Paloma Rando

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'Fringe' y las muñecas rusas. Obituario seriéfilo I

Publicado: 24/01/2013 10:09

El pasado viernes 18 de enero Fox emitió en Estados Unidos los dos últimos capítulos de Fringe, al menos en este universo. En el universo alternativo que plantea la serie tal vez ésta se siga emitiendo y sea un éxito de audiencia. En este nuestro espacio/tiempo, la serie de Abrams, Orci y Kurtzman llevaba tres temporadas en la cuerda floja manteniendo en vilo a todos sus seguidores. Pasó hace dos años a estado crítico, es decir, a emitirse la noche de los viernes, lo que en Estados Unidos suele ser el beso de la muerte para la ficción, hasta que al final le llegó la hora.

Efectivamente, era la crónica de una muerte anunciada, pero anticipar, en estos casos, no ayuda a superar la pérdida. Lo único que, tal vez, puede servir para sobrellevar el duelo es recordar los grandes aciertos que ha tenido la serie durante las cinco temporadas. Juntarnos, como se junta la gente para celebrar la memoria de los muertos, y recordar cómo cuando la conocimos parecía tan convencional y circunspecta que resultaba imposible pensar que esto iba a durar, pero cómo pronto -sin ir más lejos en el final de la primera temporada- nos dejó a unos cuantos con la boca abierta.

Fue en estos últimos capítulos de la primera tanda cuando lo que parecía un quiero y no puedo de Expediente X dio el salto. Concretamente en ese capítulo 20, Todo se repite en alguna parte (en inglés, There is More Than One of Everything), quedó patente que lo que habíamos visto hasta ahora era sólo la más pequeña de las matrioskas. La ciencia ficción, así como el misterio o la fantasía, da pie a que habitualmente al final de cada temporada tengamos la sensación de que lo que les ha ocurrido a los personajes hasta ese momento forma parte de un todo mayor, de algo cuya explicación aún no conocemos, pero que dará sentido a su existencia y, de paso, a la serie. Eso, ni más ni menos, es lo que ocurre al final de la primera temporada de Fringe.

La segunda temporada, por tanto, era el gran reto: ¿Cómo conseguir estar a la altura de la propuesta en forma de cliffhanger que nos enseñaron al final de la primera? Pues como lo habría hecho un procedimental clásico, alternando con elegancia tramas autoconclusivas con líneas horizontales que ahondaban en esa propuesta, en las relaciones entre los personajes y en su pasado, en aquello que les llevó a estar donde están -perdonen, hablo de ellos como si aún siguieran vivos- y a ser como (snif) eran. El capítulo Tulipán blanco forma parte de esta temporada y, pese a que en castellano suena a marca de champú, es uno de los episodios más importantes de la serie, marca el tono y la dirección de la misma. Al final de esta temporada, a la serie le ocurre lo mismo que a algunos de los Observadores que la habitan: por mucho que quieran ocultarlo, tiene emociones, secretas y sutiles y, por tanto, valiosas. Ahora que las cartas están sobre la mesa, estamos listos para viajar al otro lado, pero para nada preparados para las consecuencias que esto provoca.


Promo del episodio Tulipán blanco


La base de la tercera muñeca rusa, correspondiente al inicio de la tercera temporada, encaja a la perfección. Da lugar a lo que yo considero el mejor tramo de la serie. Genera un obstáculo insalvable para la, por aquel entonces más que obvia, tensión sexual entre Peter Bishop (Joshua Jackson) y Olivia Dunham (Anna Torv). Es el momento en el que se desata el melodrama: disiminuye la dosis de tramas autoconclusivas para centrarse en la historia de amor interuniversal -me disculpen el palabro- y todas sus ramificaciones y torturas posibles.


Fragmento del episodio 3x19 que mezcla imagen real con animación.


Sin emoción no hay esperanza. Este enunciado bien podría ser el leitmotiv la serie a estas alturas. Sin emoción tampoco hay genialidad, y si no, que se lo digan a Walter Bishop (un John Noble en permanente estado de gracia), el personaje más entrañable y mejor diseñado de la serie. Era facilísimo que no hubiera salido del cliché de científico loco dominado por sus excentricidades. Lo difícil era convertirlo en un personaje entrañable como el que es, perdón, ha sido.

Y del brazo de Walter llegamos a la cuarta temporada, la muñeca que, a mi juicio, peor encaja de las cinco. Pero, ¿qué hace uno cuando adora una serie que está en su lecho de muerte? ¿La cambia por otra con menos temporadas y más esperanza de vida sólo porque esté sufriendo algunos achaques propios de su edad y de su situación en la parrilla televisiva? Uno, sin duda, puede tratar de refugiarse en los estrenos, pero como no es necesaria la exclusividad, para mí era de ley no abandonar una serie que me ha proporcionado tantas satisfacciones.


"Desmond, ¡la constante!" No, aunque muchos intenten compararlas, Perdidos y Fringe sólo tienen en común algunos actores y a uno de sus creadores.


Viajamos aún más en el tiempo e inauguramos la quinta temporada con algo parecido a una ucronía. Que me maten si con las idas y venidas que ha sufrido la serie alguien lleva la cuenta de todos los viajes en el tiempo y cambios en este universo y en el alternativo. A estas alturas no es lo importante. Si los guionistas hacen bien su trabajo, las paradojas espacio temporales propias del género deberían o estar subsanadas, o pasarle completamente desapercibidas al espectador, que ya va a muerte con los personajes sea cual sea la realidad en la que viven. En estos momentos, la quinta muñeca encaja perfectamente, pero constituye una realidad que casi funcionaría independientemente de las otras cuatro. Con Walter y Peter como eje central de la temporada y con un recurso -las cintas atrapadas en el ámbar- repetitivo, la quinta temporada ha conseguido algo que yo preveía imposible: darle a la serie un final digno y redondo. Esperar que una serie como Fringe resuelva todas las incógnitas que ha planteado es de ilusos. Además, en muchas ocasiones ese "que todo cuadre" por el que suspiran algunos seguidores es para mí innecesario. Yo sólo le pedía la muerte digna que a mi juicio sí ha tenido.

Si pudiera, compraría un tulipán blanco, lo besaría y lo tiraría encima de tu tumba, Fringe. Después me aliviaría encontrar un bar abierto donde me dieran un poco de cortexiphan para celebrar tu imperfecta e irregular, pero al mismo tiempo bella existencia.

 

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