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Coronel Fawcett: El Dorado sí que existió

10/05/2017 07:29 CEST | Actualizado 10/05/2017 16:15 CEST

A finales de mayo de 1925, la Amazonía engullía a tres ciudadanos británicos que buscaban la ciudad perdida de Z. Así la llamó el jefe de la reducida expedición a los confines del Mato Grosso brasileño, el coronel Percival (Percy) Harrison Fawcett. Algunos creen que inspiró a Steven Spielberg en la creación del personaje Indiana Jones.

Para Fawcett, Z estaría habitada por los descendientes de los supervivientes del cataclismo que hundió el mítico continente de Atlántida, el mismo que el sabio Platón situaba en medio del océano que separa América de Europa y África. Algunos creen que el gran explorador y soñador británico estaba loco o que sólo le arrastraba el afán de encontrar las míticas minas de plata de los Martirios. Muchas expediciones partieron en busca de los tres exploradores sin éxito, durante años. Todo indica que casi un centenar de buscadores desaparecieron o murieron en el intento siempre en pos de la fama y de la generosa recompensa ofrecida por un diario británico.

No sería exagerado opinar que fue el último de los grandes buscadores de El Dorado, de la utopía que arrastró a Lope de Aguirre y otros españoles a la sinrazón y a la muerte. La versión de Fawcett de El Dorado había sido tamizada por su conocimiento de la "doctrina secreta" que su hermano ayudó a forjar junto a la mística rusa Helena Blavatsky (1831-1891) para culminar con una nueva religión, la Teosofía, que recaló fondo también en España a mano del escritor Mario Rosso de Luna (1872-1931).

Ahora una película, Z, la ciudad perdida", del director James Gray, nos recuerda la historia del coronel Fawcett que desapareció para siempre, junto con su hijo Jack y un amigo de éste, Raleigh Rimmel, en el corazón de Brasil. La película se basa en un libro homónimo del escritor David Grann, pero con sus muchas licencias cinematográficas. De todos modos servirá para recordar quién era este explorador, uno de los últimos de la época victoriana, a quien comparan con Richard Burton y el doctor Livingstone por sus hazañas.

Miembro de la Royal Geographical Society, Fawcett fue espía de su majestad en Hong Kong y Marruecos y estuvo destinado, como militar, en la entonces colonia británica de Ceilán, hoy Sri Lanka. Allí empezó su pasión por la arqueología y por el esoterismo oriental. Cometió un sacrilegio para sus superiores, pues se convirtió al budismo, a la religión de los conquistados y buscó tesoros quiméricos entre las ruinas de Anuradhapura, una esplendorosa ciudad cingalesa que acabó cubierta de tierra y vegetación.

El flemático británico se convirtió en un experto topógrafo contratado para formar una comisión cartográfica creada por el Gobierno de Bolivia para dirimir litigios fronterizos con Perú y Brasil. Realizó varias expediciones entre 1906 y 1924 en las selvas amazónicas de estos países, donde se bregó como explorador. Contactó indígenas aislados, descubrió pequeños yacimientos arqueológicos y, especialmente, recogió muchas tradiciones orales y leyendas entre los nativos. Ellos le hablaron de los misteriosos "indios murciélagos", seres humanos de baja estatura que vivían bajo tierra, en cuevas, y sólo salían por la noche para cazar. Inmediatamente, Fawcett los asoció con aquellos descendientes de la Atlántida. También le hablaron de fastuosas ciudades perdidas en la jungla, con estatuas y columnas de piedra que, según el coronel, podrían aún estar habitadas en su subsuelo.

Fawcett, como cualquier ser humano, necesitaba de dinero para sobrevivir y mantener a su familia, a su esposa Nina que, paciente y resignadamente le esperaba al término de cada nueva expedición que podía durar hasta dos años. Con la familia para alimentar –tenía tres hijos– buscó por tierras de Bahía, en Brasil, minas de oro, plata y diamantes que deseaba explotar con ayuda de empresas británicas de las que nunca consiguió apoyo. El viaje a Salvador de Bahía –hoy tierra de Carlinhos Brown, Gilberto Gil y Astrud Gilberto, para más señas– surgió a raíz de haber leído un libro sobre Brasil de Richard Burton donde mencionaba un extraño documento o manuscrito -el de número 512 de la Biblioteca Nacional de Rio de Janeiro– una crónica de la expedición de bandeirantes (conquistadores portugueses y mestizos) a los confines del actual estado de Bahía en búsqueda de las legendarias minas de plata de Muribeca.

