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Maestras y toreros

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Ilustración: Alfonso Blanco

Buenos días (o buenas tardes o buenas noches), y comienza a hablar. De historia, de geografía, de biología, de matemáticas, de física o de lo que le corresponda. Así son la inmensa mayoría de las clases en la inmensa mayoría de las escuelas de la inmensa mayoría de los países. ¿Será eso mismo lo que primero debemos cambiar para que la escuela mejore?

La idea de que el profesor está ahí para exponer el tema que le toca es fuerte e ideológica; quiero decir, podría ser de otra manera y esa manera de ser tiene consecuencias. Cuando al aula se entra así, las otras instancias básicas de ella también quedan establecidas, por consecuencia: los alumnos que se callan y se disponen -mejor o peor- a escuchar; el mobiliario que se alinea y se orienta al frente; el frente que se refuerza y se categoriza simbólicamente; la voz del profesor que se imposta y adquiere ese tono formal, más de pregón que de diálogo; la pizarra del maestro que sustituye e instituye al mismo tiempo el material didáctico solicitado a los alumnos; y hasta la tecnología, que llega allí para reforzar ese dispositivo didáctico manteniendo el esquema y reforzando su estructura simbólica.

Este ritual del buen día que podría parecer menor o anecdótico, no lo es. De la manera que las cosas comienzan, las cosas acaban, nos han enseñado varias veces, y en general, es verdad. Si la clase para el alumno comienza escuchando, probablemente acabará teniendo que repetir; si la clase empieza con un profesor y un grupo de alumnos anónimos y estandarizados, probablemente acabará con la matriz de siempre de los destacados, los que le llegan, los que podrían y habrá que recuperar y los irrecuperables, sin matices ni sorpresas, en sus proporciones históricas; si el modelo empieza pasivo y dependiente, acabará entonces pasivo y dependiente; si la dinámica es la de lo preparado por el profesor, la consecuencia será la de lo recibido por los estudiantes. Este esquema elemental que define las millones de clases diarias que damos en el mundo entero fija un mensaje y define fuertemente un modelo.

Somos hijos de ese modelo, socialmente hablando. Todas las cientos de excepciones sin materialidad son apenas solo eso, excepciones, e incluso confirmatorias de la norma. Nos han configurado para recibir más que para dar o -lo que aún sería mejor- para procurárnoslo.

Las lecciones de los profesores están llenas de falsas preguntas retóricas; modismos y gestualidades que ya son clichés; ejercicios circunscriptos a una caja gráfica para que no desborden; tonito magistral, dedos índices, curiosidades y amenidades de todo lo que importa y ritos y repeticiones de lo que no merece la pena

Llegamos a la vida a escuchar y confundimos la vida con repetir lo escuchado; nos configuran para deber y luego confundimos la vida con esperar. Nos hacen olvidar rápidamente que podríamos conseguir cosas por nosotros mismos; que vale valernos. Nos arropan demasiado rápido, y enseguida nos abrazan y al cabo nos asfixian. Nos ponen a depender con una velocidad de rayo y con una eficiencia ingenieril. Nunca se sabe cuándo importa lo que tu podrías pensar o hacer; siempre parece que falta alguna instancia, este o aquel proceso, para que entonces estés habilitado. Nunca parece llegar tu hora; y entonces, las más de las veces, acaba no llegando nunca. Silencio, por favor; vamos a empezar.

Es verdad -y conviene dedicar un breve párrafo a eso- que hay palabras que no obturan y clases que no son sermones, pero son otra vez la excepción. Incluso más: es verdad que para habilitar al otro, poner a volar a todos ellos, en el fondo también deberemos valernos de las palabras, pero de otro tipo de discurso profesoral, orientado a otro tipo de objetivos. Estoy queriendo decir -entonces- que no se trata apenas de que las clases empiezan con los profesores hablando (y se van no menos de tres cuartos de ellas en eso), sino de que esos profesores hablan de una determinada manera, estructurando sus discursos bajo una plataforma perfectamente definida en términos de mensaje y meta-mensaje. Porque si fuera de otra manera, no estaríamos ante un problema del tamaño del que tenemos.
El problema no es que hablen, sino lo que dicen, en el fondo; cómo dicen lo que dicen, a decir verdad, es la verdadera cuestión, y para qué lo dicen. Lo que nos tiene como nos tiene es la matriz conceptual que los organiza por detrás. Hablan porque poseen y predican para traspasar lo poseído. (No la posesión, que sería otra cosa.) Son los que saben y hablan para que los escuchen -y retengan- los que no saben. De ahí surge también un estilo muy marcado, y su correlato en un género también muy marcado en los libros de texto; un discurso autosuficiente, que no necesita del otro que, por el contrario, procura con astucia controlarlo.

Falsas preguntas retóricas; modismos y gestualidades que ya son clichés; ejercicios circunscriptos a una caja gráfica para que no desborden; tonito magistral, dedos índices, curiosidades y amenidades de todo lo que importa y ritos y repeticiones de lo que no merece la pena... Toman la palabra con el objetivo de pasar conocimiento (en su dimensión más informativa), pero además para dominar las pulsiones de las fieras. Es la entrada del toro a la arena. El torero solo debe saber imponer su autoridad, después lo demás se dará por contigüidad. Debe bajarle las ínfulas a ese animal demasiado acostumbrado a hacer lo que quiere para que acabe dejándose.

Así obra el maestro cuando abre un grupo, los primeros días de clase. (Fíjense, notarán que son más artificiales y sermoneros a comienzos de ciclo que al final.) Ostentan y sobreactúan porque desconfían de sus toros. Teme fiarse de más y que aquello pueda acabar en tragedia -lo que es malo- o en ridículo -lo que es inmensamente peor.

En fin, veo -como ven- aquí un nudo, una fuerte contractura, justo ahora que cargo una muy incómoda en mi lumbar.