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27/08/2014 07:42 CEST | Actualizado 26/10/2014 10:12 CET
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¿Cómo entró la tecnología en tu vida? ¿Cuándo entró? ¿Te benefició o te perjudicó? ¿La elegiste o te eligió? ¿Fue depredadora de tus otras prácticas sociales? ¿Te gusta?...

En la vida social abierta no nos hacemos estas preguntas. No le encontramos mucho sentido. Muchas de ellas recibirían como respuesta un desinteresado no sé. No respondemos esas preguntas ni nadie nos las formula.

Sin embargo, en el mundo escolar, donde la digitalización no acaba de suceder, nos preguntamos todo el rato estas cosas. ¿Cuál es el verdadero aporte de la tecnología para el proceso pedagógico? ¿Cómo resolveremos los problemas que la tecnología nos generaría? ¿Los padres estarán de acuerdo con que sus hijos aprendan mediante una pantalla? Y cosas así...

Algo está desajustado.

En nuestras vidas, la tecnología entró sin pedir permiso. Hizo crack un día y ya estaba adentro. No recordamos cuándo tomamos una decisión que, en realidad, no tomamos. Está en nuestras vidas más allá de si beneficia o no a nuestras vidas. Está porque está. Como la música. Como el amor.

Ni sustituyó, ni complementó, ni elevó, ni degradó nada. O sí, pero todo a la vez y de una manera mucho más compleja. Reseteó nuestra vida social, diría yo. Es el verbo más adecuado para describir y caracterizar el proceso. Resetear, que quiere decir apagar y volver a encender, para que quede. Hoy somos otros. Nos apagaron y nos volvieron a encender. Ni traumático siquiera. Instantáneo, en la retrospectiva. Pareciera que no hubiera tenido historia, ni evolución. Que siempre fue así.

Es un proceso cargado de acción y descargado de reflexión. Es un proceso cuya valoración no es simple, pero fundamentalmente, no importa. Es. La tecnología fue entramándose en nuestra vida social con la naturalidad de lo imparable y con la candidez de lo inocuo. Y deja marcas y cambia hábitos y determina conductas. En la escuela no.

En la escuela le queremos hacer -todavía- un caminito diferente, artificial. Le pedimos explicaciones antes de darle entrada. Fantaseamos con que no entró, cuando ella se nos ríe en la cara. Le exigimos justificaciones, como si fuéramos jueces o policías. Le exigimos que nos demuestre algo, como si no hubiera demostrado ya que constituye la vida social moderna. Le pedimos que se modere, como si pudiera. La volvemos artificial. Y lo que acaba impostándose no es la tecnología, sino la escuela. Pretendiendo enrarecerla, acabamos enrarecidos nosotros.

No la entendemos. No entendemos la sociedad en la que estamos. No nos entendemos.

Reservemos las energías que dedicamos a ponderarla para gestionarla, que lo requiere. Gestionarla quiere decir movernos con inteligencia y con liderazgo junto con ella. Surfear su ola. Administrar su fuerza tsunámica. Andar con su ímpetu. Positivarla en el proceso y en lo posible. Dejarnos asombrar por lo que nos trae. Lidiar con lo que ella arrastra. Ir.

Con confianza -con confianza en nuestra institución-, abrámosle las puertas. Orgullosos de lo que sabemos hacer, invitémosla a sumarse. Hagámonos cómplices. Impliquémonos para estar todos del mismo lado. Juguemos sus juegos y asumamos sus riesgos. Acompañémonos. Aprendamos juntos, unos de los otros. Enseñémosle también (que no es lo mismo que imponerle o limitarla).

Un día entró en mi vida. Creo que debe haber sido un día, pero seguramente fueron unos meses y unos años, y todavía está entrando. Y yo no sé muy bien hasta dónde ni para qué, ni ella. Ni nadie. Pero vamos. A veces nos bandeamos, ella o yo, y más tarde o más temprano, recogemos. A veces nos abusamos y nos perdimos perdón. Nos ligamos para siempre. Engendramos juntos. Discutimos. Mantenemos puntos de desacuerdo. Nos invadimos cada tanto. Nos respetamos en general. Somos -ahora- compañeros inseparables. No sabríamos pensarnos el uno sin el otro. Ya no.

Como mi esposa, la tecnología una vez entró y ya es parte de mi.

Ahora -tarde, pero más vale...- le toca a la escuela. Porque si no..., ni quiero pensarlo...