Los expedicionarios de la crónica se toparon con una "sierra resplandeciente" (otra referencia al El Dorado), donde encontraron las ruinas de una gran ciudad de piedra, estatuas de estilo romano, templos y, especialmente, un arco con algunas inscripciones. Cuando Fawcett vio la reproducción de los símbolos, le vinieron a la mente otros que un monje budista le enseñó en Ceilán: eran, según el coronel, muy parecidos entre sí. Podrían ser el eslabón cultural -entre dos continentes tan lejanos- de una gran civilización ya desaparecida, la madre de todos los pueblos que hoy habitan el planeta. Ante esta posibilidad, el militar se lanzó, en 1921, en un viaje para buscar la ciudad del manuscrito 512 en la región de la Chapada Diamantina, en Bahia. Supuestamente no la encontró, pero sí a un socio brasileño potencial para explotar terrenos auríferos y argentíferos.

En los años 90, quien escribe estas líneas, decidió rehacer parte de la ruta de Fawcett por aquellas tierras montañosas. Llegué hasta la villa colonial de Lençóis, donde el inglés solía descansar y reponer víveres para explorar los valles, ríos y "chapadas", montañas con cimas planas como los tepuis de Venezuela. Poco había cambiando la villa desde entonces: aún se mantenía el mercadillo de los antiguos "quilombolas" o "cimarrones" que bajaban de las sierras aledañas, los descendientes de los habitantes de aldeas formadas por esclavos forajidos de sus amos.

En Brasil, la esclavitud se extendió hasta 1888 constituyendo una gran lacra social. Fawcett era muy sensible a la opresión que se ejercía sobre indios y negros, especialmente en Bolivia, donde llegó a denunciar, ante autoridades británicas, los malos tratos y asesinatos de indígenas esclavizados para trabajar como caucheros.

Según el explorador y pintor alemán Heinz Budweg y el lingüista brasileño Luis Caldas Tibiriçá, la ciudad del manuscrito 512 está situada muy cerca de Lençóis, en una villa semiabandonada llamada Iguatú. Cuando llegué a la remota aldea me encontré con un panorama impresionante: varios caminos empedrados, docenas de casas de piedra – muchas en ruinas – y algunos muros ciclópeos, constituidos por sillares de hasta dos metros de extensión. ¿Quiénes habían construido aquella villa en un lugar tan montañoso y recóndito? Según la versión oficial, fueron los "garimpeiros" (buscadores de oro y diamantes) del siglo XIX pero para Budweg y Tibiriçá fueron o vikingos o incas sus constructores. Si Fawcett llegó allí –que era muy probable-, procuró ocultarlo tal vez por mantener en secreto una localización rica para futuras explotaciones minerales.

Pero el testarudo coronel seguía buscando otra ciudad perdida, la "Z", que él localizaba –sin nunca haberlo explicado– sobre el paralelo 12 y en el corazón del estado brasileño de Mato Grosso. Cuando presentó sus planes al gobierno de aquel país en 1924, el mariscal Cándido Rondon -él mismo era mestizo de padre portugués y madre india bororo– aconsejó al presidente Artur Bernardes no autorizar el viaje del inglés. Rondon no creía en la historia de la ciudad "Z" y opinaba que Fawcett quería buscar tesoros o minas de piedras o metales preciosos. Además, le molestaba que un extranjero quisiera llegar sólo, con su hijo y un amigo sin el acompañamiento de guías y militares brasileños. El coronel de su majestad quería para sí toda la gloria del descubrimiento de la ciudad perdida que cambiaría la historia de la humanidad sin compartirla con los brasileños. A Rondon la actitud de Fawcett le molestaba profundamente, pues había incluso servido de guía y acompañante al mismísimo presidente estadounidense Theodore Roosevelt en 1914 durante una expedición científica a la Amazonía sin ningún rechazo.

