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Crisis y juglar

08/11/2012 08:33 CET | Actualizado 07/01/2013 11:12 CET

En agosto de 2008 quien estaba cerca de los números y tenía capacidad para entenderlos ya sabía que el tinglado financiero se venía abajo, a pesar del optimismo existencial de Alan Greenspan. Cuando Lehman Brothers extendió la toxina de la incertidumbre, los analistas, los teóricos, los profesores y los periodistas especializados leyeron la primera página de una narración que comenzaba a escribirse entonces: era el relato de la crisis, ya pasado a limpio después de los borradores de AIG y Citigroup, la confirmación de que esto iba a en serio. Primer capítulo: Brothers, la caída, un arranque artificioso y convencional En el cajón de un escritorio aguardaba el final de una novela por entregas que todos leeríamos con ojos redondos.

Del índice de cualquier manual de Economía se extrae una certeza: las crisis del capitalismo se forman de manera inadvertida, estallan como huracanes, causan estragos menores o mayores y se extinguen. No hay quien las prediga, y tampoco hay nada que hacer contra ellas, ya que la causa de la recesión es el conjunto de circunstancias que también provocaron el crecimiento, esto es, el orden establecido. Igual que nadie puede cambiar la presión atmosférica, nadie pretende alterar ese orden.

Así, la crisis no es más que la culminación de un proceso natural de enriquecimiento, como la tormenta no es más que el fin del buen tiempo. La economía de los pobres sigue siendo un barbecho: hay buenas cosechas y prosperidad mientras la tierra conserva los nutrientes; hay carestía y ruina cuando se agota el sustrato.

La crisis de los años noventa fue muy dura: 24% de paro, deuda pública del 68% del PIB, etcétera. Justo después llegó la prosperidad soñada, que culminaría en 2007 con un paro del 8%, cifra tan civilizada, tan occidental. El silogismo nos llevaría a pensar que la crisis que comenzó en 2008 debería tener el mismo carácter meteorológico, y por tanto sólo hay esperar a que se marche la galerna, quizá ya falte poco. Como el monzón, la crisis es inevitable, pero viene y se va. Como el huracán, no hay culpables, sólo la fatalidad y el mal hado; casi es una cuestión de filosofía oriental o de Star Wars: la prosperidad existe porque también existe la pobreza, es el camino del Tao.

Me interesa conocer las dimensiones que alcanzará el relato de la crisis, la lectura de los años del lobo que todos acabaremos aceptando como un evangelio. Ese relato aún está en construcción, pero ya se está construyendo, y lo asombroso es que se escribe sin guión previo ni autoría. Su autor es colectivo, anónimo y medieval, un autor constante y disperso sobre el papel físico de la prensa, el led de las tabletas y la formica de la barra del bar: la crisis nos pertenece a todos, la masticamos en nuestras conversaciones, somos sus juglares y sus siervos, y repetimos de memoria un relato que dice así:

"Hubo una vez un tiempo de belleza y prosperidad en los países cristianos. Aumentó la esperanza de vida, se desarrollaron terapias paliativas, se inauguraron residencias de ancianos, se abrieron guarderías municipales, se concedieron subsidios generosos, se comprendió la necesidad de luchar contra la desigualdad artificialmente creada, se regalaron casas, adosados, dúplex, apartamentos diminutos en el centro de las ciudades, surgieron tiendas de muebles y decoración vintage, fueron los años dorados de la prosperidad sin límites, el pleno empleo, el reparto gratuito de ordenadores en los colegios, el reparto gratuito de libros de texto, el reparto gratuito de confianza en el futuro, la expansión vibrante de la tecnología, la sensación de que el mundo era hermoso aunque tan áspero en aquellos otros países no cristianos, hermoso gracias al mes de vacaciones y la imaginación de los turoperadores.

Pero la prosperidad generó en nosotros una avaricia incontenible. Los gobiernos, tan pusilánimes, dejaron de controlar a los mercados porque todo funcionaba bien sin que nadie tomara decisiones, los políticos son gente de letras, en la cúspide de la pirámide financiera habitan matemáticos como astrónomos o druidas. Los ciudadanos eran ignorantes, pero se sentían satisfechos, ponían a la venta sus casas y ganaban dinero suficiente para comprar otras casas. Todos fuimos culpables, algunos con más responsabilidad que otros, sí, pero todos culpables en cierta medida. Unos, por ignorancia; otros, por usura. Vale el 15-M, vale la indignación, pero non plus ultra. Detrás de la ruina hay enemigos mayores, el mundo está conectado, Asia es un enemigo no cristiano que se ríe de nuestro 25-S y se fortalece con nuestra debilidad, los chinos no respetan nada, ni los derechos humanos ni los horarios comerciales, ¿les abrirás la puerta de tu casa mientras discutes acerca de quién hizo qué cosa en Bankia? Es el invierno de la tormenta y toca aguantar con la confianza de que después del sacrificio volverá el buen tiempo. En el camino habrá gente que lo pase mal, es inevitable, no todos saldrán con vida; con un poco de suerte, tú sí lo harás".

Muchas veces al día descubro que yo también participo de la construcción del relato cuando expreso mi bronca pero modero el tono, cuando en clase les digo a los chavales que tienen que estudiar, esforzarse, ser mejores; es decir, cuando reproduzco el mismo discurso del éxito y de las ganancias infinitas. Pienso en qué hacer entonces. Dónde redactar un cuaderno de quejas. Cómo vestirme de jacobino. Contra quién. Se me ocurren algunos nombres. Querría verlos en la cárcel. Les deseo males infinitos, por mentirosos, por ladrones, por líderes. Soy muy ingenuo, detrás de esos nombres hay otros que no conozco. Observo con simpatía a los chicos que tiran piedras, son tan pocos. Y luego vuelvo a los asuntos cotidianos, pago mis impuestos, cumplo con mi horario escolar, me someto cívicamente a la derrota. En estos cuatro años he perdido el 30% de mi poder adquisitivo; el miedo que inocularon en mí hace que deba darles las gracias por conservar el 70%, e incluso sentirme un tanto culpable pensando en los millones de personas que lo han perdido todo. El sistema vence por eso: por este desánimo, esta deflación de la rebeldía que hace que cuanto se me ocurra sea escribir una novela.