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Erdogan tras el golpe

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TURKEY COUP
Murad Sezer / Reuters
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"¿Alguna vez se te pasó por la cabeza que te ocurriera algo parecido a lo que le pasó a Adnan Menderes?", pregunté sin pensar demasiado, mientras el intérprete me miraba perplejo al tiempo que traducía mis palabras. Erdogan sonrió y contestó rápido, como si hubiera pensado en esa respuesta muchas veces: "La diferencia es que Menderes primero fue primer ministro y luego le metieron en la cárcel, y yo estuve primero en la cárcel y luego me convertí en primer ministro".

Era marzo de 2003. Tayyip Erdogan había ganado las elecciones en noviembre de 2002, pero no fue elegido en el Parlamento ni juró el cargo como primer ministro. Tenía un veto judicial. Fue condenado en 1998, cuando era alcalde de Estambul, y tuvo que ir a la cárcel acusado de intolerancia religiosa por recitar un poema. En febrero de 2003 se levantó el veto, Erdogan ganó la segunda vuelta de las elecciones en Siirt y juró el cargo como primer ministro. Se reunió conmigo unos días después, en casa, ya que estaba en la ciudad para una conferencia que acabó con la pregunta sobre Menderes, cuya suerte vino a la cabeza de muchos turcos en aquel momento.

Un pequeño flashback: Desde su fundación en 1922, la República Turca fue una democracia de un único partido, el Partido Republicano del Pueblo, el CHP de Kemal Ataturk. Cualquier partido de la oposición que tratara de salir adelante era prohibido y disuelto. Después de la guerra, sin embargo, a medida que Turquía iba convirtiéndose en un bastión de la Guerra Fría con la Unión Soviética y se preparaba para entrar en la OTAN, el país pudo probar por primera vez el sabor de una democracia con varios partidos.

El Partido Demócrata de Menderes fue el exponente de una Turquía fuera de la violenta modernización y europeización kemalista; conservadora, rural, tradicional y religiosa. Creado en 1946, el partido venció en los comicios de 1950 y ganó tres elecciones consecutivas hasta que fue derrocado por un golpe en 1960 organizado por jóvenes oficiales. Menderes fue arrestado tras el golpe, juzgado, sentenciado a muerte y ejecutado en la horca en la isla de Imrali. Desde entonces y hasta la llegada de Erdogan hubo otros tres golpes. El último, en 1997, fue para derrocar el gobierno de un partido islámico no kemalista posterior al de Menderes, el gobierno de Erbakan. Después vino Erdogan.

Erdogan llegó como el liberador. No sólo para la Turquía religiosa, conservadora, negra o de los nuevos ricos del Islam protestante en Kayseri y Konya, sino también para una Turquía liberal aburrida de vivir en la sombra de un Estado profundo cada vez más autoritario. Pese a la sospecha inicial de que Erdogan tenía unos planes islamistas ocultos, los turcos liberales y proeuropeos lo apoyaron al principio de su mandato, cuando luchaba contra las conspiraciones, las maquinaciones y los intentos de golpe militar. La economía había despegado, el FMI había completado su presencia y les había felicitado, el sueño europeo parecía vivo, el gobierno daba muestras de reconciliación y de reconocimiento de los derechos de la población kurda, y parecía que el ejército había vuelto a los cuarteles tras haber sido incapaces de bloquear la elección de Abdullah Gül como presidente, en el verano de 2007.

El punto de inflexión llegó en 2012. La Primavera Árabe fabricó sueños de un califato posmoderno con Erdogan como líder de un nuevo mundo suní. Con la influencia de los moderados de Gül marginados, el entorno de Erdogan chocó con su principal aliado, el imán Fethullah Gülen, con quien se negaba a compartir el poder. Nacía un nuevo sueño: el sueño de un presidente Erdogan (al estilo Putin) con poder ilimitado.

El sueño se desinfló enseguida. La represión violenta de las manifestaciones en el parque de Gezi en mayo de 2013; la torpe y sucia implicación en la guerra civil siria, en la que Turquía primero se puso del lado de los oponentes islamistas a Assad; luego la venganza de los terroristas islamistas cuando Ankara abandonó su postura; el giro en la cuestión kurda y la reapertura de ese frente sangriento; la persecución sistemática contra la libertad de prensa, etcétera. Todo esto, en sólo dos años, ha convertido al liberador en dirigente autoritario.

Turquía es un país dividido, un país en profunda crisis, con unos vínculos con el mundo demasiado flojos.

bosphorus bridge

Ciudadanos turcos celebran en el puente del Bósforo el fracaso del intento de golpe militar.


Y luego vino el intento de golpe la noche del pasado viernes, lo que parecía un remake del golpe de 1960 contra Menderes. El golpe fracasó. Quizá, simplemente, porque hace mucho tiempo que acabó la época de los golpes. También porque los responsables fallaron por partida triple: no consiguieron sacar a Erdogan del juego; no consiguieron monitorizar las redes sociales y los canales privados; no consiguieron ser aceptados como liberadores por una parte del pueblo turco (al contrario de lo que ocurrió en 1960). Erdogan sobrevivió gracias a los medios a los que llevaba tiempo atacando e intentando reprimir.

Por suerte, el golpe fracasó. Pero el drama turco no ha acabado. Esa noche sangrienta deja una crisis aún más profunda. La escena en que los seguidores del AKP invadieron el estudio de CNN Turk y las oficinas del grupo Dogan que Erdogan había tratado de silenciar a la fuerza queda como emblema de la noche, así como las escenas de desarme de soldados por parte de ciudadanos desarmados en los puentes del Bósforo.

Cuando se recupere del golpe, Turquía descubrirá que está igual o más dividida que antes. Todo depende de la respuesta a la cuestión del día: ¿La victoria sobre los tanques llevará a Turquía a un nuevo ciclo de violencia y autoritarismo? ¿O pasará a ser la llamada de atención que necesitaban las fuerzas moderadas marginadas de este partido para devolver a Erdogan, que confirmó su gran fuerza y su debilidad, hacia una ruta sensata?

Este post apareció originalmente en el HuffPost Grecia y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano.