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Cómo sobrevivir a un festival de cine en cinco pasos

Publicado: Actualizado:
NOCTURNA
RAFA GARCÍA DE LA MATA
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A las nueve de la noche del último lunes de mayo, una fila de gente asomaba por la puerta de los cines Palafox de Madrid. Camisetas de El día de los muertos, de Twilight Zone y de La matanza de Texas desfilaban una tras otra mientras el famoseo más o menos popular se dejaba ver en la terraza de la entrada, con pocas o ninguna consumición en las mesas. Todos esperaban ver The Hollow Point (la punta hueca de una bala), de Gonzalo López-Gallego, la película que inauguró Nocturna, el festival internacional de cine fantástico de Madrid.

Algunos fans acérrimos del cine de terror aún compraban las entradas con las mochilas a la espalda; la prensa, con sus acreditaciones al cuello, se congregaba esperando que diera comienzo el photocall de gente guapa vestida de gala que esperaba llamar la atención antes de que pusieran su cortometraje y poder salir de la sala y asistir a la fiesta de turno.

Ha sido la cuarta edición de este certamen sin complejos que ha apostado fuerte por las películas de género en el país del festival de cine de este tipo más importante que existe, Sitges. El amor por el fantástico y el terror es el motor principal del evento, pero sus ambiciones no son pocas: este año han traído a Madrid a John Landis, realizador que lo dio todo en los 70 y 80 con Un hombre lobo americano en Londres, Granujas a todo ritmo o el famoso videoclip Thriller de Michael Jackson. Sin embargo, es una cita que despide cierto aroma cutre y viejo que tanto gusta al público friki y que mantiene vivo este tipo de cine.

Mucha gente no comprende el valor que hay detrás de una semana de pelis cutres con argumentos repetitivos y personajes arquetípicos para encontrar, con suerte, sólo dos o tres joyas.

Después de una semana de ver la pantalla llena de vísceras, monstruos, sangre y tetas sin ningún motivo, hay que plantearse cuál es la forma adecuada de enfrentarse a un festival de género. Mucha gente no comprende el valor que hay detrás de una semana de pelis cutres con argumentos repetitivos, personajes arquetípicos y que apenas tratan ninguno de los temas importantes de la humanidad, para encontrar, con suerte, sólo dos o tres joyas.

Así que, a modo de apunte personal, y como guía para aquellos que quieran formar parte de un evento tan especial el próximo año, he aquí unos puntos que se deben tener en cuenta:

1. LAS PELIS CUTRES

El cine cutre mola tanto que en Madrid tiene su propio festival.

Que nadie se ofenda pero, aunque haya obras maestras en el cine fantástico, es un género que desde sus orígenes basa su atractivo en lo macabro, lo morboso y lo sórdido, aspectos que siempre han tenido problemas para colocarse en el lado bueno de las críticas y de buena parte del público. Por ello son, en su mayoría, producciones de bajo presupuesto y con actores y equipo técnico de baja estofa. Pero eso las convierte en auténticas obras de autor, adalides de la libertad de expresión y enemigas de la censura y lo políticamente correcto.

En esta edición de Nocturna, hemos asistido a títulos como I had a bloody good time at House Harker (me lo pasé de muerte en la casa Harker), de Clayton Cogswell una película de mierda hecha sin pretensiones, llena de clichés y efectos cutres, que hizo que la sala entera se partiera de risa. La clave está en su gamberrismo despreocupado, consciente de que nunca llegará al gran público y que no tiene que ceñirse a las restricciones de la estética ni al mensaje para todos los públicos.

Claro, que también hay tiros fallidos, como Queen of Spades (reina de picas), de Svyatoslav Podgayevskiy, que no quiere hacer cine festivalero e intenta hacer una película de grandes salas. Es entonces cuando las carcajadas se suceden, pero no como en el caso anterior, que eran cómplices, sino como una mofa.

En cualquier caso, las risas siempre son bienvenidas.

2. LOS FRIKIS GRITAN

El público es lo que de verdad le da vida al festival. Lo dice Luis Rosales, uno de sus fundadores, y puede resultar un mensaje un poco manido pero en este caso es verdad.

La palabra friki suele usarse como un apelativo ofensivo, pero hay que comparar al que lo lleva con los forofos del fútbol, los melómanos que van detrás de su grupo favorito durante una gira mundial o los escaladores que suben montañas aunque se les congelen los dedos. Son auténticos amantes del cine de género y no se pierden una cita con la intención de mantenerlo vivo y actualizado. Son los que permiten que miles de directores del mundo sigan haciendo pelis llenas de tripas.

La palabra friki suele usarse como un apelativo ofensivo, pero hay que comparar al que lo lleva con los forofos del fútbol o los escaladores que suben montañas aunque se les congelen los dedos.

Pero como fanáticos, tienen su trampa. La mayoría va a pedir más y mas películas pero apenas unos pocos quieren ver obras buenas que cambien el género. Basta con ver lo de siempre y, en todo caso, con más sangre.

Van a hablar en la sala, van a gritar y a hacer comentarios. Van a comer muchas palomitas, a sacar hamburguesas y chocolatinas y, si la proyección no les gusta, se van a ir de la sala. Pero la experiencia es única porque ver una peli se convierte en una pequeña fiesta, una reunión de amigos que, sin conocerse, se ríen de los mismos chistes.

Y saben que, sea cual sea la herida, hay que amputar.

