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Los judíos que no quieren que sepamos que son palestinos

10/02/2014 07:09 CET | Actualizado 11/04/2014 11:12 CEST

Esta es una de esas historias que por haber pasado hace mucho tiempo ya se pueden contar. No es que sea un secreto, es cosa pública, pero cosa de esas que piden discreción.

Le sucedió a un investigador vasco, en septiembre de 2001, en Nueva York. No pasaba algo así desde la II Guerra Mundial. Fue uno de los casos más nauseabundos de censura científica que se recuerdan, pero pasó casi desapercibido, eclipsado por otro acontecimiento de mayor envergadura. Y fue el lobby judío.

Antonio Arnaiz es un polifacético médico, biólogo, escritor y actualmente profesor de Inmunología de la Universidad Complutense de Madrid. Es un ser humano que tiene su propia dimensión; siempre con afán polémico, apura los bordes de la ciencia y de las relaciones sociales, como queriendo agrandarlos. Su enorme talento y creatividad parecen estar propulsados por el permanente conflicto, externo e interno.

Sin embargo, la mayor polvareda que levantó en su vida fue sin querer. Veamos cómo lo hizo.

Por entonces Arnaiz trabajaba, entre otras cosas, en genética de poblaciones. Recogía sangre de gente de diversas partes del mundo, extraía el ADN y aislaba el gen HLA. Este gen se encarga de parar a las proteinas que anden por el cuerpo, pedirles la documentación y asegurarse de si son proteinas propias o extranjeras.

Comparando el HLA de dos poblaciones humanas se puede saber, de manera aproximada, su relación de parentesco, así como el tiempo que hace que se separaron. Combinando las distancias genéticas de varias poblaciones se obtiene una matriz multidimensional que se puede representar en una figura como ésta:

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Fuente: The Origin of Palestinians and Their Genetic Relatedness With Other Mediterranean Populations, Arnaiz-Villena et al.

Como se ve en la figura, entre muchas otras poblaciones se compara una de judíos con una de palestinos. Míralas, qué cerquita están, qué majas. Analizando los fríos y tercos datos obtenidos de la PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa, en sus siglas en inglés), que es como un microondas hiperespacial que cocina genes, la conclusión inequívoca es que, genéticamente hablando, judíos y palestinos son la misma cosa.

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Fuente: The Origin of Palestinians and Their Genetic Relatedness With Other Mediterranean Populations, Arnaiz-Villena et al.

Así lo vio también la redacción de la revistra neoyorquina Human Immunology (HI), propiedad del gigante editorial Elsevier. Tras pasar el artículo por el arduo y complejo proceso de la revisión por pares logró batir la marca que pocos logran, y finalmente salió publicado. Era 9 de septiembre.

No sólo publicado: miles de ejemplares de HI fueron impresos en papel y repartidos por los quioscos de EEUU, y enviados en centenares de aviones a bibliotecas, universidades, consultas y casas de todo el planeta.

Poco podía sospechar nadie lo que iba a suceder tres días después, el 12 de septiembre. Obedeciendo una misteriosa orden, las rotativas se detuvieron. Aquella barbaridad no se podía publicar de ninguna manera. "Menos mal, se dieron cuenta demasiado tarde", podría pensar el incauto lector. ¡Qué va! La editorial de la revista llamó uno por uno a los distribuidores y suscriptores informándoles de que ese artículo en concreto había salido publicado por error, y pidiéndoles que arrancasen físicamente las páginas correspondientes.

La versión digital del artículo, publicada bastante antes que la de papel, desapareció de internet sin dejar rastro. Bueno, no del todo, claro. A pesar de que The Guardian levantó la liebre, la atención mediática fue mínima; la opinión pública no opinó. Sencillamente, esto nunca había ocurrido.

En el mundo académico, sin embargo, aquello caló hondo, y el tema ha sido utilizado para desacreditar a Arnaiz desde entonces.

Una década después, y tras una ardua lucha, el artículo fue recuperado, pero el daño ya estaba hecho. Esta no es la primera vez, ni la última, que un lobby espiritual censura o manipula un resultado científico para su propio beneficio, creando un perjuicio a la sociedad mucho mayor de lo que puede parecer.

Es probable que alguien me acuse de antisemitismo por escribir esto. Contra lo que voy es contra el sagrado y cochino Poder, en cualquiera de sus formas, porque es el mayor enemigo de la libertad. En España la cosa es análoga, pero aquí mi anécdota se queda corta. La Iglesia católica interfiere y manipula no ya en la ciencia, sino prácticamente en todas las esferas de la vida pública. Tanto y durante tanto que casi nos hemos acostumbrado. Esta anómala injerencia es tan llamativa como la pasividad que las supuestas sociedades laicas (o aconfesionales, me da igual) muestran al repecto. A algunos creyentes tal vez fuera mejor tratarles... Tratarles, sin más. Al fin y al cabo, eso de creerse parte del Pueblo Elegido roza con algún cuadro clínico bien conocido.

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Un objeto que no sirve para nada.

Cada cual es libre de tener sus fes, faltaría más. Es más, tenemos que trabajar para que todo el mundo tenga derecho a tenerlas. Siempre que se tenga en cuenta, claro, que la fe, la intuición y la superstición son incompatibles con el método científico y con la sociedad del conocimiento.

El método científico mola más. Pero, ey, si lo prefieres, sigue la palabra de Dios. Adelante: pídele a la Macarena, que seguro que te escucha, evita los gatos negros, pon orgonitas, juega a la lotería, sigue pensando que tu tía tiene poderes psíquicos, ve a avistamientos de ovnis con tus compañeros. ¡Claro que sí! Pero por favor,

os lo suplico,

sacad vuestros rosarios de nuestras probetas.

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