Fue esa misma cabezonería la que condujo a Fawcett y a sus dos jóvenes acompañantes a una muy probable muerte. Digo muy probable porque su cuerpo, aparentemente, jamás fue encontrado. Y matizo: en 1951, el indigenista Orlando Villas-Boas arrancó una confesión del jefe de los indios kalapalo, de la región del río Xingú. Éste le reveló que había matado a Fawcett de una pedrada en la cabeza y lo había enterrado a orillas de una laguna. Jack y Raleigh también tuvieron el mismo destino, pero sus cuerpos fueron atados a pesadas piedras para mantenerlos en el fondo de la laguna. ¿Cual había sido el motivo de los asesinatos? Hay varias versiones, entre ellas que el coronel había pegado a un niño indígena que revolvía entre sus cosas o que él y sus acompañantes habían robado una canoa de los kalapalo para seguir su camino hacia la ciudad de "Z" sin consentimiento de la tribu.

En 2004 visité la Sierra del Roncador, en Mato Grosso, una las zonas que Fawcett conocía, así como la Chapada (Sierra) de Guimarães donde se elevan formaciones rocosas que recuerdan construcciones y forman callejuelas como la ciudad encantada de Cuenca. Algunos biógrafos atribuyen a este y otros lugares la fuente de inspiración que el explorador británico necesitaba para seguir alimentando su sueño de encontrar El Dorado. Yo mismo visité la "ciudad de piedra" de Rondonópolis, un lugar extraordinario en Mato Grosso donde un matrimonio francés estudia, desde hace décadas, las numerosas pinturas rupestres y restos arqueológicos que hicieron de este lugar una auténtico santuario religioso para los antepasados de los indígenas de la región.

En el norte del estado, a principios de nuestro siglo, investigadores de la Universidad de la Florida encontraron importantes vestigios arqueológicos que revelaban que, la región del Xingú, había sido habitada hasta el año 1000 d.C. por comunidades indígenas que construyeron grandes aldeas circulares, a veces fortificadas, conectadas, unas con otras, por puentes y calzadas radiales, con grandes edificaciones de madera y otros materiales que desaparecieron en virtud de la acción del clima. Es decir, que Fawcett, por lo menos parcialmente, tenía razón: en el Xingú existió un pueblo mucho más numeroso y más desarrollado de lo que pensaban, hasta este momento, los arqueólogos.

La desaparición de Fawcett catalizó los sentimientos místicos de muchos ciudadanos del mundo entero que se establecieron o visitan al Sierra del Roncador. Cuando viajé hasta el Rio das Mortes me topé, en la población de Nova Xavantina, un templo de la Sociedad Brasileña de Eubiose, fundada por un admirador de la Teosofía, Enrique José de Sousa. Allí dentro, para mi sorpresa, me encontré un retrato del español Mario Roso de Luna, pues lo consideran un avatar de su religión. Para los miembros de la Eubiose, Fawcett buscaba, más al norte de aquella región, una ciudad que conduciría a un mundo oculto, subterráneo, poblado por seres superiores a nosotros, pacíficos, inteligentes, que emplean la telepatía para comunicarse.

En otra ciudad matogrosense, Barra do Garças, visité el templo de la Sociedad Teúrgica Brasileña, otro grupo religioso que defendió la idea de un mundo subterráneo donde Fawcett y sus dos acompañantes hubieran encontrado acogida entre sus civilizados habitantes. Quizá fuera esto lo que buscaba el coronel, un lugar donde se desterró la violencia, donde la paz y la meditación eran pautas diarias para sus habitantes, es decir, una verdadera Shangrilá. Si Fawcett, como algunos dicen, estaba loco por buscar una ciudad perdida, por ser budista, por intentar localizar un lugar donde las personas vivirían en armonía, me quedo con su locura y con su sueño, mucho más coherente que el actual e imparable capitalismo salvaje en que nos encontramos inmersos.

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Pablo Villarrubia Mauso, es periodista y escritor hispano-brasileño. En su último libro Rumbo a lo desconocido: viaje a las fronteras de lo insólito (Editorial Odeón, Málaga, 2016) dedica un capítulo al estado brasileño de Mato Grosso, a su riqueza arqueológica y a seguir los pasos del coronel Fawcett.

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