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Superman: el arte reblandece al hombre de acero

21/06/2013 07:50 CEST | Actualizado 20/08/2013 11:12 CEST

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Imagen promocional de la película Man of Steel (El hombre de acero), de Zack Snyder, la última adaptación cinematográfica del héroe más importante de la historia del cómic. Superman cumplió 75 años el 18 de abril, en plena crisis económica, y nació en otra, durante la Gran Depresión. © Warner Bros. Entertainment Inc. Todos los derechos reservados.

Andy Warhol, que no daba puntadas sin hilo, en 1961 escogió a Superman como tema para una de sus obras. Fue antes de las sopas Campbell, pero ya buscaba motivos populares y repetidos que generasen deseo en el público, los hacía suyos y los convertía en una reflexión sobre la disolución de la identidad en el mundo de la copia y el consumismo. Superman, como Marilyn Monroe, constituía una imagen archiconocida, cercana y lejana al mismo tiempo, la reproducción tangible de un mundo intangible al que aspirar. Cualquiera le reconocía, todos querían parecérsele, quizá por rascar algo de sus poderes, pero al mismo tiempo era un fantasma. O un enigma reinventado una y otra vez, como la misma Marilyn. Con ellos, sus versiones entre el común de los mortales, Clark Kent y Norma Jeane, tan empañados como los mitos que encarnaban.

Empañados e irrelevantes, porque el Arte Pop no aludía directamente a la realidad, sino a la capa de cera que le damos. Así, además de Warhol, Rosenquist y, por supuesto, Lichtenstein, aquellos artistas usaron el cómic como cantera en la que encontrar las debilidades de nuestra sociedad a partir de sus delirios de grandeza. Y el nuevo Olimpo creado por editoriales populares como DC o Marvel continuaba rindiendo pleitesía al rey indiscutible, Superman. Su nombre artístico ya lo dice todo: el súper hombre, en el sentido de superación de la mediocridad representada por Clark Kent. Por eso, ni Warhol ni sus colegas se fijaron en ninguna otra faceta del personaje que no fuera la del héroe invencible. De hecho, Superman nació fortachón y estupendo para dar de mamporros al pesimismo de la Gran Depresión, en 1938 y de la mano del escritor Jerry Siegel y el dibujante Joe Shuster. Sus relucientes principios -la verdad, la justicia y el estilo de vida americano-, lo auparon hasta los altares del éxito, primero luchando contra el desánimo de la recesión, luego contra los nazis y más tarde los comunistas. De ahí que en los descreídos 60 para Warhol fuera un referente ineludible con el que experimentar sus procesos de desacralización.

A partir de la pérdida de su aura, junto con el devenir histórico y social que ha puesto en duda tantas cosas, el arte tiende a convertir al héroe por antonomasia en epítome de una confianza en la bondad que se ha ido marchitando: Aaron Zimmerman lo presenta durmiendo (Superman Sleeps, 2003); Marcus Wittmers lo estrella (Even Heroes Have Bad Days, 2005); Nelson Leirner lo pone frente a un ejército de clones de Mickey Mouse (A lot(e), 2006); David Herbert lo reduce a un esqueleto (Beautiful Superman, 2007); Mojoko y Eric Foenander lo derriten (No One Can Save Us Now, 2012)... Desde luego no parece que en la actualidad se cuente demasiado con su benéfica intercesión. Mal andamos de esperanza cuando incluso lo vemos muerto en la camilla de un hospital en el filme Superman Returns (Bryan Singer, 2006).

Sin embargo, pese a tanto recelo, el director Zack Snyder trae un nuevo Superman a la gran pantalla, Man of Steel (El hombre de acero). La gracia de los mitos es que son inmortales, porque el mismo desgaste que los hace neblinosos también les confiere maleabilidad. Y en esto de la adaptación, Snyder ha contado con un Christopher Nolan, el modernizador de otro gran nombre de las viñetas, Batman, y con él ha oscurecido al nuevo Superman. En lo epidérmico, literalmente: el traje de faena ya no es chillón, el calzoncillo rojo desaparece -en pro de la coherencia del vestuario con su cultura de origen- y cae el rizo relamido a lo Estrellita Castro.

