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Lo que va con nosotros

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2016-11-22-1479821940-2561040-Capturadepantalla20161122alas14.38.21.jpg¿Qué significa hoy hablar de poesía? Para algunas personas, las de siempre, se trata de una manera de entender el mundo, de posicionarse en él. Para esas mismas personas, como entonces, significa además un refugio donde esconderse de todos los desengaños y despropósitos -políticos, sociales, intelectuales, etcétera- que vamos padeciendo un día sí y otro también. Quién nos iba a decir que íbamos a ser testigos de todos estos derrumbes, de todos estos naufragios, de todas estas derrotas.

Escribir poesía -buena poesía, obviamente- está reservado para esas mentes que saben atrapar el mundo en un puñado exquisito y bien escogido de palabras. Leerla sigue siendo para esas personas que llevamos haciéndolo desde la adolescencia, otra manera de atrapar esa belleza que nos distancia por unas horas del caos, de las desilusiones y nos reconcilia, a pesar de tantas trabas y peajes, con el mundo. Aunque la poesía que estemos leyendo duela, resqueme, abrase. Abrase, sí, como el intenso calor de aquellas cocinas de carbón que, en las casas de nuestra infancia, en las cocinas de nuestras abuelas, nos abrasaba al acercar imprudentemente las manos.

Dé por sentado que los paraísos, o no existen, o se han quedado definitivamente atrás, y que cualquier día, motivos nunca faltan, quedaremos "como tierra arrasada después de la quema". El entrecomillado pertenece a uno de los versos más hermosos del libro que tengo entre manos: Después de la quema (Ediciones Trea), de Esther Prieto, en edición asturiano-castellano. Recoge toda la poesía de la escritora asturiana (Arenas de Cabrales, 1960) hasta la fecha. Se compone de la obra publicada en dos volúmenes -Edad de la memoria y La mala suerte: inicialmente, ambos, escritos en asturiano- de poemas que la autora ha ido publicando en periódicos y revistas, y de varios inéditos (extraordinarios). No es un volumen muy amplio, pero sí se trata de un poemario único (así lo concibe la autora, y así está bien que sea) de gran profundidad y calado literario. Un poemario cuyos hilos desechan lo superfluo o lo retórico, amarran los temas esenciales, y cuyo final no está cerrado: la vida continúa, la poesía también lo hace. "De lo que amé y quise,/ si algo queda va conmigo", escribe en Nada, el más breve de los poemas. Toda una declaración de principios. Lo que va con nosotros. Ahora que, con nuestra complicidad o sin ella, nos han aligerado definitivamente el equipaje.

La palabra desnuda, la palabra clara, la palabra por delante, la palabra adecuada. Antes y después de la quema. Sobre todo, pienso, después. También en medio de la batalla, que prosigue (incansable) su juego. Las palabras de una mujer que echa una mirada a la infancia, que confía (a ratos) en la esperanza o que ya no lo hace en absoluto, que se enfrenta al dolor porque sabe que ya no queda otro remedio. Una mujer que observa en silencio sus manos envejecidas en una lenta tarde de junio, y en ese silencio -que, como la propia poesía, también nos alivia- cabe toda una vida.