3. MOCHILAS LLENAS

Si vas a ver varias películas en el mismo día, el tiempo que hay para pasar de una a otra será prácticamente nulo. En ocasiones, literalmente, porque algunas se superponen.

La mayor parte del público de Escalofrío, de Carlos Puerto, un clásico del destape y el fantaterror español de los años 70, tuvo que salir de la sala antes del final porque no llegaban a ver la que ponían en otra sala.

Por eso es importante llevar una mochila con un buen montón de sándwiches, bocadillos, chocolatinas y agua para poder hacer frente a las largas horas que se van a pasar en la sala y que no te van a dejar tiempo para ir a comprarte nada.

4. LAS PELIS BUENAS

Para los que no se atrevan a enfrentarse a películas de dudosa factura o que simplemente no quieran aguantar las horas que exige el festival delante de una pantalla, la presencia de clásicos siempre es de agradecer porque con ellos no se puede fallar. Este año ha sido Un hombre lobo americano en Londres, un producto de 1981 que mantiene la frescura por el tono humorístico que impregna la película junto a unos efectos especiales que siguen dejando bocas abiertas.

Pero si, aún así, el espectador ocasional no traga fácilmente películas rodadas en 35 mm, el festival siempre se guarda un as en la manga, una película taquillera que nadie ha visto y que sea de rabiosa actualidad. Expediente Warren 2: el caso de Enfield, de James Wan, ha sido la clausura del evento en una sesión abarrotada a pesar de que coincidía con la final de la Champions.

Lo que realmente mola, no obstante, es descubrir una peli buena inesperada, entre todo el amasijo de extravagancias y cutreríos. Películas que se asoman entre las malas actuaciones y los efectos de andar por casa y te dejan con la boca abierta. La culpable en esta edición ha sido The night of the living Deb (la noche de la Deb viviente), de Kyle Rankin: una parodia del cine de zombis que se atreve a cambiar los roles de género típicos en el terror, creando una novedad hilarante dentro de la ranciedad y estancamiento del género apocalíptico.

Pero cuidado, que las pedanterías también tocan al fantástico. La gran premiada de este año ha sido Polder, de Julian M. Grünthal y Samuel Schwarz, una película de producción suiza y alemana que trata sobre los riesgos de la realidad virtual y la pérdida de identidad de una sociedad cada vez más alejada del contacto humano.

La cinta, que roza el absurdo y tiene unas ambiciones ridículas, ha contado con el incomprensible beneplácito del jurado, que le ha otorgado todos los premios: mejor película, mejor director, mejor guión, mejores actriz y actor y mejores efectos especiales. Una vez más, se cumple la máxima de que, si una película no tiene pies ni cabeza y nadie la entiende, debe ser buena.

5. LOS CORTOS

Antes de cada proyección, aparecen en pantalla varios vídeos de los promotores del evento: un monstruoso bebé submarino intenta alcanzar una entrada para Nocturna y es devorado; una serie de asesinatos al ritmo de una canción infantil que el público acompaña con palmas; y para terminar, la mascota del festival, el mítico monstruo lovecraftiano Cthulhu despierta de su letargo mientras la sala entera estalla en aplausos e incluso varios asistentes se levantan en homenaje.

Y antes justo de empezar cada película, una de las joyas del festival: los cortometrajes.

Los cortos son la forma perfecta que tiene un realizador de aprender los entresijos de un rodaje y tener una primera experiencia con el público. Y se da la feliz coincidencia de que el terror funciona mucho mejor en relatos cortos en los que el guión no termina yéndose por las ramas para explicar algo que aterra, precisamente, por ser inexplicable.

El merecido premio de este año se lo ha llevado Behind, de Ángel Gómez, un corto que, si bien no cuenta nada nuevo y recurre a escenas que recuerdan a Carretera perdida, de David Lynch, o a Rec, de Jaume Balagueró, tiene una factura impecable y mantiene al espectador pegado a la butaca.

Curioso es, sin embargo, que en las butacas reservadas a los realizadores de cortometrajes hay un mecanismo que les ancla durante la proyección de su obra y que los lanza inexorablemente fuera de la sala cuando empieza una película en la que no han participado. Algunos aparecen de nuevo si les conceden algún premio.

Este tipo de cintas sirven como campo de pruebas para el maquillaje, nuevos efectos especiales y formas de narración diferentes que después son adoptados por las grandes productoras.

Festivales así son una lanzadera para nuevos creadores. Sirven para dar a conocer obras que, de otra forma, nunca llegarían a pisar una sala de cine. Por eso no debe sorprender ver una cantidad abrumadora de películas menores o, como decía al principio, cutres. Este tipo de cintas, acertadas o fallidas, son valientes incursiones en el dificilísimo mundo del cine que intentan destacar en un océano de filmes que se agranda cada año. Además, sirven como campo de pruebas para el maquillaje, nuevos efectos especiales y formas de narración diferentes que después son adoptados por las grandes productoras.

Por eso los festivales hacen un servicio inequívoco al séptimo arte, proyectando lo mejor del cine oculto. Bueno, quizá lo mejor no, porque siempre hay trabas que impiden que todo llegue a la gran pantalla, incluso en un evento de género. Puede que la lacra sea el presupuesto, hay quién se aventura a decir que el amiguismo juega una baza importante... Pero lo cierto es que, sea cual sea la razón, es algo que queda entre ellos y su dios primigenio.