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Ladrón de maletas

28/11/2014 07:13 CET | Actualizado 27/01/2015 11:12 CET

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Foto: Pedro Mari Sánchez. Álbum personal.

Desde el balcón de la casa se disfrutaba de un panorama que siempre me ha parecido maravilloso, con la Casa de Campo casi en primer término y todo lo que, más allá, alcanza la vista; desde la carretera de Extremadura hasta el monte de El Pardo. Hay en Madrid una luz cinematográfica, preciosa y, desde el mirador de Las Vistillas, ésta se puede disfrutar en todo su esplendor, así que, cuando nos despedimos de nuestros amigos, decidimos acercarnos y echar un ratillo contemplando aquella extensión que, a esas horas y con el sol cayendo sobre el horizonte, me sugería la sabana contemplada desde alguno de los montes del Serengeti; cosas mías, vaya usted a saber... Entramos en el coche y nos pusimos en marcha, y al cabo de un rato, me pareció escuchar un golpeteo en la parte de atrás del Dyane 6, por lo que me detuve para descubrir la causa de ese ruido. Sí, el portón del maletero parecía estar suelto, pero, ¿no había cerrado con llave? Yo hubiera jurado que sí.... Fue entonces cuando reparé en el bombín hundido de la cerradura y se apoderó de mí una sensación de frío que empezaba en la frente y descendía hasta las manos y el estómago y, de ahí, como en un vértigo, hasta los pies. «¡Creo que nos han robado!», dije, todavía sin abrir el maletero. No me hacía falta abrirlo para saber, con toda certeza, que nos habían robado.

Seguro que lo hizo rápidamente. Abrir esos maleteros era cosa de poco menos que llegar y tirar con decisión, así que siguió el procedimiento habitual: golpeó con un martillo el bombín de la cerradura, puso su dedo índice en el pequeño tirador que lo rodeaba y voilà. Miró discretamente a su alrededor y, con toda naturalidad, cogió las dos maletas que había en su interior y así, una en cada mano y calle arriba, se alejó del coche sin demasiado apresuramiento hasta desaparecer por la última esquina.

Había sido aquel uno de esos días de buen tiempo en Madrid, tan luminoso siempre, de los de finales de primavera, justo cuando el aire tiene esa temperatura que casi no se percibe más que como una suave presencia que te acompaña, ligeramente cálida; como cuando despiertas en el interior de una cama tibia. Llegábamos algo tarde a comer a casa de unos amigos, en la calle Bailén, frente a las Vistillas, y costó un poco encontrar aparcamiento para el Dyane 6, pero la suerte nos regaló un sitio junto a la farola de una calle de la que era perpendicular. Siendo, como era, domingo, no parecía que el coche pudiera molestar a quienes giraban en la parte alta de la calle, pues no había camiones de reparto.

Estábamos satisfechos por haber conseguido recuperar, ordenar y llenar dos maletas de fotografías que recogían buena parte de mi vida profesional -mis padres guardaron siempre todo lo que se publicaba sobre mí, y mi padre, en concreto, había confeccionado unos álbumes con recortes de prensa, fotografías dedicadas o reseñas- que íbamos a llevar, más tarde, a la nueva casa donde viviríamos, mi mujer entonces y yo, por bastantes años. Así que bajamos del coche, sacamos del maletero la botella de vino que llevábamos para los anfitriones, y nos dispusimos a disfrutar tanto de la comida como de la sobremesa de esas que se prolongan hasta bien entrada la tarde, dejando guardadas en el maletero las dos maletas con más media vida retratada.

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Foto: Pedro Mari Sánchez. Álbum personal.

Hay culturas, los indios norteamericanos, por ejemplo, que creen que las fotografías capturan porciones del alma que ya no recuperas, y por eso no se quieren dejar fotografiar. Cuando llegamos a casa nos sentamos abatidos y con la mirada perdida. Me vino a la cabeza la película de Vittorio de Sica, Ladrón de bicicletas. Sabía que intentar buscar dos maletas llenas de fotografías era una causa perdida, o sea que ¿para qué ir a denunciarlo a una comisaría, como Antonio, el protagonista de la película? Quizá fuera mejor acudir, como hizo también Antonio, a una vidente, pero, de inmediato, deseché la idea. Una bicicleta, si no la vendes entera, se puede desmontar y vender por piezas, pero dos maletas con cientos de fotografías de obras de teatro, de rodajes de películas y tele.... Me imagino la cara de decepción de quien diera el gran golpe. Y no iba a pensar siquiera en robar, como Antonio su robada bicicleta, otras fotografías: por principios y por la incontestable inutilidad de tal pensamiento. ¿Iba a robar fotos de otras personas? ¿Para qué?

¿Qué habría hecho el ladrón con las maletas, tirarlas directamente a la basura? Tal vez reconociese a alguna estrella como Paco Rabal, o Estrellita Castro, y se las llevaría a algún perista aficionado al cine. ¿Dónde estarían esos trozos de alma, según los indios americanos? ¿Estarían mezclándose mis fotos con Marisol con los desperdicios del pollo, las sardinas, las latas de atún, en las montañas de Vaciamadrid, donde rodamos Cabriola? ¿Quién sabe si alguna de mis fotos con Helga Liné, en una película de romanos en la que ella aparecía turbadoramente hermosa, acabaría en el despacho de algún empresario de revista de provincias? Tuve que dejar de pensar en ello porque sentía que me habían robado no unas simples fotografías sino partes de mi ser íntimo, partes irrecuperables que, de alguna manera, me impedirían ser una persona completa.

¿Sería el robo de mis maletas con fotos un signo revelador de que se viven muchas, infinitas vidas, que se van abriendo a cada paso que damos, en una suerte de realidad múltiple simultánea, tal y como sugieren hoy los cuánticos? Todavía conservo, a pesar de aquel robo, alguno de los álbumes que confeccionó mi padre con tanto amor, y no puedo dejar de pensar en si me puede llegar a ocurrir como a la niña de Interstellar, la película de Christopher Nolan: que esos álbumes salgan disparados de la librería y caigan suelo, a dos metros de distancia, como un mensaje que yo debería descifrar. ¿Quién lo enviaría en tal caso? ¿Sería mi padre? ¿Sería yo mismo? Con cada decisión que tomamos, con cada suceso, por pequeño que sea, se abren nuevas rutas que nos llevan a distintas experiencias vitales, o líneas de vida, y yo, todavía hoy, sigo experimentando una inquietante zozobra por no saber en cuál de esas líneas estoy más yo; si soy más yo este que ahora escribe o si estaré también viviendo, de algún modo, en alguna de las incontables fotografías que se desperdigaron, irremediablemente, por causa de aquel ladrón de maletas.

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