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El 'mannequin challenge' llega al Congreso

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Foto: EFE

La moda de permanecer congelados como maniquís, que está arrasando, ha entrado hoy en la solemne apertura del Congreso de los Diputados. El reto era ver quién aguantaba más. Si el senador de IU, Iñaki Bernal, soportando con los brazos abiertos y en alto durante el acto la bandera republicana reivindicando la III República, o la hierática imagen de las niñas de los reyes, la princesa Leonor y la infanta Sofía, entrenadas para permanecer sentadas en el borde de la silla sin mover un músculo ni desviar la mirada al frente más de lo necesario. Al lado, una Letizia de cera se ocupaba de que sus hijas cumplieran a rajatabla el protocolo.

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Foto: EFE

Los diputados de Podemos también han sido víctimas de la moda mannequin, al mantener sus manos quietas, dijeran lo que dijera el monarca -quien por cierto mantiene una fantástica comunicación con Pablo Iglesias- o Ana Pastor. El contrapunto a la disciplina lo ha puesto la alcaldesa Manuela Carmena, que desde la tribuna no ha dejado de batir sus manos ostensiblemente en un homenaje al discurso del rey, que se estrenaba en su primera intervención ante las Cortes en una apertura de legislatura. Solo Xavi Doménech, portavoz de En Comú Podem, que reconoce haber aplaudido cuando se ha mencionado a las víctimas del terrorismo, lo mismo que el portavoz económico de Podemos Alberto Montero se han saltado la norma no escrita. "Nosotros no hubiéramos sancionado a nadie que hubiera aplaudido. Solo hemos pedido respeto institucional. Tampoco hemos dicho a Cañamero que bajase a sentarse detrás de Pablo y mío", explica Íñigo Errejón. Cañamero se ha recolocado tras los dos líderes de Podemos, aprovechando la bronca que ha habido con los escaños de de esta organización, ocupados por senadores del PP para cabreo de Pablo Iglesias. El sindicalista andaluz en su camiseta llevaba la leyenda "Yo no voté a ningún Rey". Había que mantener el foco, que ha empezado a primera hora de la mañana paseando por radios y televisiones.

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Foto: EFE

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Foto: EFE

Y eso que la novedad del no aplaudir, del no saludar y de las camisetas huele a rancio. Ya no es noticia. De ahí el cachondo detectado en las propias filas de Iglesias sobre qué hacer para seguir sorprendiendo al personal.

En realidad, todos han ido a rentabilizar el acto solemne. Hasta la propia Rita Barberá trataba de blanquear su imagen, aunque era imposible disimular el perímetro sanitario que la ha rodeado toda la jornada. Su proximidad es tóxica para los suyos, los que un día la adoraron.

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Foto: EFE

Mucho más acompañados estaban los díscolos del PSOE que votaron 'no' a la investidura de Rajoy. Desde el inicio del día han formando piña, se han paseado en grupo por los pasillos del Congreso. Sin importarles si les van a caer los 600 euros de multa o les van a quitar los puestos de las comisiones que les quedan, como a Margarita Robles en Justicia, porque mantienen su conciencia en paz, según declaran unánimemente.

Mientras, Ciudadanos continuaba acentuando su desdibujada figura, una vez más devorada por la bronca de Podemos al quedarse sin sus presuntos asientos en un día como el que nos ocupa. Tan perdidos andan que solo podían competir con las señorías del PP en la intensidad empleada durante el larguísimo aplauso dedicado al rey Felipe. Al final de los dicursos, y mientras se celebraba el encuentro con sus majestades, para el que había bofetadas, un perdido Juan Calos Girauta negociaba a las puertas del Congreso con protocolo de las Cortes y de la Zarzuela para que le permitieran subir a al lado de los reyes. "¡Que soy el portavoz de Ciudadanos aquí, señora. Necesito subir", rogaba afuera del Congreso, al pie de las escaleras, mientras el breve desfile militar no calmaba la irritación de los ciudadanos.

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Foto: EFE

Porque hoy, además de la competencia entre las niñas de los reyes y un senador republicano por Navarra por aguantar el tipo, ha sido la paciencia de los madrileños el tercer elemento sometido a competición. Hasta el gorro del despliegue de seguridad, con todo el centro de Madrid tomado. Al pie del Palacio de Comunicaciones, la sede del Ayuntamiento de Manuela Carmena, un funcionario murmuraba a los cabreados: "Es que se nos había olvidado. Hacía cinco años que no veíamos una así"

La incógnita ahora es saber cuándo se producirá una circunstancia similar. ¿Un año o cuatro?