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Enfadarse enferma

28/09/2013 09:51 CEST | Actualizado 27/11/2013 11:12 CET

¡Qué placer tomarse un café con el Dr. Ricardo Moreno! jefe de Servicio de Digestivo del Hospital La Princesa.

A punto de jubilarse cuando está en su máxima plenitud física, mental y profesional, catedrático, una de las personas que más saben en este país sobre uno de nuestros órganos vitales: el hígado.

Dejando aparte lo que la sanidad pública pierde con está jubilación, nadie me podrá impedir que lo siga secuestrando, de vez en cuando, para poder tener el lujo de escucharle con esa buena excusa que brinda un café.

"Enfadarse crea hábito y daña la mente y el cuerpo", dijo en una ocasión. Me explicó que las neuronas que se activan cuando una persona se encrespa, se enfada, odia con intensidad, se irrita... provocan en las células con acción supresora -que deberían realizar una función de sosiego y tranquilizadora- una grave alteración incitando la creación de un hábito: cuanto más me enfado más me quiero enfadar (como si del tabaco se tratara) y alterando el normal funcionamiento de órganos vitales del cuerpo humano: cerebro, corazón, hígado... provocando una "enfermedad".

En el día a día de este momento tan convulso que nos ha tocado vivir es difícil no enfadarse con el mundo -políticos, economistas, financieros...- en general y con la persona que tienes más cerca -cónyuge, hijo, padre, hermano, amigo, compañero...- en particular. Porque es cierto que analizar este mundo que nos rodea irrita, exaspera y pone de mal humor.

Si uno no tiene ese admirable control de las emociones, que procuro practicar a la primera de cambio, lo tiene crudo. Hay que respirar hondo, y objetivar todo aquello que de manera directa uno no pueda cambiar ni siquiera nimiamente. Sólo así se consigue que la sangre no te hierva, que las venas no se hinchen y que los dientes no se partan. Ya lo dice mi doctor preferido: "No es saludable que la sangre hierva, se hinchen las venas y los dientes se quiebren de tanto apretarlos". No es bueno, insiste. Perjudica gravemente la salud física y la mental.

Podríamos, entre todos, tomar conciencia de la necesidad, ya inaplazable, del control de la irritabilidad en las tertulias de la televisión y de los planteamientos chulescos que pretenden imponer algunos. Ya se ha hecho común la frase: ¿Te apetece ver tal programa y que nos griten un rato? Asombra la profunda garganta de los colaboradores y la falta de respeto que en sus opiniones esparcen sobre sus compañeros y audiencia. Lo grave es comprobar que, en algunas ocasiones, a mayor ordinariez mayor audiencia.

La vulgaridad y los términos soeces son celebrados por el público como si se tratara de grandes frases inéditas de Aristóteles. Esa actitud chulesca e irritante debería dejar de ser un referente del carácter nacional y pasar a ser una actitud proscrita, por el bien de la salud de toda la población, empezando por la del sujeto que la trasmite.

La crispación anímica afecta a todos los mecanismos sanadores y sedantes del cuerpo y el espíritu. El ocio, el sueño reparador, la capacidad de concentración, las actividades creadoras, tanto intelectuales como manuales, los pensamientos gozosos, las ensoñaciones... irreparablemente se resienten. Un ánimo airado se siente incapacitado para comunicar, interaccionar, crear o amar, tanto desde el punto de vista balsámico emocional como desde el más próximo e íntimo y carnal. La serenidad propicia y facilita el ejercicio amoroso, y no ha de confiarse todo solamente a la química de la pastilla azul. Quizás en los azarosos tiempos que discurren hoy en día debería también hablarse de las disfunciones orgánicas propiciadas por la irritación. Es importante recordar que la serenidad seduce.

¿Entonces qué hacemos? Le pregunto, ingenua de mí. ¿Qué hacemos cuando vemos que las personas que se encuentran al frente de determinadas instituciones velan por su provecho particular y no por el bien de la institución? ¿Qué hacemos cuando el empleado solo pretende cubrir expediente sin importarle los cadáveres que deja al otro lado de la ventanilla? ¿Qué hacemos cuando te cruzas a la fuerza con seres que ni entienden ni han oído hablar nunca del bien común, la solidaridad, la empatía, la posibilidad de ponerse en el lugar de los demás...? Y si esa persona, además, es el otro progenitor de tus hijos...

¿Qué hacemos? Muy fácil, me responde, luchar contra todo eso desde el sosiego, la paz, la tranquilidad, desde un control absoluto de las emociones; es decir, desde la razón y la inteligencia. ¿Complicado? No. Es, como todo, un problema de educación, educación y más educación. Sólo de esa forma conseguiremos sacar adelante a este nuestro maravilloso país llamado España.

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