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Avistamiento 'hippie' en Ibiza

20/07/2017 07:28 CEST | Actualizado 20/07/2017 07:28 CEST
Getty Images
'Hippies' en Ibiza

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- Oh gran Pablo, tú que todo lo sabes (y si no, te lo inventas), ¿podrías decirnos cómo empezó el rollo hippie en Ibiza?.

- Me encanta que me hagáis esa pregunta...

Pues bien, amigas, todo comenzó en San Francisco (U.S.A) en los díscolos años 60, cuando un pequeño grupo de jovenzuelos empezaron a rebelarse contra los viejos valores de la sociedad americana. Para terminar con el capitalismo, las injusticias sociales y las guerras, este movimiento proponía un nuevo paradigma basado en la paz, el respeto al medio ambiente, el amor libre y, ya que estamos, ponernos todos hasta el hojaldre de marihuana y LSD, porque a nadie le amarga un dulce.

Al estallar la guerra de Vietnam, muchos de estos jóvenes decidieron escapar de su divertido país para evitar así ser llamados a filas. A pesar de sus largas cabelleras, aquellos muchachos no tenían ni un pelo de tontos, así que en vez de ir a esconderse a yermos y gélidos lugares como Siberia, Alaska o Soria, optaron por enclaves más molonguis y paradisiacos como Goa o Ibiza. Y así es como estos lugares se convirtieron en referentes mundiales de paz, amor y pantalones de campana.

El inexorable paso de los años, escándalos mediáticos, como el caso Charles Manson, y la alopecia fueron desprestigiando las bases morales del movimiento, que pasó a convertirse en una simple moda estética que, como toda moda, fue muriendo poco a poco hasta extinguirse por completo.

Pero a pesar de que en la actualidad es más fácil encontrarse por la calle a un hippie que a un lince ibérico copulando con un Dragón de Komodo, existe un mágico lugar donde aún resiste una pequeña población en libertad: Ibiza.

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Pues bien, el otro día, un servidor tuvo el tremendo honor de avistar a un hippie auténtico, o por lo menos, así es como se refería a sí mismo aquel ser humano al que, a partir de ahora, llamaré Pitidos (más adelante entenderás por qué).

Pitidos es un hippie "de los de verdad y no de los de plástico que hay ahora" y que siempre habla en plural sobre su clan, empezando todas las frases con "nosotros los hippies":

- "Nosotros los hippies vivimos de lo que hacemos con nuestras manos". El siempre jocoso azar quiso que, en ese momento, mi mirada se deslizase hasta su mano izquierda, la cual rascaba alegremente su entrepierna. Aquella imagen me pareció pura poesía.

- "Nosotros los hippies no vivimos en casas, vivimos en las cuevas porque estamos al margen de la sociedad".

- "Nosotros los hippies no le damos el apellido a nuestro hijos, por lo que pueda pasar (...) Yo tengo 3 hijas con 3 mujeres diferentes y no me hablo con ninguna de las 6. Al nacer sus madres, me preguntaron que qué apellido les ponían y yo les dije a las tres lo mismo: el que queráis menos el mío."

- "Nosotros los hippies... ¿me invitas a una cerveza?

Un par de tragos más tarde el ego de pitidos fue ganando terreno a su hippismo y la primera persona del plural pasó a ser primera persona del singular:

- "Yo una vez me comí un tripi en un avión"

- "Yo he vivido en las ciudades más caras del mundo; Sídney, Los Ángeles, Londres... y nunca jamás he pagado un solo euro por una casa, siempre de okupa".

- "Yo jugué 3 años en el Real Madrid, en la quinta de Camacho. Después fui árbitro de fútbol durante 33 años más". Como prueba irrefutable de aquel dato, mi nuevo amigo sacó un roído silbato que llevaba colgado al cuello y comenzó a hacerme una extensa exhibición de sus pitidos más laureados.

Tras aquella demostración de fuerza, y por si quedaba en mí alguna duda de que la suya había sido una vida de película, Pitidos me miró a los ojos y me dijo: "¿Tú conoces a Pili y Mili?". Me suenan, le respondí. ¿No eran unas hermanas gemelas que hacían películas en los 70? "Efectivamente, chaval, pues que sepas que yo me follé a Mili".

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No me preguntéis por qué, pero aquel tipo me cayó la mar de bien y, al final de la noche, acepté llevarlo en mi coche hasta la iglesia de Sant Jordi donde suele dormir algún que otro viernes. De camino me dijo que él había dormido en todas las iglesias de la isla y, seguidamente, me hizo un estudio pormenorizado de los pros y contras de todas ellas. En el top-one de su Hippie-Advisor estaban la iglesia de Sant Juan: "Qué porche tan acogedor, aquello sí que es un 5 estrellas". Sí, 5 estrellas de belén, le respondí, pero o no me escuchó o mi humor de broca gorda no le hizo ni puta gracia.

Al despedirnos, Pitidos me dijo que cuando quisiera, podía ir a verle a su cueva, y que podía quedarme a dormir si quería. Le dije que soy más de dormir en casas, pero aun así le prometí que un día le iría a visitar. Pasados 15 días cumplí con mi promesa y lo que allí viví fue una experiencia más que religiosa.... Pero eso te lo contaré la próxima semana ;)