También es más oscuro y más denso en lo psicológico. De hecho, Superman no es estrictamente un héroe con doble identidad, como Batman, cuyo alter ego es el traumatizado Bruce Wayne, o Spider-Man, que a ratos es el nerd Peter Parker. El hombre de acero conjuga nada menos que tres identidades: Kal-El, Clark Kent y Superman. Así, en él conviven el extraterrestre kryptoniano, la persona corriente criada en adopción y el héroe que sublima el cacareado American Way of Life. La película ya clásica de Richard Donner (Superman, 1978) se había centrado en el aspecto binario Clark Kent/Superman, pero la de Snyder hace hincapié en los tres, de ahí que todo se complique y ennegrezca -y que el planeta Krypton cobre relevancia... e incluso en su concepción visual se abandone el blanco Apple que conocíamos-.

Henry Cavill da vida al nuevo hombre de acero, y no lo tiene fácil, porque, además de cara de guapo honesto y cuerpazo apto para mallas alienígenas, debe interpretar una personalidad tricéfala con los agobios de un inmigrante interplanetario súper cualificado. Lo exige el guión, pero también nuestro propio tiempo. El nuevo Superman es así porque es así como lo necesitamos: complejo, desarraigado, más de la periferia que del centro y colosal no por la súper fuerza sino por la capacidad de dudar. Los héroes del cómic de un tiempo acá dejan de representar el canon, es decir, lo más aceptado, la cúspide de la sociedad. Claro, porque ahí arriba no cabíamos todos.

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Henry Cavill en El hombre de acero. Nadie diría que procede de otro planeta, ni que sea capaz de salvar al mundo de las garras de cualquier amenaza cósmico. Y, al mismo tiempo, tampoco parece el chico adoptivo de Kansas medio idiota que llevaba gafas de pasta cuando se hacía llamar Clark Kent. Lo que permanece intacto es el sentido de camino iniciático que tiene su periplo vital. © Warner Bros. Entertainment Inc. Todos los derechos reservados.

Si antes hemos puesto ejemplos de cómo algunos artistas desconfían de la omnipotencia del último hijo de Krypton, otros desplazan el foco hacia la responsabilidad que conlleva ser un salvador, algo que también se encuentra en el filme de Snyder. Por ejemplo, Mauro Guzmán, entendiendo la dimensión mesiánica e irresolublemente solitaria del personaje, hace que se bese con Jesús (La historia de amor más grande, más bella y más heroica de todos los tiempos, 2007) -y, de paso, como ya describió Raymond Pettibon en sus diálogos irreverentes entre Batman y Superman, pone en duda la heterosexualidad de los superhéroes como algo invariable-. Por otro lado, tanto Steven Assael (s/t, 2006) como LeRaúl muestran la melancolía meditativa inherente a un personaje que, mientras el mundo se instala en lo más estéril de la cultura de la queja, él todavía representa otra cultura, la del esfuerzo. Porque los poderes ayudan, pero no son nada si se actúa al tuntún. Nosotros, entretanto, a menudo confundimos la imposibilidad con la falta de empeño: «Eh, ¡que no soy Superman!», nos justificamos.

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LeRaúl en Existencia (2007, una de las obras reunidas en el libro ¿Y si nos quitan lo bailao? de Autsaider Cómics) pone de relieve la capacidad de Superman para dudar, al tiempo que usa al personaje como metáfora de la pérdida contemporánea de la esperanza y de tener referentes en los que creer. Y nosotros, ¿seguimos creyendo en el hombre de acero? Cortesía del artista.

Fuimos muchas y muchos los que, antes de saber nada sobre el amor (y mucho menos el sexo), nos enamoramos del Superman interpretado por Christopher Reeve. La prueba de nuestra pureza: incluso le perdonábamos los calzoncillos por encima de los leotardos de lycra. Pero el hombre de acero no sigue de actualidad sólo porque existan los nostálgicos, los mitómanos, los frikis o los fanáticos. Las editoriales, la televisión, el cine y los videojuegos le mantienen vivo porque sigue apelando a algo muy universal. Y si los artistas que no se dedican al cómic siguen usándole en sus cavilaciones es también porque toca fibras individuales y colectivas clave. Lo admitamos o no, todavía le necesitamos. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Superman, un ángel venido a reconciliarnos con nuestro propio sentido de la esperanza.

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Cooper Timberline es el Clark Kent de nueve años en El hombre de acero. En esta imagen queda patente que incluso los héroes, antes de llegar a ser tales, deben soñarlo. © Warner Bros. Entertainment Inc. Todos los derechos reservados.

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