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Una santa barbuda, por ejemplo

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Una exposición sobre santas barbudas y crucificadas, santos travestidos, santos convertidos en iconos gay, santos emparejados con otros santos, y santas con otras santas, todos ellos rodeados de citas profanas o bíblicas, canónicas o apócrifas, y acompañados por el testimonio de personas hablando sobre los sexos -en su amplitud, además de los dos que enseguida vienen a la cabeza-, el género -y su despliegue social y cultural como imposición o como opción- y el deseo -movimiento hacia los demás, pero también hacia uno mismo-.

Una apuesta sorprendente que, por ende, no se muestra en una gran capital donde se estigmatizan las exposiciones sobre vaginas, o en otra donde se echan a los leones las exposiciones con monarcas, ni en un enorme centro museístico de los que acaban censurando sus carteles si en ellos gravita algún pene... No, no, se muestra en un lugar mucho más moderno: Olot, población catalana rodeada de un frondoso paisaje de origen volcánico, y en su museo sobre la producción de imágenes religiosas, el Museu dels Sants (el Museo de los Santos).

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Imagen de la entrada del Museu dels Sants de Olot, con la reproducción de una de las obras de la exposición Identitats ImPossibles en la puerta (DN/Gora, San Sebastián, 2016), © DN/Gora.

Nada más llegar al edificio ya se nota que aquí nadie se rasga las vestiduras; si acaso, se remangan, sustituyendo el escándalo por el compromiso. Un gran cartel con Santa Wilgefortis (1988) -princesa portuguesa que, explica la leyenda, vio su belleza destruida con una barba de origen divino que la llevó hasta la crucifixión-. Una obra de Pierre et Gilles, los mismos artistas a los que han retirado de la vía pública en alguna ocasión por demasiado explícitos o demasiado juguetones a la hora convertir las imágenes patriarcales y heterocéntricas en imaginario queer (homosexual). Y todavía más, en las puertas de acceso, en convivencia más que en contraste con las esculturas de unos ángeles guardianes, la reproducción de otra de las piezas de la muestra, un sugerente San Sebastián (DN/Gora, 2016), sexy, homoerótico y azul -azul pitufo, azul príncipe, azul macho, ¿por qué no?-.

Ya resuenan un montón de referentes, y todavía no hemos pisado la exposición; a mí, por lo pronto -y aquí, que cada uno coloque los suyos-: Pilar Pedraza poniendo a remojar las barbas del género convencional en el ensayo Venus barbuda y el eslabón perdido (2009), u Octavio Salazar levantando la voz -con argumentos y no con gritos- sobre los pelajes nuevos y viejos de la masculinidad.

Una vez dentro, y hasta el 20 de noviembre de 2016, esculturas, dibujos, pinturas, fotografías, vídeos y textos para demostrar que la amplitud de miras en cuanto a cómo vive cada uno su sexualidad, su imagen y sus afectos ya se encuentra también en las representaciones religiosas. Así, las obras artísticas dialogan sin fricción -¿deberían?- con las experiencias de quienes hablan a las cámaras de la muestra a partir de sus perspectivas LGTBI (colectivo de lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales) y que, por cierto, gracias a una más que pertinente puesta en escena llena de aciertos, se proyectan a tamaño natural, el mismo tamaño de cualquiera.

El título de la propuesta, comisariada por Javi Palomo y Gerard Coll-Planas, se explica por sí mismo: Identitats ImPossibles, Identidades ImPosibles, con el prefijo de negación puesto en duda porque lo que los defensores de una cierta "normalidad" -tan casposa como agresiva- entienden como imposible, resulta posible incluso dentro de la tradición iconográfica cristiana.

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Izquierda, Santa Wilgefortis (s. XVIII), © colección particular; derecha, Pierre et Gilles, Santa Wilgefortis (1988), © Pierre et Gilles.

La iconografía sirve para identificar las fuentes de las escenas y los personajes a través de lo que hacen y de lo que los rodea, es decir, para descubrir las narraciones que hay detrás de lo que se ve en las imágenes. En el caso de las representaciones religiosas -una talla de la Virgen, por ejemplo- tradicionalmente se ha esperado que este reconocimiento favorezca el paso del soporte terrenal -la madera pintada- al espiritual -la madre de Dios en los cielos-. Sin embargo, otra de las funciones que han cumplido siempre las imágenes religiosas es la de la ejemplaridad, erigiéndose en modelos a seguir. Y resulta, mira por dónde, que una señora barbuda puede ser un ejemplo. Por supuesto, y no sólo en un ambiente underground, sino incluso en un altar.

De ahí cuestionar la negación con el uso de las mayúsculas en "ImPosible". Aquí lo posible se hace visible -lo uno sin lo otro no pueden existir, por eso han sido necesarios un arte feminista, o un arte poscolonial-, pero lejos de aspavientos innecesarios: esta es una exposición con discurso, no panfletaria; con posicionamiento ético, no moralina; atrevida, no provocadora. Es desafiante como sólo puede desafiarse desde la consideración y la libertad. Ni quita ni pone, pero da que pensar; es decir, trata con respeto al visitante. Sin explicitarlo, además hace evidente que el arte nunca es inocente: tanto representa la realidad como la modifica, la recrea o incluso la construye. Enfrentarnos a esta obviedad es uno de los muchos logros de la exposición.

El arte ofrece canon, escenificación de normalidad y modelo, pero también alternativa y disidencia, porque al final siempre tiene algo para cada uno. ¿Quién iba a decir que la imaginería sagrada hace siglos que ofrece aquella santa (posible) con la que sentirse representado? Representado o, sencillamente, acompañado. De eso va el arte, de ayudar a pensar un lugar para cada uno. En Olot (lo) entienden.