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El Casting

07/12/2013 09:53 CET | Actualizado 06/02/2014 11:12 CET

Se asomó al pedacito de espejo roto que aún permanecía en el marco, viudo, encima del lavabo. Había dormido, por decir algo, poco, lleno de inquietud. Por todo y por nada a la vez.

¿Merece la pena? ¡Sí, joder, claro que merece la pena! No vuelvas a pensar eso, ¿me oyes? Aquello se lo había dicho mirándose a los ojos, que casi no reconocía, con una energía que brotaba, escasísima e intermitentemente, de su estómago, lleno de mariposas... de las malas.

Se afeitó y se acicaló como mejor pudo. Mientras se iba vistiendo pasaban por su melancolía recuerdos de otros momentos de su vida, buenos, plenos, ahora en comparación, y que, además, ¡estuvieron de narices, qué carajo...!

Se puso a repasar cada paso para la prueba, cada gesto, controlar la respiración, la entrada, cómo iba a saludar... ¿tenía que saludar? ¿o sólo entrar, sin más, y que le dijeran algo, lo que tenía que hacer? Demasiadas preguntas, eran demasiadas las preguntas que se estaba haciendo. Había que parar. No preguntarse nada. O mejor: no ir. Se le iba a notar mucho. La ansiedad se transmite sin darte cuenta y a ver cómo se controla eso...

Justo antes de meterse en la boca de metro, al pasar por una tienda que tenía una grandes lunas en su escaparate, aprovechó para darse un vistazo, de cuerpo entero. Mejor no analizar... ¡Tira p'alante...!

Ya en el Metro intentó pensar en otra cosa. ¡Joder, qué bueno estaba aquel brazo de gitano de merluza con mayonesa que hacía mi suegra! Era de lo poco que recordaba así, especial. Y no es que fuera mala persona, es que no le dio tiempo a conocerla. Apenas cuatro meses después de la boda se quedó sólo, con dos palmos de narices, porque Margarita se piró con un empresario que había conocido en una cena que organizó Picture Master para fin de año y a la que habían sido invitados. ¡Cuatro meses, joder...! Y Rosalía, que así se llamaba la suegra, vivía en Ourense y, por más que hablaron de vez en cuando, después del abandono, la cosa no pasó de ahí, no iba a viajar cada dos por tres para comer el brazo de gitano de merluza, tan bueno, tan bueno...

Nada, no había manera de evadirse con pensamientos tranquilizadores u optimistas; al final siempre llegaba a algo jodido.

A ver, ¿qué te decían en todos los cursos que habías hecho? Porque cursos de perfeccionamiento había hecho unos cuántos, por ese lado podía estar bien tranquilo. No era de ese tipo de gente que se acomoda con las cuatro cosas que estudias para salir al mercado y c'est fini. Sé consciente de lo que vales, no te niegues a ti mismo. ¡Respira profundamente...! ¡Tú vales mucho!

Se descubrió en el reflejo de la ventanilla del metro y sintió que, efectivamente, era alguien que merecía la pena. ¡Sí! Llegó a decir en voz decididamente más alta de lo que hubiera llegado a pensar, a lo que, de forma inmediata, reaccionaron con sobresalto las personas que estaban sentadas a su lado y frente a él: un par de lectores de notebook, una señora guatemalteca de cierta edad acompañada de un niño de unos cinco años que, tras mirarle con precaución, empezó a decirle "Abuelita, ¿por qué no nos vamos?, abuelita, tengo miedo..."' "Noooo, mi niño, no tienes que asustarte de este señor. Es sólo que está enfermo, pero él es bueno, ¿verdad, señor, que es bueno...?" Se levantó, mirando a todos los pasajeros, que seguían con sus ojos cada movimiento que hacía y, tropezándose con todo lo que hubo y más, logró salir del vagón, según se abrieron las puertas, en la estación de Plaza de España, como un delincuente a la carrera.

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El sueño de la razón... Foto: Pedro Mari Sánchez.

Ya en la calle tomó un paso decidido y enfiló hacia el Palacio de Liria. Daba un pequeño rodeo pero, siempre que podía, al pasar por aquella zona, se acercaba a sus rejas y miraba con cara de paletillo aquella entrada, aquel remanso en medio de la ciudad.

Empezó a ver gente con pinta de candidatos. La cosa está muy mal, se nota, y esto va a estar petao. Cuando finalmente llegó, tomó aire profundamente y se adentró por la enorme puerta de madera del Centro Conde Duque. Allí pudo ver una gran variedad de aspirantes, diseminados por el antiguo y gigantesco patio de armas. Gente sola, dúos, grupos numerosos, formaciones de músicos del Este, algún mariachi...

Menos mal que de crío había aprendido a tocar la melódica un poquito. Después de trabajar veinte años como montador en el cine y una decena, casi, como editor de vídeo en empresas de aquí y de allá llevaba tocando en la calle un año, tras agotársele todo el paro y no tener edad para la jubilación. Se acordó de un amigo suyo que, unos años atrás, cuando empezó todo eso de los castings para actores aquí, en España, y que era algo copiado de la industria americana, tan distinta a la nuestra en todo, le dijo: "Esto es una puta mierda, compañero. Al tiempo..."

¡Ya lo creo!, se dijo. ¡Ahora hasta para pedir por la calle hay que pasar un casting...!