacan beneficios. La producción en la metrópolis tiende, como diría el maestro David Harvey, a desposeernos. Una nueva acumulación por desposesión que busca expulsar a los vecinos y vecinas de nuestros barrios y pueblos. Una expulsión de los que han construido, vivido y dado vida a nuestras ciudades para, más adelante, sumergirnos en una espiral de lógica rentista que concentra de forma desproporcionada la riqueza en unas pocas manos y destruye nuestras comunidades humanas, arquitectónicas y urbanas. Es decir, nuestra forma de vida.

La economía digital se está aprovechando de la desregulación neoliberal en favor de las multinacionales y de la ausencia de un ejercicio real de soberanía democrática. Es la punta de lanza de un nuevo modelo postcapitalista que vive más de la renta que de la producción propia de valor. La cara B del turismo es la cara A de las nuevas élites emergentes que pretenden redirigir y reconstruir nuestras ciudades para ponerlas a su único y exclusivo servicio.

Recuperar nuestras ciudades para ponerlas al servicio de las mayorías sociales será uno de los principales retos, tanto a nivel económico como político de los tiempos por venir. Nuestros entornos, edificios, pueblos, barrios, plazas, parques...constituyen la columna vertebral de nuestra forma de relacionarnos, de encontrarnos, de producir, de reproducir y de vivir.

Disputar y ganar la partida al turismo masificado irá de la mano de disputar y ganar nuestras propias vidas. Ciudades que no dejen a nadie atrás y construyan, produzcan y generen el entorno para que podamos redistribuir la riqueza social generada por todos, permitiéndonos así avanzar hacia un horizonte común en el que poder desplegar nuestros propios proyectos de vida. Con certezas, con garantías y con la seguridad de que nadie amenazará el hogar y el lugar en el que hemos crecido, disfrutado y del que deseamos seguir formando parte.