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Albert Rivera, camino del suicidio o de la gloria

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Foto: EFE

Si alguien piensa que Rajoy debería besar por donde pisa Albert Rivera porque en lugar de exigir su cabeza ha propiciado que pueda defender su investidura, se equivoca. A la vista de los acontecimientos, cabe preguntarse para qué sirve un pacto que morirá el viernes y qué beneficio ha obtenido Ciudadanos. El propio Rivera contesta que no está mirando la rentabilidad partidista, sino desatascar una situación que considera nefasta para los españoles. Y es la versión a la que se agarra su tropa, aunque su núcleo de confianza en privado reconoce que el espectáculo "no ha sido muy edificante".

¿Ha estado Rajoy a la altura del esfuerzo de Rivera, que se juega continuar perdiendo escaños en unas próximas elecciones y su futuro político? Las socarronas menciones que ha hecho el presidente en funciones dan cuenta del alarde de agradecimiento. "El señor Rivera y yo no pasaremos a la historia por este acuerdo", soltaba con la intención de rebajar los humos de un socio al que piensa otorgar pocos segundos de gloria.

Rajoy ni tan siquiera ha pedido a su propia bancada que permaneciera en su escaño durante el turno de Rivera. Porque ni el acuerdo ni el líder eran lo suficientemente importantes. Los asientos vacíos mostraban el desprecio, mientras el presidente de Ciudadanos justificaba su apoyo en una intervención que para los suyos ha sido el auténtico discurso de investidura. "No esperábamos agradecimiento. Nuestro éxito es que le hemos puesto contra la pared con sólo 32 escaños", celebraba Fernando del Páramo.

Sólo el tiempo dirá si Rivera, con sus dos acuerdos, está recuperando el disputado hueco de centro de su admirado Adolfo Suarez, desplazando a Rajoy más a la derecha.


El aireado éxito se contradice con los gestos de incomodidad y disconformidad de Rivera durante el debate. Ha podido comprobar en directo cómo Rajoy no tenía la más mínima intención de contar con la abstención de PSOE y encima ha tenido que soportar que le echase la culpa de no haberse presentado antes a la investidura. Rivera ha tenido que rectificarle cuando le ha acusado de no haber sido convocado a sentarse con el PSOE y Ciudadanos: "Eso no es cierto, le envié una carta con el señor Girauta. No diga que no le llamamos. Le llamamos y le convocamos. Usted no se sumó porque no era el candidato. Pero no diga que no le llamamos".

Los diputados del PP en los pasillos se preguntaban "qué hacemos haciéndonos amiguitos de este chico si el viernes esto es papel mojado y al único que necesitamos es al PSOE". Que no teman, porque mucho no han debido intimar cuando Rajoy no sabe bien cuál es el cargo de Rivera, como ha dejado claro al comienzo de su discurso. "He firmado con el secretario general... con el presidente de Ciudadanos...", decía sobre el hombre que se ha tenido que comer sus propias palabras para apoyarle. Ha sido tan notable el desprecio que al final le ha acabado ofreciendo su amistad, a lo que Rivera, ya caliente, le ha contestado: "Yo no he venido a hacer amigos sino a trabajar".


Públicamente, los colaboradores de Rivera no están dispuestos a reconocer la irrelevancia que les ha otorgado el PP. Aún se escudan en el cabreo y la decepción que les produjo ayer el discurso de Rajoy. Como dice Inés Arrimadas, "la irritación se debía a que no se puede hacer un discurso como el de ayer sin ni siquiera intentar seducirnos. Debe ser él quien se dedique a sacar esto adelante, convencer a Sánchez".


La seducción, ocupar el espacio de centro frente a los extremos, como Pablo Iglesias -y evitar convertirse en meros comentaristas: "Venimos a trabajar" a la política- son los mantras contenidos en el argumentario de los diputados de Rivera con los que se podía charlar. "¿Que para qué nos ha servido este acuerdo? Para desbloquear la situación. No nos sentimos maltratados. Le hemos empujado a subir a la tribuna porque él no quería, por eso ha defendido sin convencimiento el acuerdo", apunta Miguel Gutierrez, secretario general del grupo parlamentario de C's.


Sólo el tiempo dirá si Rivera, con sus dos acuerdos, está recuperando el disputado hueco de centro de su admirado Adolfo Suarez, desplazando a Rajoy más a la derecha. A tenor de la inquina y los mediáticos descalificativos que le ha dedicado Pablo Iglesias -marioneta gatopardiana, filial naranja del PP y chicle de MacGyver-, para el líder de Podemos ya es el recambio de Rajoy.