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Aires digitales

07/11/2013 07:51 CET | Actualizado 06/01/2014 11:12 CET

¡Las mil cosas que se pueden hacer sin un ordenador, pero no se podían hacer antes de los ordenadores!

Esta frase representa la clave de los efectos de la cultura digital en nuestro día a día actual. Hay mil cosas, millones de cosas que hacemos ahora aún sin ningún dispositivo en las manos, que antes no hacíamos.

Por eso, no es verdad que los ordenadores sean herramientas. Son una atmósfera cultural que nos envuelve y nos reencuadró. Nos redefine lo que es y lo que no es; lo que se puede y lo que no se puede hacer. Y los modos y caminos del hacer. Nos reseteó.

Tal vez sirvan algunos ejemplos.

Antes de los ordenadores, dar una conferencia implicaba tener un conjunto articulado de ideas a transmitir y su éxito o no -por lo general- dependía de la inspiración del expositor para transmitir en ese momento, con fluidez y eficiencia, esas ideas. Ahora tenemos Power Points, cuando no Prezi, KeyNotes y cosas por el estilo. Y el expositor ya hace menos y el que prepara o mezcla, mucho más. En general, hoy día las conferencias son más y son peores.

Antes de los ordenadores, si yo extrañaba a mi mujer tenía que llamarla por teléfono a ver si la encontraba (antes de los móviles) y, si no y si tenía suerte, dejarle un mensaje en su contestador telefónico. Si no, tenía que volver a llamarla más tarde, hasta dar con ella y decirle que la amo y la extraño. Ahora dejo programado mi mensaje de amor cuando sea para cuando sea y tengo garantía de que lo recibirá en tiempo real, aún si yo ya no lo recuerdo o ni siquiera la extraño.

Antes de los ordenadores, escribir era un acto calculado, lento y estetizado que me obligaba a pensar lo que ponía para evitar las mil versiones imposibles.

Ahora, escribo compulsivamente y si no va, no va. Delete. Lo mismo que las fotos.

Antes, la enciclopedia se me imponía y me aplastaba con su porte -físico- y su entidad epistemológica. Padecía de abrumación. Ahora la busco cuando la necesito; es una ventana más en mi dispositivo, cabe hasta en mi móvil y, si quiero, la discuto y edito con entidad mi discusión. Publico. Degrado, tal vez, pero me atrevo.

Antes yo no sabía quién era quién, salvo los obvios y los célebres. Ahora conozco a todos; los conozco todo lo que quiero y mucho más de lo que ellos querrían. Y las más de las veces, luego de eso ya sé que ni me valen la pena. Falto a la cita.

Antes, llegar era una aventura; ahora, un ejercicio menor. Aún en Tokio.

Antes, yo no sabía que no sabía tantas cosas. Ahora, a cada minuto que encuentro algo develo lo muchísimo que no sé y que ya no sabré, aunque por ahí esté. Los borradores de borradores de Borges también están en la web. ¿Me interesan? La Biblioteca de Babel pierde mística.

Antes, circular era un mérito; ahora, una fatalidad.

Antes, enterarse valía de algo; ahora, no enterarse podría ser lo valioso.

Antes, ir era necesario. Ahora, con quedarse alcanza. Y abre nuevas oportunidades. No quitarse el pijama en todo el día, por ejemplo.

Antes mis hijos (que era yo cuando era hijo) no escribían casi nada, porque era escribir diarios íntimos, dictados infernales o cartas protocolares o de amor. Ahora no paran de escribir y escribir; en dialecto, como sale, a dos dedos -¡pulgares!- y sin calidad dactilográfica. Fluida y como compulsivamente. Escriben más que yo, que me gusta tanto escribir. Me ganan siempre el duelo en WhatsApp. Antes los que escribíamos éramos raros. Ahora los raros son otros... Pero sigo creyendo que yo escribo mejor.

Antes de los ordenadores, y del iPad y de los smartphones, el aire era claro. Ahora también, pero no me lo creo. Tendríamos que poder ver el sinfín de emisiones que lo atraviesan en todas direcciones, en todas partes, todo el rato. Y que nunca se cortan y casi siempre llegan. ¿Cómo opera esa contaminación para que no contamine? ¿Cómo opera ese enjambre de escala sideral para no fallar? ¿Cómo hacemos para que no se convierta un día en una nube infernal de mosquitos y nos devore de a pedacitos?

Antes había gente tomando sol. Ahora hay gente navegando a la que le da el sol.

Antes te extrañaba. Ahora no sé muy bien qué es extrañar.

Cuando al inicio de la nota ponía la frase inicial lo hacía con optimismo, ganado por el impulso de mostrarte -lector- que la atmósfera digital nos trasladó a un nuevo mundo lleno de ilusiones, pero los ejemplos me fueron trabajando y forjando y al final (luego de haber intentado en cada uno ser menos nostálgico que en el anterior) he acabado añorando lo que éramos antes de lo que somos. Me desnudó la tecnología, que por lo demás, también nos tiene a todos y a cada uno -casi casi sin excepción- retratados desnudos y en emoción.

La otra idea que quería mostrar es que lo digital no depende del dispositivo. Creo que ésa sí logré pasarla.