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Un europeo en Washington

16/05/2013 08:11 CEST | Actualizado 15/07/2013 11:12 CEST

Cuando Francis Bacon y el barón de Montesquieu desarrollaron su concepto de separación de poderes estableciendo uno de los principios más sólidos del Estado democrático moderno, difícilmente pudieron imaginar que el primer país que lo recogería por escrito sería Estados Unidos en su Convención de Filadelfia de 1787. Igualmente, poco hacía prever que el segundo mandato de un demócrata en la Casa Blanca fuera a estar tan centrado en el libre comercio, siendo éstos tradicionalmente más proteccionistas. Y menos aún era sospechar que, tras unos primeros años mirando hacia el Pacífico, uno de los grandes retos del nuevo Gobierno Obama fuera el Atlántico y, en especial, el acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, denominado Partenariado Atlántico de Comercio e Inversiones (TTIP en sus siglas en inglés). Pero, ¿a qué se debe esta decisión de que un gobierno demócrata abandere el libre comercio con Europa?

Ciertamente, tanto desde el lado estadounidense como desde el europeo estamos viviendo el momentum político adecuado para que se consiga llevar a buen puerto el TTIP, como se puso constantemente de manifiesto en la reciente delegación de la comisión de Comercio Internacional del Parlamento Europeo a Washington, en la que he participado.

Las razones fundamentales son dos. Por un lado, el crecimiento y el empleo; y por el otro, China y los demás BRICS (Brasil, Rusia, India, y Sudáfrica).

Empezando por la segunda, estamos viviendo un proceso de traslado del foco comercial del Atlántico al Pacífico. La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 junto a una política de apertura y de fortalecimiento comercial con los países emergentes y en vías de desarrollo, están favoreciendo la expansión de la visión china de hacer comercio.

De esta forma, China va cobrando más peso a la hora de influir en la normativa internacional de comercio. Por ello, la causa del nuevo aperturismo demócrata quizás haya que buscarla en un proteccionismo con respecto a China que les lleva a impulsar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, primera potencia comercial del mundo.

Respecto a la segunda razón, crecimiento y empleo, cabe destacar que las relaciones transatlánticas generan actualmente más de 13 millones de puestos de trabajos en ambas regiones y todo a pesar de estar atravesando un período económicamente duro. El TTIP se convertiría en un importante motor para promover una mayor creación de empleo y de crecimiento económico impulsando las inversiones y los flujos comerciales y generando nuevas oportunidades. Más aún se convertiría en un motor de crecimiento económico sin generar mayor gasto público, algo clave a ambos lados del Atlántico.

Este marco de seguridad jurídica estable crearía un mercado de libre comercio de más de 800 millones de personas que, además, haría mejorar nuestra competitividad. Se prevé que el PIB per cápita de EEUU aumentaría en un 3% y el de la UE en un 3,5%. Mientras, el sector empresarial espera que el volumen comercial se incremente en más de 90.000 millones de euros en cinco años.

Pero no se trata tan solo de un acuerdo de libre comercio en el que se van a eliminar los aranceles, ya de por sí muy bajos. El gran reto del TTIP es marcar las pautas de las normas comerciales del mundo que deben evolucionar para adaptarse a la situación actual y adelantarse a los acontecimientos futuros.

Sin duda, en las negociaciones tendrán un papel destacado tanto las barreras no arancelarias como la armonización de reglas y estándares técnicos. La clave sin duda será el reconocimiento mutuo de todo tipo de normas y patrones.

Las diferencias regulatorias influyen en los temas comercialmente más sensibles, como la agricultura y la licitación pública que también serán abordados en las negociaciones.

En definitiva, la mentalidad de las negociaciones debe centrarse en el comercio mundial del futuro. De esta forma, además de fomentar el reconocimiento mutuo de reglas y estándares, deberán recogerse aquellos temas y sectores más actuales aún no previstos en el marco jurídico internacional, como podrían ser los automóviles eléctricos. El TTIP debe tener como objetivo establecer bases sólidas que tengan repercusiones multilaterales. Se trata de impulsar este multilateralismo, no sólo acercando las dos orillas del Atlántico, sino yendo más allá de las costas europeas y estadounidenses, estableciendo unos cánones que influyan y sean mundialmente válidos.

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