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Cuando el tiempo no importaba

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El frío de los inviernos en ciudades lejanas o en ciudades oscuras y el calor amarillo de los veranos interminables, lejos de esas ciudades. Las sensaciones que percibimos cuando el tiempo, como digo, no importaba. Las sensaciones que percibimos como base esencial para darle forma a la escritura. La infancia y la juventud. Ese tiempo que nunca desaparece del todo, tengamos la edad que tengamos. Por fortuna.

Los primeros amores y el miedo a que los (malos) pensamientos se hagan realidad, nos envuelvan, nos paralicen. Regresen. Permanezcan. Descubrir que la vida también tiene su lado siniestro, amargo, complicado. Y que todo eso es inevitable. La sensualidad sin ser aún consciente de ella. Las emociones a flor de piel y también las pieles que se erizan orgullosas, en un acto tan cotidiano como arrebatador. El primer amor. O la idea del primer amor, tan lejano ya. Pese a esa lejanía, ese recuerdo tan vivo. Aún. Y después, los otros amores (o no).

Paisajes idílicos, miradas vibrantes e inquietas, tardes lentas observando el movimiento de cualquier bichejo inofensivo. El paraíso, sin necesidad de otras palabras. Todo eso que, en cierto modo, perdimos. Todo eso que, en cierto modo, conservamos.

Ese juego tan complicado, tan fascinante. Lo que perdimos y lo que conservamos, ya entremezclado, aquí, en este nuevo libro de Berta Vias Mahou, La mirada de los Mahuad (Lumen). Tan bello, tan sensual, tan sutil. Complejo en su sencillez. Repleto de contrastes. Acaso como el propio transcurrir de los días: de aquellos días, de estos días y de los días que están por venir. Donde el placer del texto es lo único que importa. Todo lo que se deriva de ese cúmulo de sensaciones perdidas y recuperadas, reales o soñadas, padecidas o imaginadas, escritas desde la memoria, transformadas -sin duda- por ella.

Porque aquel tiempo, cuando su discurrir no importaba, no existe más allá de la imaginación, de los recuerdos felices o menos felices (ingratos, incluso), de la propia esencia de cada uno. Eso que nos define. Así de sencillo, así de complejo. La vida. Y la manera en que nos enfrentamos a ella (en algunos casos): sin tapujos, sin rodeos, a cara descubierta. La seducción, siempre la seducción.

Con las palabras, con los amores, con los sueños, con el reflejo de un tiempo que ya no existe y que, sin embargo, sigue muy presente, intransferible, hasta que ya sea demasiado tarde, o puede que eso ni siquiera ocurra porque ya estén todas las emociones atrapadas en un puñado de frases, negro sobre blanco. Las que conforman estos seis relatos, instantes de una vida, que, a su vez, conforman una especie de novela sobre esa propia vida y la de quienes la rodean, cuando el tiempo parecía no importar. Y, sobre todo, ahora, cuando importa, y mucho. Y todo queda escrito. En el papel o en el agua. En el fondo, eso es lo de menos. Lean estas historias. Con detenimiento, eso sí. Disfrutando de cada palabra, de cada sensación. Aquí no hay lugar para la prisa, por muy de moda que se haya puesto.