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Un primer día de clases

05/07/2013 07:36 CEST | Actualizado 03/09/2013 11:12 CEST

Llegué al aula. Me senté en la primera fila, en silencio. Faltaban apenas unos minutos para la hora; dos tal vez. Esperé. Fue llegando el resto de los alumnos, de a uno o en pequeños grupos. Alborotados, conversando, como siempre. La sala se fue completando. Todas las sillas miran al frente y un poco al centro. La pizarra verde está en blanco, como siempre al inicio. 70% de ocupación y el frente vacío. 80% y aún nada. Y seguimos todos mirando al frente, sin nada que ver. Algo ladeados algunos, aunque incómodos (esas sillas de aula no permiten fácilmente la lateralizaicón, ya saben). No hay silencio aún; no puede haber con el frente vacío. 90% de ocupación de las casi 100 sillas del aula mayor y todavía nada. Ya nos hemos pasado cinco minutos del horario de comienzo de clase. Ahora siete minutos... Yo espero, en silencio, en la primera fila, mirando al frente. La mayoría está sentada; queda alguno que otro alumno de pie, al lado de su silla o en la punta de su hilera. 95% de ocupación. 10 minutos de retraso. Pizarra verde en blanco. Murmullo fragmentario. Algunas lateralizaciones y una ausencia notoria, incómoda.

12 minutos pasados de la hora y la sala ya está totalmente llena. ¿Qué pasa? Las miradas laterales ya no son solo de los conocidos entre sí; a estas alturas hay giros de 180 grados, rodillas en las sillas, colas en las mesas; agrupaciones un poco mayores. Yo sigo en mi silla, mirando al frente, solo. Nadie toma el frente. Es espacio reservado. Quien lo camina -si acaso-, lo camina rapidito y como quien no lo estuviera caminando. Es zona protegida. 15 minutos que ya son escándalo. El murmullo crece como pidiendo un orden, o una orden; un liderazgo que ordene esa ausencia escandalosa. Ese desorden simbólico. Esa geometría absurda de un frente ausente y encandilante. Algo debe pasar.

Son alumnos de unos 20 o 21 años en su mayoría. Universidad, pero lo mismo daría. Podríamos imaginar una escena casi igual con 28 alumnos de 15 años o 24 alumnos de 9.

Entonces decido ponerme de pie. Primero mirando al frente, como todos. Y nadie se fija en mí. Pero luego giro y miro desde el frente para el fondo. En ese momento, algo comienza a modificarse. Veo ojos que se posan en mí. Ojos que me buscan. Retrocedo y me enmarco en la gran pizarra verde y en blanco. Abro los hombros y ahora sí siento las miradas. El grupo informe de hasta un minuto antes, ahora parece comenzar a generar su orden. Se trazan los ejes, se justifica casi todo: la pizarra, las sillas, el silencio en ciernes y lo demás. Llega la calma. Siento la paz que mi silencio de pie y de frente ha comenzado a generar. Como que estoy salvándolos de algo.

Comienzo a mirarlos, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. No soy demasiado grande, pero ahora parezco inmenso. Ya no quedan colas en las mesas ni rodillas en las sillas; casi no hay lateralizaciones. Se va instalando el silencio, que agregado al blanco del verde completan la nada inicial. Ha llegado el sentido.

Giro 180 grados, tomo la tiza blanca (el 10% de silencio que faltaba se consolida en ese instante) y elevo mi mano derecha hacia la pizarra. Siento los 200 ojos en la espalda. Que me piden que escriba. Que llene, en realidad. Que ocupe el espacio. Que les devuelva la legitimada pasividad que los organiza. Que los someta, así descansan. Que los reorganice de una vez, después de tanta zozobra de esos 20 minutos eternos.

Escribo despacio, con letra molde grande; con letra experimentada, de maestro familiarizado con la técnica de la tiza y la pizarra. Ya no quedan dudas. Escribo "Buenos días" como quien escribiera Pi. Escribo, dejo la tiza, giro 180 grados otras vez (sé perfectamente qué voy a ver cuando acabe mi giro) y enfrento esa masa vital pero inerte que se me pone suplicándome más. Me adelanto dos pasos. 100 jóvenes ansiosos me miran repentinamente tranquilizados. Me agradecen, en el fondo. Yo lo sé.

Me agradecen que siendo o no siendo su profesor de geometría del 2º curso que hoy comienza, ocupe el lugar del profesor de geometría. No me cuestionan. Me agradecen porque sin frente ocupado ellos ya no saben quiénes son; ellos, justo ellos que son los instintivos de la libertad, acá, en el marco académico, imploran el frente y la toma de la palabra. Un "Buenos días" y todo vuelve a la normalidad. Descansan porque saben -porque suponen- que tras mis buenos días vendrán el programa, las premisas, las fechas de evaluación y el contenido, los excesos, de aquí a final de curso, mejor o peor, más o menos feliz. Descansan porque si no, no sabrían cómo; no les hemos enseñado jamás cómo si no hay frente, profesor y todo el lote denso de saber cristalizado que esa parafernalia trae consigo. Densansan porque la ausencia, como el silencio, son espejos infernales que nos devuelven a nosotros mismos, vistos sin piedad. Descansan porque nos salvamos de lo siniestro.

Pero es nuestra responsabilidad más que la de ellos.

Por eso me puse de pie. Porque yo, que soy el profesor de geometría del segundo curso y había decidido estar así, sin estar, en mi primera clase, me sentí responsable de su angustia y no lo creí justo. 12 minutos me parecieron el calvario suficiente; la tortura eficaz. Más zozobra simbólica podría desmantelarnos; sumirlos en una trama de difícil retorno. Quebrarlos. Por eso me puse de pie.

Me puse de pie, escribí y una vez de frente a ellos les dije que por ser nuestra primera clase me parecía ya más que suficiente; que 17 minutos de angustia por la ausencia de saber establecido, de orden determinado y en silencio compulsivo eran, para mí, una dosis de aprendizaje que podría tal vez justificarnos meses de trabajo. Que había sido muy provechosa inauguración de curso. Que gracias. Que estaba convencido de que nos la pasaríamos bien el resto del semestre y que de la geometría del segundo curso nos quedaría marca a todos.

No los despedí porque la institución tiene normas y no vaya a ser que por excederme y acabar antes de hora me descuenten del sueldo, que tanto lo necesito.