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Bromas que matan

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Seis estudiantes portugueses, pertenecientes todos ellos a la Universidad Lusófona de Lisboa, acaban de morir víctimas de una novatada en una playa cercana a Lisboa. Para ser más exactos han sido víctimas de su propio interés en las novatadas. Han fallecido por dejarse hacer una novatada, dentro de una organización que las defiende y en la que ellos mismos querían subir en el escalafón de poder y eso les ha llevado, accidentalmente, a perder la vida arrastrados por una ola un día en que el mar estaba especialmente embravecido. Curiosa forma de morir. Y curiosas, por no decir vergonzosas e indignantes, las declaraciones de la ministra de Justicia de Portugal, Paula Teixeira da Cruz, en las que afirma: "No tiene sentido prohibir inocentadas que, en determinados casos, son bonitas. Prohibir no es la solución".

O sea que según la ministra portuguesa de Justicia la defensa de los derechos humanos no es necesaria y eso debe ser porque cree que la injusticia y los abusos son "bonitos"... ¿Será porque según ella los derechos humanos se defienden solos y los abusados deben apañárselas para sobrevivir a los abusos? Con gobernantes tan descerebrados se comprende que el mundo sea un lugar tan caótico y hostil. Lo fuerte es que en Portugal exista una Comissao da Praxe Académica (COPA) o lo que es lo mismo una Comisión de organización académica de las novatadas y todos los jóvenes muertos pertenecían a ella. Hay un único superviviente -quizás más pero aún no han sido descubiertos- que era el Dux (Duque) el más alto dirigente dentro de la jerarquía de los organizadores de novatadas de la Universidad. Él fue el único que pudo escapar de la ola al encontrarse frente al mar y con los ojos al descubierto. No como los otros seis jóvenes que el mar se tragó que no tuvieron ninguna posibilidad de escapar porque les obligaron a ponerse de espaldas al agua y a permanecer con los ojos vendados hasta que el mar se los tragó...

En 1982 tuve mi propia experiencia con las novatadas en el servicio militar. Suena antediluviano pero, tras un campamento de dos meses en Cerro Muriano, Córdoba, para recibir una formación militar básica, hice el servicio militar en Tarifa (Cádiz) un lugar que ahora mismo es un paraíso de los windsurfistas, pero que en los ochenta era un lugar desolador, abandonado en el espacio y en el tiempo.

Tarifa estaba entonces -no sé cómo estará ahora- tan mal comunicado con Madrid, que durante toda la mili sólo pude volver a casa dos veces, una de ellas para la vacaciones de verano y otra con motivo de un puente. Mi cuartel estaba situado entonces en la Isla de las Palomas, un pequeño islote unido a tierra por una carretera. En 1982 España hervía por el Mundial de Fútbol y eso pese a estar reciente la intentona de golpe de Estado organizada por un colectivo de militares entre los que se encontraban Tejero y Milans del Bosch. En nuestro cuartel, dentro de la isla, los militares exhibían aún retratos de Francisco Franco y de Primo de Rivera, algo sorprendente tras haber transcurrido siete años de la muerte del dictador... la vida era dura en aquel lejano cuartel: malos tratos, un clima extremo, condiciones de higiene nefastas, mala alimentación, falta casi absoluta de libertad para salir del cuartel... La isla no era lo que se dice un paraíso, sino que más bien se parecía a un campo de concentración en la España de los ochenta.

A los pocos días de llegar, los veteranos nos prepararon un recibimiento que consistió en un completo surtido de novatadas, entre las que se encontraban sacarnos por la noche a formar en pleno invierno, ir por nuestros camastros de madrugada y obligarnos a masticar un emplasto asqueroso en el que sabe dios que habría, ducharnos vestidos, arrastrarnos y comer unas extrañas papillas que ellos habían depositado sobre el suelo... y así hasta el infinito un completo repertorio de todo aquello que una mente humana enferma es capaz de maquinar para hacerle pasar un mal rato a otra persona que la mayor parte de las veces no puede evitar estos suplicios...

Sin embargo un compañero y yo decidimos no dejarnos doblegar, y tras sufrir algunas de estas novatadas decidimos plantarnos y hacer frente a los veteranos. Fue duro, se produjeron momentos de una terrible tensión y de gran violencia, pero finalmente entendieron que no iban a someternos y que no íbamos a ser partícipes voluntarios de sus juegos de humillación. Juegos que finalmente no eran sino la correa de transmisión de las propias humillaciones que ellos habían sufrido a lo largo de la mili y de toda la violencia que habían recibido de sus superiores, violencia física pero sobre todo psicológica. Los militares se creían -desconozco cómo serán las cosas ahora- con derecho a disponer de nuestros cuerpos y de nuestras voluntades a su antojo y como tal ejercían todo tipo de abusos a su libre albedrío. De no someterte voluntariamente a sus órdenes contaban con poderosas herramientas para convencerte: las insufribles guardias con un frío y una humedad que te partían el alma, el calabozo, los tribunales militares e incluso sus propias manos...

Muchos de los chavales que llevaban allí un año sufriendo aquel infierno sentían alivio al poder ejercer una violencia similar a la recibida, esta vez ejercida contra los propios compañeros recién llegados de la vida civil, los llamados novatos. Sin duda que la violencia engendra violencia. Por eso trataban de devolver con creces la violencia que ellos habían recibido durante tantos meses y por eso también el salvajismo les salía de forma casi natural contra aquellos que aún no lo habían vivido. Eran carne fresca contra la que desahogar todas las frustraciones acumuladas. Aún recuerdo a mi amigo Lluis, con el que me he reencontrado hace poco, terriblemente envejecido por el trabajo en las cocinas o en la limpieza de los baños, trabajos que debía soportar sin rechistar, aún teniendo que realizarlos en las peores condiciones que uno pueda imaginar.

Una sociedad que permite las novatadas y que las institucionaliza no es sino una sociedad mediocre, que piensa que el mundo en el que vivimos es una cadena de explotación dirigida por sádicos, al final de la que se encuentran las víctimas... todos aquellos que se han ganado esta posición por méritos propios y que la mejor forma de integrar a los novatos, a los jóvenes, en el Ejército, la universidad o el colegio es sometiéndolos a todo tipo de humillaciones.

Las humillaciones se llevan a cabo con el fin de dejarles claro a los humillados que no son nadie, que no tienen ningún derecho y que tienen que estar dispuestos a soportar todo tipo de vejaciones e injusticias, como preparación a la vida adulta que les espera. ¿De verdad es esta la sociedad que queremos construir? Una sociedad de víctimas y verdugos, de sádicos y masoquistas, de personas con derechos y de personas sin derechos. Las novatadas no son sino un macabro juego en el que la propia sociedad se retrata. Por eso tenemos que preguntarnos si este es el tipo de sociedad que queremos... una sociedad en la que se permiten novatadas que llegan incluso hasta tener como resultado la muerte física, aunque accidental, de la víctima o la más habitual muerte psicológica como ciudadano nacido libre, pero posteriormente amansado por las coacciones de los veteranos...