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Casarse de blanco

15/11/2013 07:35 CET | Actualizado 14/01/2014 11:12 CET

"A ver... ¿Y usted de qué se queja, si hasta se ha casado vestido de blanco...?"

El juez de guardia, o lo que fuere, me había lanzado esa pregunta absurda con un enfado personal que escapaba a mi capacidad de comprensión. Me encontraba en una pequeña sala, con estradillo al fondo, de la, entonces, Dirección General de Seguridad (DGS), en la Puerta del Sol de Madrid, hoy Gobierno de la Comunidad. Yo era uno más de los ocho detenidos aquella noche, en el Teatro Bellas Artes, durante la huelga de los actores de 1975.

¿Qué tenía que ver el color de mi traje de boda con haber participado en la huelga? Era como si el hecho de casarse de blanco conllevara un pack de contento existencial, un estatus económico y social como para no quejarse de nada, que era el tipo de razonamiento utilizado por el Régimen.

Vivir una situación absurda y peligrosa es algo que no se olvida fácilmente. Intentas encontrarle sentido a lo que estás viviendo y te quedas como un disco duro que se ha enganchado y has de reiniciarlo para llevar la cosa a su estado de funcionamiento: Entonces comprendes que no hay absurdo que comprender, que hay que conjurar el peligro, nada más.

Cuando llegamos al Teatro Bellas Artes de Madrid, donde se representaba la obra de Anouilh Los peces rojos, faltaba un par de horas para la representación y, como todas las comisiones informativas (doy fe y mi palabra de que eran, en verdad, sólo informativas), pretendíamos reforzar la postura de los compañeros que hacían huelga ya una semana después de su inicio, con noticias de las novedades que se producían, dando ánimos para no desfallecer, y tratando de convencer a quienes dudaban de la efectividad o el buen fin de todo aquello, pues era una situación verdaderamente difícil e insólita la que se vivía en España por ese motivo. Había trascendido el suceso fuera de nuestras fronteras y eso era algo que el Estado no podía permitir por más tiempo, máxime cuando figuras tan emblemáticas como Lola Flores, Sara Montiel o Rocío Dúrcal estaban metidas en el jaleo...

María Luisa Merlo, protagonista femenina de la obra, hacía petit point, otros jugaban a las cartas y todos permanecían en sus puestos de trabajo, como correspondía, pero con la firme voluntad de no hacer la función. Había, cierto, alguna discrepancia, y no menor: Juanjo Menéndez, el protagonista, sí quería hacer la función, a lo que María Luisa respondía que de acuerdo, que adelante, aunque sin ella en el escenario (años más tarde tuve el enorme placer y el privilegio de trabajar con Juanjo en la serie del gran José María Forqué El jardín de Venus y, después, el de entregarle, personalmente, el carnet de la Unión de Actores, con un abrazo lleno de verdad).

Así transcurría la tarde. Y, en esto, llegó la policía... y el color de la cera se impuso en todos nosotros. Tras la recogida de los carnés de identidad de quienes no formábamos parte de la compañía titular, los de la comisión, vaya, el comisario, nos indicó subir las escaleras que llevaban a la calle porque estábamos todos detenidos. A derecha e izquierda, a cada metro y medio, un policía con metralleta en prevengan jalonaba nuestra ascensión. Yo no podía parar de pensar en lo absurdo de todo aquello: para detener a cuatro cómicos semejante despliegue de fuerzas... Era un despropósito, una desmesura, un disparate completo y yo, con toda razón, estaba temblando de miedo.

Ya en la planta de arriba, tras las cristaleras del teatro, cientos de personas se apiñaban tras el cordón policial y nos dedicaban miradas y cautos gestos de apoyo y complicidad, llenos de emoción, que jamás olvidaré. Estaba bautizándome en el cuerpo a cuerpo de la lucha anti Régimen y estrenábamos, para tal ocasión las, después, famosas lecheras, camino de la DGS. Como sardinas en lata, en sus maleteros, los componentes de la comisión: Rocío Dúrcal, José Carlos Plaza, Tina Sáinz, Antonio Malonda, Yolanda Monreal, Enriqueta Carballeira, Flora María Álvaro y un servidor de ustedes, escuchábamos el seguimiento de las otras comisiones, por la radio interna. La realidad era, al menos para mí, descorazonadora y amenazante. Conocían cada paso que dábamos, cada detalle... Había que ser panoli para pensar otra cosa. Temí lo peor.

