Huffpost Spain
Pablo Peinado Headshot

Los amigos muertos

Publicado: Actualizado:
Print Article

Perdí a uno de mis mejores amigos, resumiendo, porque encendí la televisión en su casa sin su permiso y eso le disgustó sobremanera. Nunca más volvió a hablarme y cuando me presenté ante él con unas flores para pedirle disculpas me dio con la puerta en las narices. Desde hace tiempo le llamo "el difunto" y no hay día que no le recuerde con una mezcla de afecto y de odio infinito por haberme expulsado del paraíso que representaba su amistad para mí.

Perdí a un amigo hace ya diecisiete años. Fue mi maestro y mi mentor en el mundo del arte. Hacía dibujos animados, pintaba, daba clases. Me introdujo en el universo de Picasso, de Hockney, de Bacon... Me encantaría poderle mostrar ahora el precioso grabado de Hockney que compré hace algunos años. También le fascinaría el mundo de Internet, que él no llegó a conocer, o las preciosas películas de dibujos animados digitales que se hacen ahora. Él admiraba la Cruella de Vil de Disney y los dibujos animados de vanguardia como los que él mismo diseñaba y animaba en su buhardilla de la calle Echegaray, en Madrid. Fue una de las primeras víctimas del sida.

Perdí a un amigo hace unas semanas. Nos habíamos visto hacía poco tiempo y había pensado que debíamos quedar pronto para comer, como a veces hacíamos. La muerte le llegó demasiado pronto, víctima de un cáncer, y muy sorpresivamente. No creía que fuera capaz de morirse nunca. Cómo podía desaparecer semejante fuerza de la naturaleza...

Perdí a un buen amigo hace catorce años. Tuvo problemas y empezó a beber demasiado. A veces me llamaba a las tres o las cuatro de la madrugada, borracho, diciéndome que me quería mucho y a continuación me insultaba. Yo le colgaba y a veces volvía a llamar varias veces seguidas. Nunca más volví a verle, ni a llamarle. Decidí dejar de ser amigo suyo. No soportaba su afición al alcohol, ni estaba dispuesto a perdonarle.

Perdí a una amiga hace más de diez años. Me abandonó por un marido y dos hijos. No me acompañó durante los años difíciles, los años de la falta de ilusión y de trabajo. Me llamó un día, mucho tiempo después, porque me había visto en la portada de una revista y quería volver a ser mi amiga. Le dije que me olvidara, que había pasado mucho tiempo y no quedaba nada en mí para ella. Hablaba y hablaba sin parar tratando de convencerme. Colgué el teléfono. Nunca más volvimos a vernos.

La amistad es un bien precioso en el que a medida que envejecemos vamos dejando de creer. Perdemos la confianza de la juventud, la inocencia que nos hace creer a ciegas en los amigos. La traición, la muerte o el olvido van ganando espacio en detrimento de la magia que se crea entre dos personas que confían el uno en el otro, casi ciegamente, con una fe inquebrantable. La complicidad altruista va dejando paso al interés compartido, al provecho mutuo y todo se va convirtiendo más o menos en negocio... como si la vida fuera una empresa y los amigos fuesen personas que nos ayudan a ganar más dinero y cuando no pueden ayudarnos los abandonamos o nos abandonan. Se diría que es la vida la que nos separa pero somos nosotros, únicamente nosotros, los que nos separamos y nos gastamos, los que nos abandonamos y nos traicionamos.

A veces me parece ver en cualquier lugar, en cualquier calle, a alguno de mis amigos muertos. Cuando veo a alguien robusto y de cabeza grande creo que voy a poder volver a encontrarme con mi querido Pablo, que acaba de morir. Cuando veo a un hombre alto y delgado, de rostro larguirucho me parece reconocer a mi ya casi olvidado José Félix, con una carpeta de dibujos bajo el brazo y cuando coincido en algún lugar con un hombre bajito, pero bien formado y ágil en sus movimientos de persona de pueblo, me acuerdo de Teo, el no muerto, el amigo al que ahora llamo "el difunto" pero que realmente sólo está muerto en mi corazón. Y sobre todo yo en el suyo...