BLOGS

Umbral, más allá del personaje

08/09/2015 07:08 CEST | Actualizado 07/09/2016 11:12 CEST

2015-09-07-1441620208-9838773-umbralEFE.jpg

Foto: EFE

Me sentaba todas las tardes en un café para leer su columna en el periódico donde escribía. Han pasado más de veinte años de eso. Muchas de sus columnas están recopiladas en libros (como El tiempo reversible, de reciente aparición) o recortadas torpemente del periódico cuando en el café el diario estaba ocupado y tenía que comprarlo, y permanecen ahí desde entonces, escondidas entre las páginas de sus libros, sobresaliendo por el borde en ocasiones, muy amarilleado ya el papel por el paso del tiempo. Muchas de sus columnas conservan toda la vigencia. Parece que hubiesen sido escritas esta misma mañana.

Han transcurrido ocho años desde su desaparición, y echo de menos entrar en un café y leer sus opiniones sobre lo que está pasando.

Las releo a menudo. Los temas de siempre: el racismo, la corrupción, la miseria, la desigualdad social, el auge de los fanatismos, la telebasura, la mediocridad, las muertes, la vida que pasa y la que está a punto de hacerlo... Y Madrid, claro. Las luces y las sombras de una ciudad única, imprescindible, literaria. La ciudad que tuvo en el escritor a uno de sus mejores cronistas.

Y los políticos, y los escritores, y las actrices: en aquellas negritas que destacaban del resto de las palabras. Como lo siguen haciendo ahora, pese a que el papel marchito por los años tienda a unificarlo todo. Umbral escribió mucho. Acertó casi siempre. Dijo cosas que chirriaban y que continúan haciéndolo ahora (las críticas contra los nuevos novelistas que empezaban a aparecer en los años ochenta, los ordenadores que escribían solos las novelas, algunos libros que terminaron injustamente en aquella célebre piscina a la que tiraba todo lo que no le interesaba, etcétera, etcétera, etcétera). No considero que ni él mismo se creyese algunas de ellas. A veces, sólo a veces, el personaje quería imponerse al genio indiscutible del escritor. Pero olvidamos el lado menos amable del personaje y nos quedamos con el genio indiscutible. Con los artículos de los libros y los artículos recortados. La leyenda, la vida bohemia -inventada o no- y las noches en el café Gijón, ahora que ya han cerrado casi todos los cafés, que la vida bohemia -inventada o no- ya no se sabe muy bien lo que es y que las leyendas van apagándose poco a poco. 

Han transcurrido ocho años desde su desaparición. Como digo, algunas mañanas releo sus columnas. Echo de menos entrar en un café y leer sus opiniones sobre lo que está pasando. La política y todo lo demás. La decadencia, el desgaste y el sinsentido que estamos viendo desde tantos ámbitos. Echo de menos aquellas negritas -sobre todo, las de los escritores y las actrices: dentro y fuera de los teatros, bajo la luz de los focos o fuera de ella- y recortar torpemente con unas tijeras aquellas columnas del periódico. Por las noches, solo en el estudio, como el adolescente que lee poemas a escondidas o contempla en una revista los cuerpos que desea (los cuerpos gloriosos, como tituló el propio escritor uno de aquellos libros repletos de negritas), abro Mortal y rosa y leo un párrafo o un par de páginas. A veces, leo más. Otras, en cambio, según el día o el estado de ánimo, no puedo seguir leyendo y cierro el libro, siempre al alcance de la vista, muy manoseado. Pero las palabras siguen ahí, poderosas. El aguijón, duro, siempre al acecho. El runrún del prodigioso poema resonando. "Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido".  

Ocho años después de su muerte, sobre su literatura, a diferencia del papel recortado de los periódicos, no se ha posado aquel tiempo amarillo del que nos habló en su poema Miguel Hernández. Su obra, más allá del personaje, permanece.