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Los amores homosexuales y sus circunstancias

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2016-09-21-1474460115-739930-libro.jpegTengo quince años. Estoy en uno de esos cines que el tiempo acabará convirtiendo en un supermercado. Va a empezar la proyección de La ley del deseo, de Pedro Almodóvar. Se ha hablado mucho de esta historia de amor entre dos hombres, de lo explícito de algunas imágenes, del magistral trabajo de Carmen Maura interpretando a una mujer que antes había sido un hombre. Nada de todo ello es común en ese tiempo, 1987. Menos aún en la pequeña ciudad de provincias en la que vivo. Comienza la película. Me emociona la historia que se está contando. Me gusta todo: la transformación de la Maura, la historia de amor entre aquellos dos chicos tan atractivos (Antonio Banderas y Eusebio Poncela), las imágenes de sus encuentros amorosos y sexuales. No veo nada anormal en todo aquello. Todo lo contrario. Sin embargo, en un determinado momento, algunas personas empiezan a abandonar la sala de cine, murmurando entre dientes, negando con la cabeza, arrugando la frente. Por mi lado, incluso, pasa una mujer y se santigua. Comprendo que mi mundo es el que se desarrolla en la pantalla. Todas aquellas personas que abandonan la sala me resultan ajenas por completo. Ni las entiendo, ni quiero hacerlo. Sigo viendo la película, la primera de las numerosas veces en las que, imbuido en mi soledad adolescente, lo haré.

Pienso con relativa frecuencia en este recuerdo. Lo he vuelto a hacer ahora, después de leer El amor del revés (Anagrama), el libro autobiográfico que acaba de publicar Luisgé Martín. Es un libro brillante y brutalmente sincero. La soledad del adolescente que se descubre homosexual, los temores a que esa sexualidad sea descubierta por el resto del mundo, la actitud que se emprende. El largo aprendizaje, la relación con uno mismo y con la sociedad. Los miedos, los anhelos, las frustraciones y, finalmente, la aceptación.

El camino es largo y complicado. No hay métodos de empleo ni recetas mágicas que te ayuden a solucionar tu propia vida. Las imposiciones de una sociedad hipócrita (sigue siéndolo, no nos llevemos a engaño, aunque quizá no tan exagerada como en aquel año del estreno de la sexta película de Almodóvar). Cada paso, confuso y tembloroso, es una batalla ganada, por insignificante que en ese momento pueda parecer. A uno mismo y a la propia sociedad. A veces, qué remedio, hay que disimular. Cada uno de esos disimulos es, en diferente sentido, otro paso hacia lo correcto. Caer y levantarse. Aprender. Caminar con sigilo hasta que dejas de hacerlo, hasta que te levantas y miras de frente, sin rastro ya de miedo. El camino, insisto, será largo y complicado. Pero un día, el escritor podrá rememorar todo aquello y contarlo. Las batallas perdidas, las batallas ganadas. La más importante: ser uno mismo y vivir en paz y en libertad acorde con tus deseos y tu manera de ser. Simplemente. La lucha, a contracorriente, llega por fin al lugar adecuado. El que te corresponde y ya nadie, despojado de todos los miedos, conseguirá arrebatarte, pese a cierta hipocresía vigente y a quienes la propician.

El tiempo convertirá estas páginas en uno de esos libros que sirven para comprenden la historia que dejamos atrás y el sufrimiento de algunos de los protagonistas durante ese tramo de la historia. Imprescindible.