¿Qué tiene usted que decirme de los FRAP?

¿?

¿Qué relación tiene con los GRAPO? ¿Y ETA? ¿ Tiene algo que declarar?

¿...?

De pronto me vinieron a la cabeza los titulares recientes. Casi pierdo el sentido...

¡Querían colocarnos aquello a nosotros! ¿Qué importaba que supieran de sobra que eso era falso, imposible? Ahora lo veía claro... Nos iban a acusar del atentado de la calle del Correo.

Me despedí mentalmente de mi madre, de mi padre ya no, pues había fallecido joven hacía casi tres años, de mis hermanos y de mi recién desposada Flora. No me cabía duda de que si querían endilgarnos ese muerto, lo harían; sin razón y con toda impunidad.

En un arrebato de secreto heroísmo solicité ir al lavabo porque acababa de recordar que en la chaqueta llevaba la lista de las otras comisiones y su reparto por teatros y me dije: ¡la rompo en pedacitos y la tiro por el inodoro...! En realidad era un retrete de los de cuclillas y estaba atascado hasta la cintura de un jugador de baloncesto pero yo asumí mi papel en la historia y, tras arremangarme de manera oportuna, llevé los pedacitos de la lista hasta lo más profundo de la mierda, sí...

Me lavé como pude, emocionado por el deber cumplido, y me reuní con el resto de compañeros a quienes acababan de preguntar qué querían para cenar. ¿Cena a la carta para los detenidos? Cada vez entendía menos...

A todo esto, en medio de la noche, Lola Flores había golpeado las puertas de la DGS al grito de "¡Soy la Lola de España! ¡Dejen libre a mi comadre -la Dúrcal- ahora mismo!"

¿No era todo verdaderamente absurdo? Absurdo y peligroso, puedo asegurarlo. De repente la idea me pasó como un fogonazo por delante: en cualquier momento el policía a quien le había tocado el servicio de letrinas ese día iba a entrar, cubierto de mierda, dirigiéndose a mí con unos trocitos de papel en la mano, como diciendo: muy listo, señor Sánchez, muy listo... y con unas ganas de asesinarme que no puedo llegar describir. Un escalofrío y una reprimida carcajada recorrieron mi espinazo...

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Multa y justificante de pago. Foto: Pedro Mari Sánchez.

No llegó la cosa a materializarse, gracias a Dios. Fuimos liberados, unos pocos, aquella noche, los que no estábamos fichados, y los otros, los señalados por pertenecer al Partido Comunista, días más tarde. La huelga terminó porque no tenía otra salida. Las detenciones sellaron la puerta de la protesta pero ya nada fue igual a partir de ese momento. Enrique Morente promovió un festival para recaudar fondos y pagar las cuantiosas multas que nos impusieron (de 100.000 a 500.000 pesetas, según tuviéramos antecedentes o no) y en el que participaron numerosos artistas, como Serrat, por citar sólo uno de los muchos emblemáticos. Sin embargo el absurdo de aquel: "¿Y usted de qué se queja, si hasta se ha casado vestido de blanco?" permanece en el tiempo y se renueva en nuestro día a día.

Los argumentos de hoy para desacreditar a ciertos colectivos que resultan incómodos para el Gobierno son herederos del mismo fondo de armario ideológico, tienen la misma carencia de fundamento y empiezan a calar. Si hablamos de los actores, poco a poco, desde hace años, y gracias a la machacona propaganda oficial en una población que, al contrario que aquella de 1975, experimenta una desafección hacia unos cómicos que, aún con sus errores -muchos y sobre los que debemos reflexionar seriamente si queremos que nuestro oficio pueda continuar con la dignidad que debe y el público merece-, siempre ha estado en la vanguardia de la lucha por la libertad de expresión y los derechos civiles.

Reiniciemos el ordenador. Quizás entonces veamos con claridad las cosas, no perdamos tiempo dando vueltas al absurdo y actuemos, con sentido, eficacia e imaginación, ante el verdadero peligro.

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