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Hasta siempre, señor Cohen

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Con el tiempo, terminó convirtiéndose en una imagen un tanto tópica. La habitación en penumbra, la tormenta al otro lado de la ventana y la aguja del tocadiscos acercándonos su voz ronca. Ah, cuánta verdad se esconde a veces detrás de ciertas imágenes que el tiempo puede terminar transformando en tópicas.

Merendando versos y porros, como cantaba Adriana Varela homenajeando a otro poeta, Joaquín Sabina, con la frente siempre marchita y las nieves del tiempo plateando la sien. Eran los años 80, como se dice al principio de esa canción genial, y allí estábamos, en aquella pequeña habitación repleta ya de libros y de fotografías de nuestros ídolos, emborronando cuartillas, escuchando la lluvia, haciendo que estudiábamos, dejándonos llevar -cuando nadie nos veía- por los efluvios de algunos paraísos artificiales, sintiéndonos diferentes.

Soñábamos con estar en el hotel Chelsea porque él había estado y ahora se lo cantaba a Janis Joplin. Luego estaríamos cerca de ese hotel, el Chelsea, a través de muchas páginas de la literatura. Y finalmente, lo haríamos ante sus desvencijadas puertas, buscando la ventana desde la que se habían asomado él y Janis y tantos otros. A vueltas con la mitomanía.

Queríamos viajar cerca del río con Suzanne, decirle hasta luego a Marianne y sentirnos como pájaros en el cable, como borrachos a medianoche, intentando a nuestra manera ser libres. Y lo éramos, acaso sin saberlo bien del todo, a nuestra manera lo éramos, imaginando otras vidas, hilvanando historias, tirando hacia delante como fuese, escuchando a aquel poeta de voz profunda.

El tiempo se encargaría de demostrarnos que los hombres con esa voz sólo podían ser dos cosas: poetas o canallas. De los primeros hay pocos y de los otros, casi mejor no hablar. Mejor escucharlos en los discos, verlos en las películas, imaginarlos, como si fuéramos Woody Allen, saliendo de un poema o de una novela y cobrando vida, siempre lejos.

Leonard Cohen, en aquellas noches (creativas) y en tantas otras (destructivas). Leonard Cohen, siempre ahí, al alcance de la mano, en un viejo disco, cuando la tristeza o la melancolía se apoderaban de nosotros, cuando el frío de la habitación era más intenso que el del otro lado pero era el único refugio posible. Nuestro refugio, sí, después de perder la batalla, de conseguir las primeras heridas.

Y ahí, tras la derrota, también estaba él, Leonard Cohen, nuestro hombre, haciéndonos olvidar que la vida, la que seguía fuera, era un engaño. Un completo engaño. Por eso cerrábamos los ojos y escuchábamos.

Seguiremos haciéndolo. Que a nadie le quepa la menor duda.
Hasta siempre, señor Cohen.