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Un recuerdo para Bowie

11/01/2016 16:49 CET | Actualizado 11/01/2017 11:12 CET

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Foto: EFE

Ser homosexual, a principios y mediados de los años 80, en una pequeña ciudad de provincias, no fue algo fácil. Las risas, las burlas, los insultos, el desprecio. El miedo a la diferencia. La falta de respeto. La ignorancia de algunos. El atrevimiento fruto de esa ignorancia. Por aquella época, a mis dieciséis o diecisiete años, habiendo dejado ya atrás el colegio, llevaba el pelo largo. Un poco más largo de media melena. Y nada más. Mi ropa era más bien clásica. Primordialmente, porque consideraba que era la que mejor me quedaba. Podía haber ido vestido de otra manera (siempre he tratado de hacer, según mis posibilidades y sin molestar a nadie, lo que me ha parecido mejor), pero no: mi atuendo estaba determinado por cierto estilo inglés. Sin embargo, aún recuerdo las miradas de mucha gente en plena calle ante la sorpresa (y la gracia, al parecer) que les provocaba aquel pelo largo.

Venía de un colegio de curas, y allí, ante la desproporcionada avalancha de insultos, había aprendido a defenderme y a buscarme los refugios que me mantuviesen alejado, aunque fuese mentalmente, de todos aquellos despropósitos. La música, el cine, el teatro, los libros... Pronto descubrí que todos aquellos seres a los que comenzaba a admirar defendían la diferencia. Incluso vivían en ella. La diferencia no era algo negativo, sino todo lo contrario. Amaban el arte, la cultura, la ambigüedad. Llevaban el pelo largo o se pintaban (ellos) los ojos de azul y (ellas) las uñas de verde o de negro, algo impensable en aquellos años en lugares pequeños y cerrados. Ciudades entre visillos, que diría Carmen Martín Gaite. Sobre todo, insisto, en aquellos años.

David Bowie -al que descubrí gracias a la admiración que Alaska, que era en aquel momento todo un referente de la diferencia, sentía por él y así lo expresaba en las revistas que nos llegaban a las pequeñas ciudades de la periferia- era uno de esos personajes a los que me aferraba. Su actitud, su transgresión, su talento. Su manera de entender el mundo. Y su música, naturalmente. Todo eso me salvaba de aquel mundo gris que me rodeaba. De las miradas. De las risas. De las burlas.

De todo esto parece que han pasado muchos años, pero sucedió antes de ayer como quien dice. Es cierto que la sociedad ha evolucionado (afortunadamente), pero todos los que, por una razón u otra, nos sentíamos diferentes en aquella época le debemos mucho a esos refugios, a esas personas que parecían hablar el mismo lenguaje que nosotros -los diferentes: utilizando siempre la palabra como algo positivo- queríamos expresar. En los bares donde no resultaba extraño que dos hombres o dos mujeres se besaran (La Santa Sebe, local hoy lamentablemente desaparecido, siempre en nuestro recuerdo: La Santa Sebe, como aquel cabaret berlinés de Sally Bowles) o en la penumbra de la habitación del joven solitario, siempre sonaba su música. Que, encima, era la música de un auténtico genio.

Puede que, en aquel momento, no comprendiésemos todo el significado de las letras. No importaba. La conexión era absoluta. Luego, cuando descubrimos la totalidad de aquellos significados, supimos que estábamos en lo cierto. La canción Life on Mars ?, en este sentido, constituye casi un himno. Un himno -poético y brutal- que nos sigue acompañando. Como lo hacen esas canciones y esos versos que son más poderosos que las erosiones del tiempo.

Se ha muerto, casi por sorpresa, David Bowie. El Duque Blanco, el Camaleón por excelencia. Algo más que un buen actor, un tipo elegante y un músico excepcional. Un ser único. Nos queda su obra. Y el recuerdo de aquellas noches intensas e inolvidables, en la complicidad de los locales con aires de cabaret berlinés o en la soledad de nuestra habitación, escuchándolo, admirando la diferencia, identificándonos plenamente con ella.