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Barcelona, mon amour

18/08/2017 11:07 CEST | Actualizado 18/08/2017 14:16 CEST

EFE
Un lazo negro cuelga de uno de los kioskos de las Ramblas de Barcelona tras el atentado ocurrido ayer por la tarde

Hace muchos años, en Las Ramblas me sentí por primera vez eso que ahora suena un tanto manido pero que no deja de tener su sentido en los complicados y peligrosos tiempos que corren. Me sentí ciudadano del mundo. Aún puedo percibir aquella sensación. Las mujeres vendiendo flores, los viajeros haciendo fotos, los globos de los niños elevándose hacia lo alto, los lectores descubriendo las primeras noticias del día en los periódicos, los mimos subidos en sus pequeños escenarios construidos con cajas resistentes. La gente, de aquí y de allá, que, a media mañana, caminábamos a nuestro aire.

Era un día de verano, y corría una ligera y agradable brisa. El olor del mar y el emblemático teatro Poliorama. Pensé en la libertad. Pensé en ella porque era la sensación más poderosa que, en aquella lejana juventud, se hacía hueco en mi cuerpo. Las Ramblas: con toda su leyenda, con toda su literatura, con toda su cinematografía. Por allí, cuando la memoria es tan exacta en la mente del cinéfilo, podía ver a Victoria Abril y a Antonio Banderas (como dos fantasmas) en la escena final de Si te dicen que caí, la adaptación cinematográfica de la genial novela de Juan Marsé a cargo de Vicente Aranda. También podía ver al propio escritor, rememorando un paseo que alguien había grabado para un programa de televisión (cuando las televisiones se encargaban de entrevistar a gente tan importante como Marsé). También pude ver a Ocaña, transgresor en tiempos grises y delicados, enseñando las piernas o el sexo ante la mirada de aquellos transeúntes tan diferentes a los que ahora paseamos por allí. Las piernas y el sexo desnudo de Ocaña se convierten hoy, tantos años después, en un auténtico gesto de libertad. Casi en un grito (modernísimo) contra el fanatismo. (Algún día, por cierto, se reconocerá verdaderamente la labor de Ventura Pons: su aportación a la cultura catalana y universal). O a La Moños, aquella muñeca rota y colorida que paseaba por allí su extravagancia y su ternura. La Moños, ya para siempre, con el cabello revuelto y el rostro pintarrajeado de una Julieta Serrano maravillosa, inolvidable. Mireia Ros estaba detrás de la cámara.

La memoria del cinéfilo es exacta, ya digo, y está llena de imágenes. Todas esas imágenes que entonces, pisando aquel espacio por primera vez, vinieron a mi cabeza. Y sobre todas ellas, esa sensación de libertad, de sentirte ciudadano del mundo, lejos de cualquier tipo de provincianismo. No hace falta que me esfuerce mucho para rememorar todo aquello. Mis veintipocos años. Pero por encima de todo aquello, insisto, la libertad. Esa palabra (y todas las connotaciones que acapara) que algunos quieren hacer desaparecer de nuestros diccionarios, de nuestras posiciones vitales, de nuestros logros conseguidos.

Y termino con unas palabras de la canción con la que Julio Bustamante homenajeó a Van Morrison: "Quisiera soñar, y soñar, y soñar, y no despertar. (...) La libertad total, la libertad sexual, la libertad, la libertad, cuando la gente vivía sin miedo a lo que le pudiera pasar".

Aquella sensación, la libertad. Sentirse ciudadano del mundo. Sentirse parte de eso. No querer sentirse parte de otra cosa, de otro lugar, de otro espacio, de otro estado de ánimo. Nunca. Bajo ningún concepto. Bajo ninguna presión. Tan lejos, así, del miedo.

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