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Es hora de que la nueva generación de líderes avance en la lucha contra el sida

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Este blog es una versión adaptada de un discurso que dio el príncipe Enrique de Gales en la Conferencia Internacional sobre el sida celebrada en Durban (Sudáfrica) el jueves, 21 de julio.

Viajé por primera vez al bonito reino montañoso de Lesoto cuando tenía 19 años. Este maravilloso país acoge unos de los paisajes más increíbles de la Tierra, pero también alberga a algunos de los jóvenes más vulnerables del mundo.

En esa primera visita, y en otras muchas de las que he realizado en los últimos 13 años, he conocido a un sinfín de jóvenes que apenas saben lo que significa ser niños. Es demasiado frecuente que un niño o una niña de 12 años sea forzado a trabajar para poder mantener a sus hermanos y hermanas, cuando uno de sus padres o ambos han muerto de sida.

Cuando mi amigo el príncipe Seeiso y yo fundamos Sentebale, vimos desde el principio que los niños que conviven con el VIH se enfrentan a un montón de retos médicos, emocionales y sociales al mismo tiempo. Sabíamos que no era suficiente centrarse sólo en las consecuencias físicas de la enfermedad: un niño con depresión sin tratar, con estrés traumático por una pérdida, que sufra pobreza y discriminación probablemente no es un niño que vaya a seguir un tratamiento a rajatabla.

He estado los últimos días visitando nuestro nuevo Centro de Niños de Momahato, cerca de Maseru. Nuestro equipo crea allí un entorno sano y abierto, en el que se anima a los niños a compartir sus experiencias de vivir con VIH, a menudo por primera vez, con sus compañeros.

En la última década de trabajo en Lesoto, he visto de primera mano el increíble progreso que se ha logrado en cuanto al tratamiento de los efectos físicos y mentales del VIH. Estos avances para detener la transmisión, ampliar el acceso al tratamiento y mejorar la distribución de análisis son los éxitos de un grupo de personas y organizaciones reunidas aquí en esta conferencia.

Cuando se celebró la primera Conferencia Internacional sobre el sida, el VIH era una sentencia de muerte. El tratamiento no era accesible a todas las personas del mundo desarrollado, mucho menos en las regiones más pobres. El estigma impedía a las personas con VIH hablar abiertamente sobre su condición y hacía que los más vulnerables no se atrevieran a acudir a una clínica para hacerse un análisis.

Es hora de reconocer que el estigma y la discriminación siguen actuando como grandes barreras que nos impiden derrotar esta enfermedad de una vez por todas.

Pero gracias al trabajo de muchos líderes en la lucha contra el VIH, gente como Nelson Mandela, Elton John y los valientes activistas de los grupos TAG y ACT UP, gente como Peter Piot y como mi madre, la princesa Diana, hemos avanzado enormemente.

Cuando mi madre sostuvo la mano de un hombre que moría de sida en un hospital del este de Londres, nadie habría imaginado que sólo un cuarto de siglo después existiría un tratamiento que permite a las personas con VIH llevar una vida sana y plena.

Pero ahora nos enfrentamos a un nuevo riesgo: el riesgo de la autocomplacencia.

Como la gente con VIH vive más, el tema del sida ha dejado de ocupar titulares. Y con esta falta de atención, corremos el riesgo de una deriva real en la financiación y en la actuación para combatir el virus.

No podemos perder la sensación de emergencia, porque a pesar del progreso conseguido, el VIH sigue estando entre los retos más urgentes y apremiantes: 1,1 millones de personas murieron de sida y 2,1 millones se infectaron sólo el año pasado. El VIH sigue siendo la primera causa de muerte entre los adolescentes del África Subsahariana. En mi propio país, los porcentajes de infección siguen creciendo entre grandes grupos de población pese a la disponibilidad de pruebas instantáneas y el acceso universal al tratamiento.

Es hora de que una nueva generación de líderes dé un paso al frente.

Es hora de que avancemos para garantizar que ningún joven se avergüence por pedir un test de VIH.

Es hora de que avancemos para garantizar que a las chicas y chicos con VIH no se les prohíba jugar con sus amigos, compañeros de clase y vecinos.

Es hora de que avancemos y reconozcamos que el estigma y la discriminación siguen actuando como grandes barreras que nos impiden derrotar esta enfermedad de una vez por todas.

Lo que he visto en los últimos días en Lesoto me hace creer con confianza que superaremos este reto. Ver a jóvenes con tan poco y que aun así se esfuerzan tanto por apoyar a sus amigos y educar a sus familias sobre el VIH sigue inspirándonos a todos en Sentebale. Ellos son el motivo por el que me preocupo tanto por esta lucha.

Espero que estas historias de coraje, y no sólo los graves problemas a que se enfrentan, puedan también inspiraros a todos vosotros.

Lo que creo es que no podemos combatir el VIH sin dar a los jóvenes de todos los países la voz que se merecen. Sin educación y sin poder, el VIH ganará.

Imagina qué pasaría si en lugares como Lesoto y en toda África, los niños recibieran lo que necesitan para proteger su salud, para alzar la voz contra el estigma y la discriminación y para apoyar a sus amigos y familia. Al ayudar a los jóvenes en la lucha con el VIH no sólo pondríamos fin a esta epidemia, además cambiaríamos el rumbo de la historia para toda una generación.

Muchas gracias.

Este post fue publicado originalmente en la edición británica de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano